14/05/2008

À L'INTÉRIEUR

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Hacía mucho que no contemplaba una película tan bestia y despiadada como la ópera prima de los franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury. Una historia simple y sin efectismos, ligeramente deudora de aquel escalofriante personaje de Rebecca de Mornay en “La mano que mece la cuna”, pero recubierta de delicioso y descarnado gore. Un producto no apto para ojos sensibles (y no tan sensibles). Un puñetazo directo al estómago. Una gran obra del terror más bruto.

En la noche de navidad, una mujer a punto de dar a luz espera sola en su casa a la llamada de la naturaleza. Si todo va bien, a su llamada, un amigo se pasará por casa al menor signo de contracción. Pero en medio de la noche, recibirá la visita de una mujer con un objetivo muy claro: llevarse al niño que lleva dentro, aunque para ello tenga que operar con unas tijeras y sin anestesia.

A partir de aquí, se inicia un relato con el único propósito de angustiar y horrorizar. Una persecución entre una mujer fría y decidida y una perseguidora sin ningún atisbo de moral, encarnadas, cada una de ellas, por dos actrices perfectas para el papel. En el rol de perseguida, la hermana de Vanesa Paradis, Alysson Paradis, una víctima atípica. Nada de grititos y llantos sino la desesperación de una mujer fuerte, capaz de pelear con arrojo por salvar su vida y la de su bebé.

En el papel de perseguidora, Béatrice Dalle, una mala, con cara de mala y sonrisa difícil, de psicópata, que mete mucho más miedo que cualquier grandullón tras una máscara.

El resto, una gran dosis de mala leche, algunos litros de sangre, algunas imágenes a lo documental de la BBC del pobre feto indefenso sufriendo en el interior del vientre de la madre y una realización impecable, que tras un inicio pausado, descarga sobre el espectador un ritmo que no volverá a soltar hasta el final de la película.

Una oportunidad para pasarlo muy mal en una sala de cine (si es que se llega a estrenar en nuestro país) y para comprobar que el cine galo está haciendo grandes progresos en el cine de terror, aunque últimamente no tenemos nada que envidiarles, con productos propios como “3 días”, “REC” o “El orfanato”.

Las crónicas indican que Bustillo y Maury, los directores, se van a encargar a continuación del remake de esa referencia para el cine de terror salida de la fecunda imaginación de Clive Barker llamada “Hellraiser”. En general, no soy muy amigo de las películas rehechas (prefiero las “suecadas”, jeje), pero en este caso, creo que me pasaré por el cine para ver de qué son capaces.

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13/05/2008

LA NIEBLA

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Hay algunos directores de los que puedo decir que me fío al cien por cien, ya que aún no me han desilusionado con sus trabajos. Puedo considerar sus películas mejores o peores, pero siempre consiguen que salga del cine con la sensación de que ha sido dinero bien invertido y de que siempre seguirán entreteniéndome, interesándome o asombrándome. Por poner algún ejemplo, puedo nombrar a David Fincher (“Seven”, “Zodiac”), Guillermo del Toro (“Cronos”, “El laberinto del Fauno”), James Cameron (“Terminator”, “Titanic”), Brad Bird (“El gigante de hierro”, “Los increíbles”) o del que en esta crítica nos ocuparemos; el mejor adaptador de Stephen King que ha habido, el gran Frank Darabont.

Primero nos sorprendió a todos con la adaptación de “Cadena perpetua”, que se convirtió rápidamente en una de mis películas favoritas, para luego volver a dar en el clavo en “La milla verde”, otra de género carcelario desde un prisma totalmente distinto. Tras la desilusión de que su guión de la cuarta aventura de Indiana Jones fuese desestimado por el caprichoso Lucas, ha vuelto a la carga con la adaptación de un nuevo relato del genio de Maine. Esta vez, plasma el terror a lo desconocido y muchas de las obsesiones de King en “La niebla”.

En un pequeño pueblo de Maine (como no), gran parte de la pequeña comunidad se ve obligada a encerrarse en un supermercado ante la aparición de una misteriosa niebla que parece engullir a la gente.

