Wednesday, August 26, 2009

MOONWALKER

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No sé si os habéis enterado, pues la noticia ha pasado de puntillas por los medios nacionales e internacionales. Una necrológica a pie de página, alguna biografía en revistas especializadas y poco más. El caso es que, para un investigador del mundo de la música y el celuloide como yo, no ha pasado inadvertida la noticia de que Michael Jackson, “Jacko”, el rey del pop, ha fallecido. Siento el palo si, como sería lo lógico, no lo sabíais.

En Nunca Jamás no se suelen hacer homenajes a personajes que han dado el salto al otro lado de la laguna Estigia. Me gusta más la idea de, si el tiempo lo permite, admirar el trabajo del sujeto, viendo alguna película para luego daros la tabarra con ella. En el caso de MJ, las opciones no eran muchas. O bien buscaba el curioso remake “afro” de “El mago de Oz” que bailó junto con su amiga Diana Ross o nos sumergíamos en su colorido e infantil universo metiéndonos ese tripi videoclipero llamado “Moonwalker”. Como la segunda la tenía en la lista de pendientes, me decanté por esta opción.

Debo decir, a priori, que la figura de MJ me resulta simpática. Entre simpatía y pena, se decantarían mis sentimientos hacia él. Siempre me ha parecido un tipo superado por todo lo que le rodeaba, sin demasiado margen de maniobra, maniatado y zarandeado como una marioneta por supuestos amigos que sólo querían una porción de su enorme masa de dinero o fama. Su música me gusta, sus coreografías imposibles me parecen sublimes y en las entrevistas que he podido leer de él, me parece un niño perdido, pero no de los de Nunca Jamás, sino de los que no encuentran su camino en medio de la noche más oscura y cerrada.

En 1988, Jackson se encontraba en la cumbre de su carrera. Había publicado sus tres primeras joyas en solitario, “Off the wall”, “Thriller” y “Bad”, su rostro, aunque ya modificado por causa de la cirugía, aún se veía joven y humano y el vídeo de la canción que daba título al segundo disco, dirigido por John Landis, había deslumbrado a medio mundo. Era el primer cantante afroamericano que había aparecido en la MTV y en 1984 había mostrado al mundo una de sus grandes señas de identidad, el paso Moonwalk, en una actuación homenaje del 25 aniversario del sello Motown. Parecía que nada podía detenerle y que su leyenda iba a ser la más grande del panorama musical mundial.

La publicación del álbum “Bad”, vino acompañada de una gran campaña publicitaria y, en medio de toda ella, se encontraba “Moonwalker”, una extraña película sin línea narrativa, tan sólo hecha de videoclips, recuerdos de su evolución musical desde que empezara en los Jackson five, y una curiosa historia, salida de la imaginación del cantante, en la que tenía que salvar a unos niños de las garras del malvado “Mr. Big”, un maloso (interpretado por Joe Pesci) que quería dominar el mundo atiborrando a todos los chavales con drogas (esto prueba que la visión de MJ era bastante simple e inocente).

En realidad, el valor de “Moonwalker” como película es escaso. Ha de verse como una rareza ochentera en la que asistimos a un bizarro collage de ideas, lanzadas a la pantalla sin mucho sentido. Pasamos de divertirnos con una especie de parodia del vídeo “Bad” donde los actores son niños, a reirnos con la absurda escapada de MJ de un puñado de fans transformándose en conejo de plastilina, a admirar su capacidad para expresar sus sentimientos en canciones en el clip de “Leave me alone”, donde se queja del continuo asedio al que le tienen sometidos los medios, a mover los pies con el estupendo vídeo de “Smooth criminal” y flipar con la escena en la que los bailarines se inclinan pareciendo ignorar la ley de la gravedad (que luego reprodujo en concierto, sorprendiendo a todo el mundo, gracias a unos zapatos de su invención) e incluso a sentir una pizca de vergüenza al ver cómo el rey del pop se transforma en coche, macro-robot  plagado de armas o nave espacial para conseguir salvar a tres chavales de un malvado ejército.

Es probable que ni siquiera se pueda calificar a “Moonwalker” de película, sino de vehículo propagandístico y juguete de un eterno niño que perdió su infancia en algún lado, entre pasos de baile y castigos paternos e intentó recuperarla haciendo lo que mejor sabía, dejarse la piel encima de un escenario, cuando no malgastaba su fama y su dinero en excentricidades absurdas, que pusieron, demasiadas veces, a demasiada gente en su contra.

No, Michael, aún no hemos encontrado tu infancia. Espero que, al final, la hayas recuperado.

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Tuesday, August 18, 2009

LOS MUNDOS DE CORALINE

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Pues ya hemos agotado la primera parte de las vacaciones. Qué razón tenía Einstein cuando hablaba de la relatividad temporal. Hay que ver lo lentas que pasan algunas horas y lo rápido que pasan otras. En fin, vayamos al tajo con una de las películas que pasaron por nuestra cartelera hace poco.

Henry Selick es uno de los casos de abducción de portada más claros de la historia del cine. Un tipo bajo cuya batuta se orquestó una de las más bellas, imaginativas y poderosas películas de animación del mundo del celuloide y a pesar de ello un enorme desconocido entre el público medio, fagocitado su nombre por un pequeño genio con pelos de loco y gafas imposibles.

