Friday, October 23, 2009

STARMAN

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Acompañadme en un pequeño viaje. Cerrad los ojos mientras notáis que vuestro cuerpo se encoge y a la vez vuestra piel se estira hasta volverse tersa. Vuestra mente se despereza como una flor por la mañana y adquiere las propiedades de los trapos Villeda, capaz de absorber la menor gota de información.

De repente, volvéis a tener ocho o nueve años y paseáis por los polvorientos pasillos de un videoclub de barrio, pero para vosotros es la cámara de los tesoros. Princesas de cabellos rubios, castillos encantados, mundos repletos de aventuras y oxidadas naves espaciales se esconden en las estanterías, a ambos lados de vosotros, perdiéndose en la distancia. Exacto, estáis de nuevo en la sección de “películas de mi infancia”.

Esta vez me llama la atención una extraña luz azul que brilla de forma tenue en una de las carátulas. Unas manos envuelven una pequeña bola brillante y al fondo vemos un paisaje negro plagado de estrellas. Es imposible que la intuición nos engañe; eso va de extraterrestres, uno de los temas predilectos en este pequeño e impresionable cerebro. Esa será la elegida, la del hombre de las estrellas.

La película comienza con el viaje hacia el infinito de una sonda que la humanidad decide lanzar al espacio, en la que se adjunta una grabación dando la bienvenida a la Tierra a todo aquel que pueda descifrar el mensaje, además de alguna información sobre la vida en este minúsculo planeta azul. Estamos en la época en la que la investigación espacial y la búsqueda de vida extraterrestre se toma con entusiasmo, el SETI está en pleno auge y los hippies ven lucecillas de otros mundos a su alrededor en los conciertos de Hendrix.

Los títulos de crédito acaban y la cámara nos lleva a un lugar mucho más mundano. Observamos a una mujer viendo una vieja película casera, acompañada por una copa de vino tinto. Queda claro, por su cara, que le embargan la tristeza y la nostalgia. El vídeo se centra en las payasadas de la que intuimos que es su pareja. O lo fue. Deducimos que una joven viuda, una noche más, se va a la cama añorando a su marido, muerto prematuramente.

Un momento… ¡las caras de ambos nos suenan! Todo friki de medio pelo tiene grabadas a fuego las caras de Marion, la primera pareja y eterno amor de Indy (Karen Allen) y el valiente programador que se ve obligado a pelear con un ordenador en “Tron” (Jeff Bridges). Ella es una actriz repleta de registros, siempre natural ante las cámaras y muy poco aprovechada y él, a estas alturas, es ya una leyenda del cine.

Acto seguido observamos como los de la NASA (o algún que otro organismo que se ocupa en observar el espacio aéreo para analizar todo lo que caiga por ahí y, si es menester, cargárselo) siguen la trayectoria de un objeto que cae en algún descampado del país yanki (dónde si no). Efectivamente, el artefacto se mete un rijostio importante contra el suelo y sale una bola azul que sabemos que tiene inteligencia gracias a un efecto de cámara que hoy en día cualquier cani podría hacer con su móvil de última generación. La bola se dirige a la casa de la joven viuda, registra un poquillo, se pone la peli que estaba enchufada para pasar un rato, investiga un antiguo álbum de fotos de la pareja y encuentra un cabello del finado. Esta es la suya… una fiel copia del ADN realizada en dos patadas y la bola empieza a convertirse en un ser humano, desde un feo bebé con aspecto de Barriguitas desgastado, hasta… un Jeff Bridges hecho y derecho. Evidentemente, la joven viuda, que a estas alturas ya se ha despertado, lo flipa muchísimo y tras desmayarse, trata de poner pies en polvorosa, pero por poco tiempo, porque todo está a punto de convertirse en una “buddie movie” (peli de compis, ya habíamos tratado el término, a ver si la clase está atenta) extraterréstre y romántica, ahí es nada el cruce de géneros.