Ante el miedo a lo desconocido y la angustia de encerrarse en un sitio tan desprotegido, las tensiones entre los vecinos no tardarán en aflorar de tal forma que no tardarán en darse cuenta de que el verdadero terror, no está de puertas afuera, sino en la propia naturaleza del hombre.

Darabont crea así una película de terror psicológico sin necesidad de grandes efectos especiales, ni de sustos para quinceañeros, ni de una música excesivamente histriónica. Le basta con mostrar a personajes humanos, con dobleces y con dudas y unos actores solventes, donde destaca por encima de todos la excelente interpretación de Marcia Gay Harden de una auténtica y genuina hija de puta, de las que son capaces de remover al espectador en su asiento deseando callarla de un puñetazo.

El guión está magníficamente ideado, instalando el ritmo de la película en un “crescendo” de ritmo y agobio, en el que verdaderamente nos llegamos a sentir dentro de ese frágil supermercado de barrio usamericano, deseando que todo cobre sentido en algún momento.

Cada parte del rompecabezas va ocupando poco a poco su lugar hasta que Darabont se reserva el lujo de colocar una última pieza final, desoladora y desesperanzadora, muestra de la estupidez que rodea al género humano y prueba irrefutable de que nuestro destino está guiado irremediablemente por la ley de Murphy.

Una película intensa y sin fisuras que nos hace pensar en lo que podrían haber dado de sí las aventuras del doctor Jones en manos de este gran creador de historias. Espero que la próxima semana no haya cabida para este pensamiento, cuando estemos en medio de la búsqueda de las calaveras de cristal, látigo en mano y disfrutando con nuestro reencuentro con el viejo arqueólogo.

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17/03/2008

DIARIO DE LOS MUERTOS

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Al contrario que otras cintas del festival de cine fantástico de Madrid, de corte poco propicio para el tema que se trataba, ésta sí se esperaba con ilusión. El argumento cuadraba perfectamente con el espíritu del evento, la sangre, las gamberradas y el humor negro parecía que harían las delicias de los espectadores y el director era un viejo conocido entre los amantes del cine de zombies, el ilustre George A. Romero, creador de la gran “La noche de los muertos vivientes”, fuente de donde ha bebido gran cantidad del cine de terror.

De hecho fue una de las más aplaudidas, vitoreadas, carcajeadas y comentadas a voz en grito por el rebaño de histriónicos con incontinencia glandular que ya he comentado otras veces y, quizá por esa razón, no fui capaz de meterme en la película de la forma que me hubiese gustado. Ya fuera por la verdadera calidad de la película o por la irritación de la algarabía formada a mi alrededor, encontré “Diario de los muertos” como una película deslabazada, de diálogos infantiles y huecos y con personajes demasiado planos y tontuelos como para merecer ser salvados.

La historia va sobre una pandilla de estudiantes de cine que intentan rodar una película de terror de ínfimo presupuesto en un bosque cualquiera, cuando reciben la noticia de que un extraño problema está surgiendo entre los muertos más recientes del país. Resulta que vuelven a la vida con una agresividad fuera de lo común para ser fiambres y un gusto por pegar mordiscos a la gente sana preocupante. Así que, todos juntos, intentarán huir en una furgoneta, mientras uno de ellos graba todo lo que sucede a su alrededor a modo de testimonio.

Parece que la idea de “REC” y “Monstruoso” se ha filtrado en los cerebelos de un buen puñado de directores en el mismo periodo de tiempo, como si de un virus mutante se tratase, y en un escaso lapso de tiempo afloran como setas las películas rodadas desde el punto de vista del cámara. El efecto sorpresa, por lo tanto, desaparece completamente, lo que me volvió mucho más crítico con esta película que con las anteriormente citadas.

Aún así, Romero no es un principiante y las escenas en las que los protagonistas destrozan, decapitan, mutilan y aplastan zombis están cargadas de buen gore y una buena dosis de humor negro, pero esto no basta para arreglar un guión que no ofrece apenas interés.

Romero se limita a llevar a los protagonistas de un lado a otro sin demasiado sentido, a ofrecer algún personaje bastante gracioso (como el sordomudo que se encuentran a mitad de metraje) y a llenar la pantalla de los zombis más lentos que he visto en una pantalla de cine, en profunda contraposición con la rabia desatada de los de “28 días después” y “28 semanas después “ de Danny Boyle y Juan Carlos Fresnadillo. Tanto es así, que parece imposible que nadie con un mínimo de atención e inteligencia pueda ser atrapado por estos seres, lo que resta un punto de emoción a la historia.

Por lo tanto, “Diario de los muertos” fue una de las grandes decepciones de la jornada de cine fantástico, lo cual apunta a que Romero debería ir cambiando el discurso, pues se ve que nada le queda por decir con respecto al mundo de los muertos vivientes. Un cambio de rumbo de vez en cuando, puede ser sumamente beneficioso.

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15/02/2008

30 DÍAS DE OSCURIDAD

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Como todo en la vida, esto del cine, va por modas. Ahora los guionistas, o los jefazos, o quien sea el que manda en los despachos de las últimas plantas de las productoras, se ha fijado en las novelas gráficas y así nos están llegando todo tipo de adaptaciones. Hasta el renombrado Frank Miller ha dejado las páginas llenas de viñetas y hace sus pinitos en la dirección cinematográfica. A ver si hay suertecilla y llega el genial Superlopez a nuestras pantallas… o quizá no, que ya se sabe que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea porque podría llegar a convertirse en realidad.

En este caso he ido a ver una adaptación de un cómic de Steve Niles llamado “30 days of night”, traducida – decentemente, por una vez – por estos lares como “30 días de oscuridad”, producida por Sam Raimi – director de la notable “Posesión infernal” y de ese horror llamado “Spiderman 3” – y dirigida por David Slade, autor de la apasionante y dura “Hard Candy” (vaya puñado de datos en un solo párrafo).

En un pueblo perdido de Alaska, los habitantes se preparan para la llegada de las 30 jornadas continuas de noche a las que se tienen que enfrentar cada año. Pero en las últimas horas de luz, empiezan a suceder sucesos extraños, destinados a que la pequeña población no pueda abandonar el pueblo. Todo empeora cuando la gente empieza a morir a manos de unos vampiros sedientos de sangre.

Se agradece que, de vez en cuando, una producción de terror sea tomada en serio, con un guión medianamente trabajado y personajes que no sean meros estereotipos o completamente desdibujados, de los que se limitan a correr delante de los chupasangres. En el caso de “30 días de oscuridad”, junto con la conveniente casquería, los litros de sangre y los cuellos rebanados a hachazos, se aprecia la voluntad de contar una historia de una comunidad atrapada en medio de la nada, intentando sobrevivir durante un mes a un ataque continuo.

Pero un mes es mucho tiempo para mantener la tensión, por ello nos sorprende sobremanera cuando los rótulos en la pantalla van incrementando los días cuando a mí, a pesar de la creciente barba de Josh Hartnett, me parecía que la trama estaba transcurriendo en el lapso de unas cuantas horas.

Salvo ese aspecto poco logrado y algún cliché más que trillado propio del género – no puede faltar la niña diabólica que aterrorice al personal, ni el personaje heroico y medio tarado – la trama se desarrolla con la tensión adecuada, alternando los sustos, la acción pseudo-gore y la tensión contenida en una proporción equilibrada.

También se agradece que haya alguno de los vampiros con alguna expresión dramática y no sólo seres descerebrados atravesando puertas y corriendo como posesos. Es el caso del jefazo de los vampiros, interpretado por Danny Houston que compone un personaje con algo más que dientes afilados y furia incontenida – aunque no mucho más, tampoco os creáis –.

En definitiva, “30 días de oscuridad” es un buen entretenimiento para todo el que no sufra en demasía viendo un hacha abriendo brechas en diferentes partes de la anatomía en una película con un final digno de un buen cómic oscuro.