Jeff Bridges se llevó nominaciones en los globos de oro y los Oscars del año 1985 por encarnar a un extraterrestre inocentón, de bondad extrema y en pleno aprendizaje del comportamiento humano en esta película del prolífico John Carpenter. Probablemente, los dos actores son la parte más resaltable de la película, con un guión que basa prácticamente todas sus bazas en la ignorancia y los sentimientos de este visitante de nuestro planeta y en la química entre Allen y Bridges. Aunque también deja huella la banda sonora de Jack Nitzsche, un fondo de sintetizadores que remarcan la acción de forma casi imperceptible dejando sus tres o cuatro notas predominantes en la cabeza.

Apenas un año después, viendo el éxito de la cinta, saldría una serie, protagonizada por Robert Hays (el protagonista de “Aterriza como puedas”) que continuaba la acción algunos años después de donde la remata la película. Sólo aguantó una temporada, pero también recuerdo entre neblinas alguna tarde frente al televisor siguiendo las andanzas del bondadoso marciano, que había regresado a la tierra 14 años después para comprobar cómo de guapo le había salido el hijo humano que se había marcado con la Allen (inocente, pero no tonto) y que trataba de encontrar a su ex perseguido por un infatigable sabueso empeñado en abrirle en canal para estudiarlo.

Quizá “Starman” no sea una obra maestra, pero es una gran muestra de aquel cine familiar y con moraleja de los ochenta que era capaz de sentarme y dejarme boquiabierto frente a la pantalla de la televisión. Un cine inocente que es muy raro ver en pantalla hoy en día entre tanto efecto especial, “fuck” ametrallado y preadolescente de vuelta de todo.

Ser chaval por aquellos años, era una delicia.

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Thursday, March 26, 2009

CREPÚSCULO

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La actual normativa para la regulación de películas es incompleta. Me refiero a la etiqueta que se adjunta en los films que restringen su visionado en función del contenido, ya sabéis: “Para todos los pardillos” (TP), “No recomendada a supersticiosos” (NR -13), “Para aficionados a la genética” (XX, XY), etc. Esta información es insuficiente y no evita catástrofes muy frecuentes.

Imaginemos, por ejemplo, que un adolescente macarra se decide por ver una del Chuache y entra en el cine para ver “Junior”. El muchacho se dirá: “Junior, seguro que va del hijo de un marine muerto en combate que se quiere vengar de un batallón insurgente de los montes Urales. A por los tiros”. Al salir de la película, lo más probable es que tenga que ser lobotomizado. O a un aficionado al cine de Tim Burton se le ocurre bajarse su primera película, “La gran aventura de Pee-Wee”, para completar la filmografía del genio pensando: “los comienzos de Burton, oscuridad, ilusión, su mundo en sus primeros pasos. No puedo perder nada, no será peor que El planeta de los simios”. Ahí tenemos trauma seguro.

Deberíamos incluir nuevas restricciones. En el primer caso, la leyenda que acompañaría la película debería ser algo así como: “no recomendada para adolescentes con exceso de testosterona, intolerancia a la pastelada y problemas para reubicar a sus ídolos”, o en el segundo, algo así como: “no recomendada para personas con coeficiente intelectual en la media o superior e instintos asesinos hacia los personajes cargantes”.

En la película que hoy comento, cualquier despistado podría pensar: “una de vampiros, me he visto True blood de cabo a rabo, he flipado con los libros de Anne Rice y me he leído Drácula 24 veces. Vamos p’allá”. Si hubiésemos incluido una advertencia del tipo: “recomendada únicamente para adolescentes femeninas, con ídolo de masas en el frontal de su carpeta, tendencia a hablar de chicos más del 80% del tiempo (40% del mismo por teléfono), hormonas disparadas y absoluto dominio del lenguaje sms”, no tendríamos que recoger los restos del pobre incauto tras sufrir una embolia en la sala de cine.