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28/11/2007

[REC]

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Cuando uno es aficionado al cine de terror, generalmente se lleva pocas sorpresas. El nivel no suele ser muy elevado y las ideas acaban en remakes más o menos directos, con lo que solemos aspirar a ver una película entretenida y poco más. En cuanto a las nacionalidades, los reyes del género suelen estar en el país del sol naciente, de donde vienen las mejores ideas y un gran número de estas películas suele general su réplica usamericana. Éstos últimos, los yankis, pueden dotar a sus films de terror de un bonito y reluciente envoltorio a base de apoquinar dólares, pero son pocos los cineastas que se arriesgan con ideas originales en el género. En el cine patrio, hay una revitalización del género desde la “Tesis” de Amenabar hasta hoy y de vez en cuando sale algún producto que no desmerece en lo más mínimo a lo encontrado fuera de nuestras fronteras, pero suelen aparecer con cuentagotas.

Lo que quiero decir con esta introducción es que, cuando hoy en día se entra en una sala para ver una película de terror, ni de coña se piensa que va a ver una obra maestra. Pues bien, eso cambió ayer. Cuando salí de “[REC]” tuve claro que acababa de ver una de las mejores cintas del género que jamás se hubieran rodado. Una propuesta diferente, visionaria, arriesgada, rompedora, agónica y claustrofóbica que marca un antes y un después en el cine de miedito, de la misma forma que lo pudieron hacer “Nosferatu”, las primeras películas de “Drácula”, “La noche de los muertos vivientes”, “El exorcista” o “Alien, el 8º pasajero”.

Jaume Balagueró y Paco Plaza han roto el molde. Desde que se atrevieron a codirigir aquel extraño documental titulado “O.T., la película” (también, a su modo, terrorífico) sin ser señalados y vapuleados por la crítica, demostraron que son capaces de enfrentarse a cualquier cosa y salir victoriosos. Por separado han dirigido cintas como “Frágiles” y “Darkness” (Balagueró) o “El segundo nombre” y “Romasanta” (Plaza) así como firmar, respectivamente, dos de los mejores capítulos de “Películas para no dormir”: “Para entrar a vivir” y “Cuento de Navidad”. Además, en el guión aparece también Luiso Berdejo, del que he publicado un post hace algunos días.

La historia, brilla por su sencillez. Un cámara y una reportera van a pasar la noche en compañía del cuerpo de bomberos para realizar un reportaje que será emitido en una cadena local. Cuando todo indicaba que la noche iba transcurrir sin pena ni gloria, una llamada provoca que se personen en un antiguo edificio, donde los vecinos dicen que una señora mayor y algo huraña está encerrada en su piso dando gritos. En ese momento, empieza el horror.

La película está filmada como si de un reportaje con cámara al hombro se tratase. La única cámara es la del reportero, que vive lo que sucede a su alrededor. El realismo de lo que estamos viendo es tal, que desde el primer momento, con los comentarios de la reportera sobre la previsiblemente aburrida noche o sus meteduras de pata, nos metemos en la película de una forma brutal. Por lo tanto, cuando comienza la acción, ésta nos golpea con contundencia al sentirnos desprotegidos de la parte irreal que suele acompañar a este tipo de películas.

La grabación se corta cuando obligan al cámara a dejar de grabar, se reanuda en un momento diferente, se alternan entrevistas, pierde el sonido cuando el aparato se golpea, no para de moverse cuando el que filma huye, da vueltas buscando el centro de la acción sin previo aviso. Todo está filmado de forma tan natural que incluso los varios sustos y sobresaltos sobrevienen sin el, muchas veces esperado, aumento de volumen de la banda sonora, simplemente, porque ésta no existe.

Incluso las interpretaciones carecen de todo efectismo, que unido a la ausencia de caras conocidas, si exceptuamos a Manuela Velasco, conocida presentadora de televisión que interpreta a la reportera, nos deja la sensación de que lo que estamos viendo es real.

Parecía que era imposible, pero el milagro se ha obrado. Hay una nueva joya del cine de terror y ha sido gestada en nuestro país. ¿Conseguiremos cuidar y reconocer a los creadores?

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25/11/2007

SAW IV

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Hace poco más de un año ya de mi primera crítica, en la que empezaba poniendo a caldo la tercera parte de una saga que había arrancado de manera excepcional. Saw III, decía por aquel entonces, suponía la muerte cerebral de las andanzas de un asesino en serie que se distinguía por sus guiones inteligentes, sorprendentes y adictivos. Las dos primeras películas supusieron todo un “boom” en cuanto a estética y planteamiento y pasaron a ser dos de mis películas de terror favoritas. En la tercera, como acabo de decir, observé que se había acabado el ingenio pero, como dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, volví a caer en la trampa cuando se estrenó la cuarta parte de los malévolos planes de Jigsaw. Volví a pagar una entrada de cine. Mal hecho, pues esta es aún peor, si cabe, que su predecesora.

Esta vez, el director original, James Wan, se desvincula por completo de la película (puede que oliendo cual iba a ser el resultado) y el guión y la historia hacen aguas por los cuatro costados. Sintiendo curiosidad por quien sería el lumbreras que le ha dado forma esta vez a los nuevos crímenes sangrientos, me molesté en buscar al guionista. Cual sería mi sorpresa cuando la historia la firman ¡cinco personas! ¿Cinco fulanos para engendrar semejante despropósito? Si hubieran pagado a un mono golpeando teclas de un ordenador al azar, les hubiera salido más o menos igual y mucho más barato.

En la anterior, habíamos visto como, por fin, moría Jigsaw, el vengador asesino dispuesto a enseñar a los perdidos mortales el valor de la vida. Creíamos que ahí había acabado todo, pero estábamos muy equivocados. La película comienza con una sangrienta y explícita autopsia de Jigsaw, que revela una nueva cinta dentro de su estómago. Ahí nos dice que no por haber muerto se ha acabado todo, sino que el juego, nuevamente, acaba de empezar. Esto es una excusa para mostrar los inicios de los juegos asesinos de Jigsaw, en una serie de innecesarios flasbacks sin demasiado sentido, mientras, en una historia paralela, dos agentes del FBI persiguen a un policía que sigue una serie de pistas dejadas por el muerto para lograr salvar a un compañero del cuerpo.

Esta vez, hasta la baza de los originales crímenes, que aún se mantenía en la tercera parte (de hecho era casi lo único que se mantenía), pierde totalmente el norte. Las víctimas nos importan un comino, las formas en las que mueren son del todo absurdas y, lo peor de todo, los diálogos parecen sacados del peor telefilm que podamos haber visto en la hora de la siesta.

Los actores son todos increíblemente inexpresivos y el horrendo doblaje en castellano no ayuda mucho a que nos creamos la sarta de tonterías que sueltan a lo largo de la película. Quizá el único que se salva de la quema es Tobin Bell, el actor que desde la primera película encarna al asesino protagonista, que sigue clavando el rol de asesino sádico, manipulador, frío y calculador de una manera muy acertada.

El resto, un total y absoluto desaguisado, con especial mención a un final tan cogido por los pelos que puede llegar a cabrear. Incluso la genial banda sonora que redondeaba las dos primeras entregas, brilla por su ausencia.

Esta vez sí, no volveré a caer. Desde aquí atestiguo, que si los productores usamericanos cometen el desatino de hacer una quinta entrega, va a ir a verla al cine Rita la Cantaora. Otra cosa es que no acabe viéndola en casa… si algún día me aburro.

Ah, me olvidaba, lo que no ha fallado en ninguna de los capítulos es el cartel. Un 10 para los publicistas.

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05/11/2007

EL ORFANATO

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En mi corta vida cinéfaga (que no cinéfila, ya que la supuesta calidad de muchas de las pelis que veo no es considerada muy alta por los expertos gafotas que saben del séptimo arte), hay críticas que aún no entiendo. Por fin he visto “El orfanato”, la cinta que ha seleccionado la academia española para competir en los Oscars y, como ya esperaba, me ha gustado mucho. Sin embargo, lo que mis neuronas se niegan a asimilar es que muchos de los críticos que la ensalzan y la miman, son los mismos que reniegan del cine comercial de suspense usamericano. Bajo el pretexto de que no es solo una película de terror, sino que retrata profundos sentimientos de los personajes y que, por debajo del placer de asustar, subyace un propósito de cine de autor, resulta que la película de Juan Antonio Bayona es algo fuera de lo común.