Y es que puede que el argumento verse sobre los vampiros, pero la verdadera pasta de la que esta hecha la película basada en el libro de Stephanie Meyers es una historia de amor entre dos adolescentes de diferente procedencia, en el típico ambiente de instituto, con los típicos problemas de familias disfuncionales. Todo esto contado en un ritmo cansino y lento, sin apenas ideas que hagan avanzar la trama, diálogos directamente sacados de la Superpop y con unos efectos especiales capaces de sonrojar a Ed Wood (merece la pena verla tan sólo por el momento en el que el vampiro se pone al sol para que ella vea el monstruo que es en realidad, uno de los mejores números cómicos que he visto en mucho tiempo).

Si lo que esperamos es alguna pelea de los tipos de los colmillos, todos con una fuerza sobrehumana, tendremos que esperar hasta el final de la película (tras tragarnos el partido de béisbol más surrealista y cansino de la historia) para asistir a 5 minutos de golpes, saltos y sangre, que se soluciona demasiado rápido y sin crear el más mínimo suspense.

En cuanto a las actuaciones, no sabría si echar la culpa a los jóvenes actores o al texto al que tratan de dar vida. Me da la impresión de que, aunque hubiésemos puesto a Kate Winslet y Edward Norton en los papeles principales, el producto resultante hubiese sido igual de sonrojante, pero también es cierto que las actuaciones planas de Kristen Stewart (aquella niña con la que sufríamos en “La habitación del pánico”) y Robert Pattinson (alguien debería decirle que abrir mucho los ojos, no parpadear y entreabrir la boca no es sinónimo de ser un vampiro) no ayudan en absoluto.

Así que ya sabéis, hay que instar a nuestros gobiernos a que se preocupen menos de las descargas P2P y aboguen más por la salud de sus ciudadanos a través de simples advertencias que podrían ahorrar grandes colas en nuestros ambulatorios.

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Posted by Heitor at 18:40:45 | Permalink | Comments (11)

Friday, December 21, 2007

ONCE

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Soy de esas personas a las que les gusta escuchar un disco en su conjunto. De vez en cuando, encuentras un LP que tiene un sentido propio tal y como está hecho, cuyo orden guarda una lógica y escuchado entero, de principio a fin, consigue transmitir un sentimiento, una idea o un estado de ánimo que no es capaz de dar, pongamos por caso, un disco recopilatorio. No sucede siempre, de hecho, son pocos los álbumes que guardo en mi memoria de esta forma, como un libro del que no debe leerse un capítulo suelto ya que, si lo hiciera, perdería una gran parte de su magia, pero cuando se encuentra una de estas obras, es casi seguro que se guardará con celo hasta que uno se queda sordo… e incluso más allá.

Viendo la película “Once”, tuve una sensación similar, ya que más que un film al uso, es más un buen disco al que se le han puesto imágenes para que se pueda seguir más fácilmente, o para complementar aquellos sentimientos a los que la música, por sí sola, es capaz de rozar pero le cuesta más remover. Un ejercicio que, de otra forma intentó Disney en la increíble “Fantasía”, aunque en aquella ocasión se intentaba al estilo de los discos recopilatorios. Tenemos, en este caso, música filmada con alma, con una historia que conmueve, divierte y emociona a partes iguales.

El grado de emoción que consigue transmitir la película es directamente proporcional a la franqueza con la que está rodada e interpretada y esto lo consigue, en gran medida, gracias a los actores principales, ambos músicos que ya habían colaborado juntos en algún disco. Glen Hansard y Markéta Irglová componen las canciones que sirven como hilo conductor por el que el argumento se va deslizando y ofrecen una interpretación sencilla que consigue provocar que nos identifiquemos con lo que están pasando desde el primer momento.

La historia es la de un músico callejero que interpreta durante el día canciones conocidas y, por la noche, canta sus propias composiciones que giran, casi todas, alrededor de un desengaño amoroso. Un día conoce a una vendedora de flores que se detiene a escuchar una canción y empiezan una relación amistosa en la que la música será su punto de unión.