Vuelvo a repetir antes de que se malinterpreten mis palabras: con “El orfanato” he disfrutado de lo lindo. He visto una película con un guión cuidado, una puesta en escena impecable, unos personajes bien dibujados, unos cuantos y deliciosos sustos que me han mantenido en tensión y un final muy currado, pero no podemos hablar de la originalidad hecha imágenes. “El orfanato” recorre caminos que han sido transitados por otros títulos como “Poltergeist”, “Los otros”, “Al final de la escalera” o “Frágiles”, grandes películas en mi ranking particular que también me han hecho pasar un muy buen/mal rato.

Cuando salía de la sala me dio por pensar en otra película de este corte fantástico-noseloqueestápasando que recuerdo con cariño por mantenerme con los ojos fijos en la pantalla y que recibió un vapuleo casi total por parte de la crítica. También era un film de buena estructura narrativa, ambiente cuidado, buenos actores y personajes y sustos bien escogidos y, al igual que esta, no se trataba de nada nuevo. Las opiniones especializadas se cebaban aludiendo a que era un refrito de películas conocidas y, evidentemente, pesaba sobremanera que se tratase de una producción yanki. Dicha película (y ahora es cuando todo el mundo se me echa encima y me pone pringando de manchas de tomate) se titulaba “Lo que la verdad esconde” y estaba protagonizada por Michelle Pfeiffer y Harrison Ford y dirigida por el fan de la tecnología Robert Zemeckis.

Puede que todo esto sea parte de esas normas no escritas que tratan de ensalzar el cine patrio a tenor de que la gente sigue pensando que en este país solo se hacen “españoladas”. Si es así, me parece algo loable y que no merece crítica ninguna. De todas formas, sigo sin creerme que el mismo crítico que se aburrió de manera soberana con “Lo que la verdad esconde” (por poner un ejemplo cualquiera) disfrute más que un locutor de la COPE con nueva teoría conspiratoria con “El orfanato”.

Al margen de estas ralladuras mentales que asolan mi mente retorcida, la película que nos ha llevado hasta este punto me ha dado lo que me esperaba y, si cabe, un poquito más. J. A. Bayona se puede pasar a considerar otro nuevo talento de nuestro cine (a ver si otros van teniendo sus oportunidades) y Belén Rueda puede empezar a considerarse una actriz con todas sus letras (a pesar de la tirria que le tiene mi insigne compañero de proyecto). Durante las casi dos horas que dura el metraje no he despegado ni un segundo la vista de la pantalla y un guión astutamente bien hilvanado me llevó por donde quiso en cada momento.

Mención especial merecen, el personaje de Geraldine Chaplin, especializada, como ella dice, en abuelas muy poco corrientes, con una decidida médium bastante freak, y un final de esos que consiguen incrementar el valor de todo lo que se ha visto antes del mismo.

Así que, claro lo dejo: quien salga de la sala habiendo disfrutado de la historia de Bayona, que no prejuzgue superproducciones yankis del mismo corte. He dicho.

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12/07/2007

28 SEMANAS DESPUÉS

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El virus de la ira se ha apoderado de Gran Bretaña. Se extiende sin compasión, sin distinción de edades, géneros o creencias, arrasando con todo aquel que se descuide. Cualquiera puede ser contagiado si la saliva o la sangre de un infectado entra en contacto con su organismo. Todos sabemos qué ha pasado 28 días después, la situación es crítica, pero… ¿que pasa 28 semanas después?

Uno de nuestros directores con más potencial, el canario Juan Carlos Fresnadillo ("Intacto"), se atreve a retomar la excelente película de Danny Boyle ("Sunshine", "Trainspotting") y logra construir un acertadísimo guión junto con su colaborador habitual Jesus Olmo y Rowan Joffe y filma de manera impecable una película redonda que logra mantener al espectador en tensión durante todo el metraje.