La película habla de la música como parte integrante de nuestras vidas de una manera muy potente. Las imágenes de la guitarra del protagonista, vieja, rota, una guitarra que ha vivido y sufrido las canciones que salen de sus cuerdas, o cuando ella va a practicar con el piano a una tienda de música, probando cada día un teclado diferente mientras el dueño escucha complacido, o en la grabación del disco, cuando un técnico de sonido que ha visto demasiados malos grupos se sorprende con la calidad de lo que tiene delante. Todo lo que sucede, cada cambio, cada sentimiento, viene adelantado por un cambió de compás.

Es esta una película, en definitiva, que disfrutará todo el mundo por su cara amable, una historia que deja marcada una sonrisa en la cara y una banda sonora envidiable pero, será paladeada mucho más, por todo aquel que disfrute realmente con la música, por todos los que sean capaces simplemente de sentarse, cerrar los ojos y escuchar.

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Monday, May 14, 2007

DON JUAN DEMARCO

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“Mi nombre es Don Juan DeMarco, soy el hijo del gran espadachín Antonio Garibaldi DeMarco que fue trágicamente muerto defendiendo el honor de mi madre, la bella doña Inés Santiago y Sanmartín. Soy el mejor amante del mundo”. Con esta frase comienza una de las películas más románticas que he visto nunca. Una elegía a la locura y la irracionalidad del amor que por alguna extraña razón, pues no se parecen demasiado, siempre he asociado en mi memoria a “La princesa prometida”. Supongo que será por ese aroma a fábula que desprenden, por conseguir despertar ganas de organizarle a tu pareja una cena romántica a la luz de las velas. Supongo que los alérgicos al romanticismo no pueden acercarse a menos de tres metros de esta historia, pero, enamoradiz@s y romántico@s del mundo, esta película está hecha para vosotros@s.

Johnny Depp es el protagonista que da nombre a la película, un joven de 21 años con un sentimiento romántico exacerbado, que tiene la intención de suicidarse a manos del mejor espadachín del mundo al no verse recompensado su amor por la única mujer que le ha rechazado, y a la que ama con toda su alma. En este intento de suicidio se encuentra con el doctor Jack Mickler, interpretado por Marlon Brando, un psiquiatra a punto de jubilarse que se debate entre las órdenes de sus superiores de medicar e internar al joven y la vitalidad y los sentimientos que le va provocando su historia, de la que no sabe discernir cuanto es real y cuanto está inventado por su fértil imaginación.

Así, entre sesión y sesión, el doctor Mickler no está seguro de que deba “curar” a este moderno Don Juan de su visión del mundo, devolviéndolo al gris universo en el que tanto él, como sus escépticos y fríos colegas de profesión, viven anclados. Gracias a las conversaciones con el muchacho, Jack Mickler se va impregnando de romanticismo y ganas de vivir su vida, contagiando a su mujer Marilyn (Faye Dunaway) y mejorando su relación.

¿Debemos renunciar a nuestras excentricidades para encajar en el mundo gris y frío que se ha construido a nuestro alrededor para parecer normales? ¿Podemos en cambio renunciar a todo convencionalismo social y vivir al margen de las reglas, en un universo propio, sin ser tachados de locos o marginados sociales? ¿Existe un término medio en el que podemos conservar nuestra inocencia y nuestros sueños? Todo es un homenaje al individualismo, a no dejarnos arrastrar por el rebaño, a pensar y sentir por nosotros mismos a pesar de lo que los demás puedan decir de nosotros.

Entre Johnny Depp y Marlon Brando se establece una química especial que trascendió fuera del rodaje. A partir de entonces se hicieron grandes amigos, llegando a participar Brando en la primera (y única hasta la fecha) película de Depp como director, “The brave”, y esto se nota. Los dos llenan la pantalla en sus conversaciones y a Brando se le nota cómodo aunque ya hacía tiempo que aceptaba papeles más de forma alimenticia que por amor a la profesión de actor.

La música también ayuda al ambiente de romanticismo presente en cada plano, con una banda sonora alrededor de una canción compuesta por Brian Adams (Have you ever really loved a woman), que a muchos también les supondrá un sacrificio, ya que llegó a sonar cansinamente en la radio, de igual forma que la que compuso para “Robin Hood: príncipe de los ladrones” o la de “Los tres mosqueteros” con Sting y Rod Stewart.

Una película para dejarse llevar por los sentimientos, sin complejos.

 

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Wednesday, March 7, 2007

DRACULA, DE BRAM STOKER

 

No está de más ir revisitando de vez en cuando aquellas películas que te marcaron, que has visto una, dos o infinidad de veces y que han dejado imágenes impregnadas en la retina quizás para siempre. Los clásicos de cada persona, que casi nunca coinciden con las listas oficiales, las que no te cansas de recomendar y las que nunca te dejarán de gustar.

Entre las ingentes cantidades de películas que encuadro en esta categoría le ha llegado el turno a todo un clásico moderno, del cual tuve el poster colgado en mi habitación durante mucho tiempo. Una película clasificable dentro de un montón de géneros, y una arriesgada apuesta de Francis Ford Coppola. Tiene un poco de película de terror, otro poco de thriller, otro poco de peli romántica… una obra genial y la que más se acerca a la idea original del libro, que por cierto también me encantó.

Toda la película es un ejercicio de estilo del barbudo director. Alejándose de los efectos especiales que habitan en este tipo de producciones en la actualidad, juega con otro tipo de herramientas para crear el ambiente onírico que la historia necesita. Un montón de ángulos de cámara fuera de lo corriente, sombras que cobran vida, contrapicados y fondos que se diluyen en el castillo del conde, imágenes montadas unas sobre otras, una iluminación genial, que alterna la oscuridad del castillo con la luminosidad de Londres, rojos intensos en las escenas vampíricas, habitaciones inundadas de humo, cámaras que avanzan por el escenario a toda velocidad, cambios de escena geniales… Coppola vuelve a las antiguas técnicas consiguiendo dar importancia a la historia y a los personajes.

La creación que Gary Oldman (“El quinto elemento”, “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”) realiza del monstruo es impresionante, dotándolo de una intensidad increíble. Por aquel entonces el actor se encontraba en medio de una espiral de alcohol y drogas de la que años más tarde llegó a afirmar que ni siquiera se acordaba de haber interpretado alguna de las películas en las que participó. Sin embargo, tanto entonces como ahora, se trata de un actor impresionante. Ese estilo de actor que tan solo se da en Inglaterra.

Sin embargo no es el único conocido de la cinta. Anthony Hopkins (“El silencio de los corderos”, “Conoces a Joe Black”) interpreta al eterno enemigo del conde, Van Helsing. Wynona Ryder (“Eduardo Manostijeras”, “Mujercitas”) es Mina, la prometida de otro de los protagonistas, Jonathan Harker, interpretado por Keanu Reeves (“The Matrix”, “Mi idaho privado”). Sadie Frost, la ex de Jude Law, interpreta a la amiga libertina de Mina. Monica Belucci es una de las esclavas de Drácula. Cary Elwes, el pirata Robert de “La princesa prometida” interpreta a un Lord inglés, e incluso sale el genial cantautor Tom Waits interpretando, como no podía ser de otra manera, a un chiflado. Todos están bastante bien en sus papeles, exceptuando quizás a Keanu Reeves, al que se ve algo perdido.

Las escenas se salen de la pantalla con una fuerza enorme. Están inundadas de tristeza, de erotismo, de drama, de terror, de suspense… Cada una es un pequeño homenaje a las películas del género y están realizadas con sumo cuidado y respeto hacia la obra original.