Es complicado rodar una secuela sin caer en la repetición y en este caso Fresnadillo lo consigue llegando al nivel de la original si no superándolo. Con un comienzo perfecto se sitúa la acción más o menos enlazando con el final de su antecesora pero con otros personajes. Un grupo de personas se refugia en una casa intentando seguir con su vida ignorando la barbarie que hay de puertas afuera, hasta que un pequeño error acaba con sus planes provocando que la casa sea invadida por los afectados. Una decisión cobarde por parte de uno de los individuos (Robert Carlyle, "Full Monty") será el detonante de una historia que traza un paralelismo entre el virus del argumento y los problemas familiares.

28 semanas después del inicio de la epidemia se supone que la situación está controlada. Los infectados han muerto de inanición y la ONU, con los omnipresentes usamericanos al frente, toman las riendas de la situación y se desplazan hasta la isla para intentar reconstruir y repoblar el país (¿una crítica quizás hacia las cagadas de estos soldaditos en Irak?). Poco a poco van llegando los británicos que se hallaban fuera al inicio del brote y la situación se va normalizando, pero la aparición de una persona que quizás lleve en su sangre la solución al virus desencadena de nuevo la plaga.

Prácticamente desde el primer minuto nos vemos sumergidos en persecuciones sin tregua, con una cámara al hombro que nunca deja de moverse y que provoca que nos sintamos en medio de esa carrera hacia ninguna parte, escapando de las multitudes de zombis con exceso de adrenalina y sedientos de sangre. El gore salpica la pantalla mientras los protagonistas intentan esta vez escapar no solo de los infectados por el virus, sino de los propios americanos que en situaciones descontroladas ponen en práctica lo que llevan haciendo a lo largo de la historia: cargarse todo lo que se mueve para garantizar la seguridad.

Si ya he dicho que el prólogo es perfecto, la resolución de la trama no desmerece al primero para nada, dejando al público (el que ha conseguido permanecer en la sala, pues hubo varias bajas) anonadado. Además, podemos asistir a una claustrofóbica escena rodada desde un objetivo de visión nocturna buenísima, como quizás no había visto desde el famoso final de “El silencio de los corderos”, cuando Clarice consigue hallar al fin el escondrijo de “Búfalo Bill”.

Una película no apta para cardíacos en las que es imposible no dejar las uñas clavadas en la butaca, que coloca a Juan Carlos Fresnadillo en el Olimpo de los buenos directores de suspense. A ver si lo tratamos bien y se decide a volver al hogar a insuflar de nuevos y renovados aires nuestro cine, que falta le hace.

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26/06/2007

LAS COLINAS TIENEN OJOS

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Me estoy dando cuenta de que últimamente no estoy encontrando mucho tiempo, ni para escribir por aquí, ni para ver películas o buscar vídeos con el que rellenar neuronas. Este fin de semana he vuelto a Vigo para pasar un San Juan francamente divertido y reencontrarme con gente a la que ya tenía ganas de volver a ver y luego durante la semana el proyecto me ocupa bastante parte del día.

Aún así, hoy hemos sacado tiempo para ver tranquilos en casa, una película del año pasado, remake de otra de Wes Craven del año 77 (que aquí firma como guionista) y que ya dispone de secuela en nuestras pantallas. Es la sangrienta “Las colinas tienen ojos”.

La película trata de una familia que se decide a cruzar Usamérica en caravana aprovechando las bodas de plata de los progenitores. Así, dicha pareja, sus tres vástagos y el marido y la hija pequeña de una de ellas se internan en el desierto de Nuevo Méjico contra la voluntad de casi todos.

Así llegan a una extraña gasolinera donde el viejo y extraño dependiente les recomienda un atajo para llegar antes a la soleada California. Pero sabemos que los problemas empezarán enseguida, ya que un rótulo inicial nos ha informado de que en el área se han producido pruebas nucleares que han desencadenado mutaciones genéticas a un grupo de mineros muy cabreados con el mundo.