Un amor inmortal retratado de forma genial en una película que humaniza al eterno personaje del conde vampiro, dejando un poso triste y un aroma a película antigua. Una obra de arte.

 

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Sunday, December 17, 2006

MÍA SARAH

 

 

Las veladas que no se planean son las que mejor salen.

Parecía que iba a ser una noche tranquila, delante de la tele, de la play o de un libro. El 50% de los habitantes de la casa tenía una de esas típicas cenas de navidad en las que se come mucho, se bebe más y las conversaciones se debaten entre los cotilleos de oficina/clase y poner de vuelta y media al jefe/profesor de turno.

Al final, la determinación venció a la pereza. Eli y yo nos deshicimos de las zaparrastras de andar por casa, nos pusimos monos y, cual adolescentes malotes, nos fuimos hasta el centro comercial.

Comilona rica y cine, el plan perfecto. Rapidamente elegimos una película española que tenía buena pinta en los trailers que habíamos visto y de la que apenas teníamos referencias, Mía Sarah.

Lo que nos encontramos al llegar nos sorprendió mucho, y de manera muy positiva. Para empezar un puñado de actores en estado de gracia. Fernando Fernán Gómez con un papel entrañable. Manuel Lozano, al que no había vuelto a ver desde “La lengua de las mariposas”, con la voz cambiada pero la misma mirada expresiva y atenta a todo lo que le rodea. Daniel Guzmán, el novio de la pija de “Aquí no hay quien viva”, explotando sus facetas cómica y sensible de manera impecable. Verónica Sánchez, la hermana mayor de “Los Serrano”, más acertada de lo habitual y con una sonrisa y una mirada que logran traspasar la pantalla. Y Diana Palazón, de la serie “Hospital Central”, con un secundario genial, de esos por los que se pelean los actores.

La historia, posada en un ambiente mágico, entre estanterías que huelen a historias a la luz de una vela y las empedradas calles de alguna ciudad gallega, discurre entre un niño que sufre agorafobia mientras transcribe la historia que su abuelo le narra cada noche, una hermana mayor cargada de paciencia y de problemas y un tímido psicólogo con métodos muy particulares y una curiosa relación con su ex-novia. Las relaciones entre ellos dan forma a una historia entrañable, en la que por momentos se mezclan el mundo real con otro más onírico y absurdo.

Pero más importante aún que la historia, es cómo está contada. En alguna entrevista le he oído comentar a Daniel Guzmán que la película tiene un aire a Tim Burton, y quizá sea esta una definición que no le sienta del todo mal. Con una genial banda sonora que en determinados momentos suena a Danny Elfman, envolviendo siempre a la escena, y un humor por momentos surrealista que se engarza perfectamente con la parte dramática de la historia, sí se da un aire a películas como “Big Fish” de Burton, o “Amelie” por ese buen rollo que te dejan al salir del cine.

Quizá hacia el final de la película, la historia se vuelve algo confusa buscando el final adecuado, pero no importa en absoluto. El director y co-guionista Gustavo Ron, ya nos ha metido de lleno en su mundo y estamos dispuestos a perdonarle todo.

Como únicas notas negativas, dos apuntes.

Primero: el cartel de la película. Absolutamente horroroso, no tiene nada que ver con lo que vas a ver. No se quien se dedica a la promoción de las pelis españolas, pero que no haga nada más por nuestro cine, que ya tiene suficientes problemas. He decidido hacer un mini-collage para poner en la página antes de poner la horterada de cartel (lo se, que tampoco es ninguna maravilla).

Segundo: ¿por qué el proyector de un cine nuevecito, con los últimos avances, hace tanto ruido? La verdad es que muy a menudo se tiene muy poco en cuenta la comodidad del público en la sala. Menos mál que entre la música, siempre presente en la película, y la risa de Eli, que no podía parar, no quedaba mucho protagonismo para el chirrido del proyector.

 

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Friday, November 17, 2006

EL ILUSIONISTA

Esta vez casi me siento como un crítico de verdad. Por cortesía de la fnac hemos ido a ver una peli gratis, y en preestreno. Solo nos ha faltado una ronda de canapés a la salida y codearnos con las estrellas… y casi casi. En vez de canapés a la salida había una promoción de unos chicles nuevos, y en vez de algún famoso había un tipo enorme, clavadito al personaje de la tienda de comics de los Simpsons cogiendo paquetes de la promoción a puñados y metiéndoselos en una bolsa, con los ojos saliéndose de las órbitas, totalmente enajenado, como si al día siguiente le fueran a extraer todos los dientes y no pudiera volver a mascar en toda su vida. ¿Que le pasa a la gente con las promociones? En fin, esto es ya territorio de Dasme Noxo y le dejo a Pibi las respuestas.

El caso es que hemos visto el ilusionista. La peli es un cuento de hadas, con su prota bueno y enamorado, la chica, buena y enamorada, el malo malísimo y el narrador de la historia atrapado entre los dos bandos. Es la historia de un mago, recíprocamente enamorado de una baronesa a la que no ve desde que eran niños. Cuando el ilusionista regresa a Viena, su ciudad natal, la chica está prometida al archimalvado príncipe de Austria, que ordena al jefe de la policía que los mantengan bajo vigilancia.

Toda la película está inundada de un halo de magia que consiguió absorberme. El vestuario de la época, las ambientaciones de los exteriores, los decorados del teatro y las habitaciones del mago, siempre rodeado de artilugios y cachibaches de todas las clases están muy logrados. Tanto que no me extrañaría alguna nominación a los Oscars en estos apartados más técnicos. Todo esto ayuda para que en determinados puntos del metraje estuviera totalmente metido en la historia.

Sin embargo debo ponerle algunos peros. La historia comienza por una de las escenas finales y retrocede en el tiempo narrada por el personaje del policía. En esta parte inicial el guión avanza un poco a trompicones, como si todo esto fuera necesario para explicar la parte central, la interesante, y hubiera que saltárselo lo antes posible. En este aspecto se nota un poco que está sacada de un relato corto.

Una vez que la acción se sitúa en el momento de la historia todo discurre de manera mucho más engrasada. Las actuaciones del ilusionista me dejaron con una sensación mágica y este personaje interpretado por Edward Norton cae muy bien. A estas alturas este actor se puede meter a interpretar lo que le de la gana que todo lo hace bien. Cuando hace de malvado como en “Las dos caras de la verdad” o “The italian job” lo odias, cuando hace de atormentado como en “El club de la lucha” o “La última noche” te envuelven sus problemas… un genio camaleónico el chaval.

Y así, cuando crees que la película ha ido mejorando y te va a dejar con un muy buen sabor de boca, llega el final, donde el guionista y director Neil Burger (¿este nombre de comida rápida será artístico o realmente nació con él?) la caga. No en el final en si, que me gustó, sinó en como lo cuenta. De la manera más facilona y cutre posible. Como si el tío estuviera pensando las últimas escenas en su casa y entrara el productor y le gritara: “venga MacBurger, vamos a empezar a rodar ahora mismo y vamos a empezar por la última escena, que ya está todo preparado”.

A pesar de esto la peli me gustó mucho, y los actores están geniales, tanto el colega Norton, como Paul Giamatti en el papel del poli atribulado (que ultimamente es en el que se está encasillando, pero lo hace de maravilla), Rufus Sewell en el principe maloso (con esa cara asimétrica que se gasta también es un papel que le va como anillo al dedo) y Jessica Biel en el de la baronesa (contestando a Xurxo, está bien la niña, pero tampoco es para tanto… algo dentona, ¿no?).

Pues nada, a partir de hoy se estrena para el resto de los mortales, jeje.

Posted by Heitor at 17:13:16 | Permalink | Comments (2)