Así, casi desde el primer minuto y sin tregua, la pantalla se irá salpicando de todo tipo de sustancias viscosas, vísceras y miembros cercenados conformando un film puramente gore, con todo lo que esto significa: humor macabro y casquería a partes iguales.

La película está bien hecha, la trama mantiene al espectador entretenido y los actores están correctos, aunque realmente no aporta nada nuevo al género. Todo es esperado y ligeramente previsible en el clásico argumento en el que las muertes se van sucediendo una tras otra hasta que uno de los personajes toma las riendas de la situación sediento de venganza. Esto no quita para que, como ya he dicho, la factura sea más que correcta y se pueda pensar en su director Alexandre Aja como un valor a tener en cuenta en el futuro ya que dicen de él que posee una obra maestra del género con tan solo 28 años (y la cual aún no he visto, así que también habría que saber quién dice que es tan buena) llamada "Alta tensión" ("Haute tension").

En fin, que para una tarde de sábado tirado en el sofá (o de martes en este caso) cumple las expectativas.

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15/06/2007

DEMENTIA 13

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Todos los directores tienen un comienzo. Es esa época de sus vidas en la que no son conocidos, ni venerados ni pueden escoger proyectos. Los difíciles inicios en los que, como mercenarios a sueldo, ruedan todo lo que cae en sus manos, ávidos de cine, intentando aprender lo máximo posible, experimentando para crecer como creadores.

Francis Ford Coppola no iba a ser una excepción.

En 1963 Coppola tenía 24 años y era ayudante de dirección de Roger Corman que se distinguía por dirigir películas como churros. Cuando conseguía financiación para un film, lograba acabarlo siempre antes de tiempo y además dejar filmadas otras dos películas dentro del mismo presupuesto, aprovechando decorados y atrezzo y animando a sus trabajadores a colaborar en diferentes apartados técnicos. Todo el que trabajaba con Corman podía presumir de dominar unos cuantos aspectos del séptimo arte. Los guionistas se metían a dirigir, los técnicos de sonido rodaban secuencias… aquello era una colaboración plena.

Mientras Roger Corman rodaba aquel año “Rivales pero amigos (The young racers)” le propuso al joven Coppola un trato. Si le presentaba un buen guión para una película de terror él le dejaría rodarla. Éste no lo dudó y en una noche escribió una historia alrededor de una visión, la de una mujer semidesnuda siendo asesinada a hachazos en la orilla de un lago. Una temática que se podía englobar en el género Grindhouse (tan de moda ahora por los próximos estrenos de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez), es decir, algo de sexo, mucha violencia y mucha sangre.

A Roger Corman le gustó la historia y así, el que con los años se convertiría en uno de los barbudos más poderosos de Hollywood, junto a Steven Spielberg y George Lucas, firmó su primer trabajo. Una peli de terror de bajo presupuesto con algunos puntos interesantes y otros no tanto.

La historia se ambienta en un apartado castillo irlandés donde vive una familia marcada por la muerte de una niña pequeña. A lo largo del metraje se irán descubriendo las artimañas de una calculadora y fría mujer americana que trata de ser la heredera de su rico marido, las investigaciones de un médico por tratar de resolver ciertas desapariciones y misterios o los traumas de los hijos de la inquietante viuda y madre de la niña muerta.

Quizás la historia peca un poco de ser demasiado simple, de tener un guión no demasiado bien desarrollado y un poco a saltos y de personajes un tanto desdibujados pero por otra parte se nota un esfuerzo por crear un estilo propio y puede presumir de ser una pionera en tratar a ese tipo de serial killers del que más tarde beberían películas como “Halloween” o “Viernes 13”.

La fotografía en blanco y negro le confiere tensión a muchas escenas muy bien rodadas y a ratos consigue transmitir desasosiego, pero aún así se nota la mano de un principiante cuando encontramos fallos de raccord (es decir, de continuidad entre dos escenas consecutivas) o elementos de la trama que se enfatizan para a continuación ser totalmente olvidados.

De todos modos es una buena oportunidad para apreciar como son los inicios de un realizador que más tarde se haría famoso con obras maestras del calibre de “Apocalipse now” o la saga de “El padrino”.

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