La película en cuestión es “Pesadilla antes de navidad”, la joya de animación stop-motion (que no es más que la creación de animación con figuras reales que se va realizando foto a foto, con más paciencia que un santo) cuya imaginería salió de la mente de Tim Burton. La historia, el humor y los personajes tienen su estilo hasta tal punto de que se acabó vendiendo como “Pesadilla antes de navidad de Tim Burton”. Sólo los que estuvieron en el larguísimo rodaje sabrán qué parte de la genialidad se debe al oscuro Burton y qué porcentaje de magia proviene de la dirección de Selick (algo así como las dudas razonables que existen en la dirección de “El tercer hombre”, película dirigida por Carol Reed, pero con un aire “Orsonwellesco” muy evidente).

Después de la joya pesadillesca (en todos los sentidos), Selick se zambulló en un cuento del prolífico Roald Dahl y filmó “James y el melocotón gigante”, una película entrañable y entretenida pero desprovista de la genialidad de la anterior. Las dudas sobre su capacidad para extraer magia de su chistera de director se instalaron definitivamente en la mente de la cinefilia mundial cuando salió a la palestra su siguiente trabajo, “Monkeybone”, un insulso y fallido híbrido de animación y personajes reales protagonizado por Brendan Fraser.

Ocho años después de aquel último intento por conquistar a la audiencia, Selick vuelve a la senda abierta por Jack Skellington, el rey de las calabazas, con una historia oscura e hipnótica, quizá demasiado siniestra para gran parte de los niños que se atrevan a acercarse a los mundos de la resuelta y atrevida Coraline. Vuelve a esa dualidad luz-oscuridad que puebla los mundos “Burtonianos”, aunque Selick se posiciona en un extremo diametralmente opuesto. Cuando para Tim Burton la vida real es gris, aburrida y cruel y el tenebroso mundo de lo fantástico es divertido y magnético, para Selick las tornas cambian totalmente. A pesar de que el otro lado del espejo pueda parecer repleto de luminosidad y diversión, está construido con engaños y maldad y es en la cotidianeidad de una casa vieja y unos padres insulsos donde de verdad se encuentra el amor y la chispa de la vida (pequeño anzuelo para el patrocinio del blog a cargo de alguna famosa bebida de extractos).

De nuevo, me lío. Más de medio post y aún no he dicho de que va la peli. Solucionémoslo: Coraline es una niña que se acaba de mudar al auténtico centro de ninguna parte, a una casa vieja, grande y descuidada, rodeada por vecinos de lo más estrafalario, un chaval bastante raruno y unos padres demasiado ocupados delante de la pantalla del ordenador como para prestar atención a su revoltosa hija.

Pero una pequeña puerta disimulada en la pared la lleva por las noches a una dimensión paralela, en donde sus otros padres son atentos y divertidos, donde su amigo raruno es mucho menos pesado y más alegre y donde sus vecinos la colman de atenciones. Sin embargo, algo parece no cuadrar. No hay más que mirar a los ojos de sus nuevos amigos para darse cuenta que su mirada tiene algo de terrorífico.

Continuando la moda imperante, la película viene con el atractivo de poder disfrutarla en 3D y se nota que su planificación está orientada a hacerla muy vistosa en este sentido. Con el ajetreo de las últimas semanas, cuando llegó el momento de acudir al cine, ya no encontré ninguno en el que me dieran las gafas mágicas y me perdí el festival visual que esto podía suponer. Aún así, Selick se apunta un gran tanto en su empeño por recuperar el prestigio que le ha sido esquivo, con una historia que podría recordar al causante de sus males. Esperemos que, esta vez, la gente empiece a recordar su nombre.

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Thursday, March 26, 2009

CREPÚSCULO

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La actual normativa para la regulación de películas es incompleta. Me refiero a la etiqueta que se adjunta en los films que restringen su visionado en función del contenido, ya sabéis: “Para todos los pardillos” (TP), “No recomendada a supersticiosos” (NR -13), “Para aficionados a la genética” (XX, XY), etc. Esta información es insuficiente y no evita catástrofes muy frecuentes.

Imaginemos, por ejemplo, que un adolescente macarra se decide por ver una del Chuache y entra en el cine para ver “Junior”. El muchacho se dirá: “Junior, seguro que va del hijo de un marine muerto en combate que se quiere vengar de un batallón insurgente de los montes Urales. A por los tiros”. Al salir de la película, lo más probable es que tenga que ser lobotomizado. O a un aficionado al cine de Tim Burton se le ocurre bajarse su primera película, “La gran aventura de Pee-Wee”, para completar la filmografía del genio pensando: “los comienzos de Burton, oscuridad, ilusión, su mundo en sus primeros pasos. No puedo perder nada, no será peor que El planeta de los simios”. Ahí tenemos trauma seguro.

Deberíamos incluir nuevas restricciones. En el primer caso, la leyenda que acompañaría la película debería ser algo así como: “no recomendada para adolescentes con exceso de testosterona, intolerancia a la pastelada y problemas para reubicar a sus ídolos”, o en el segundo, algo así como: “no recomendada para personas con coeficiente intelectual en la media o superior e instintos asesinos hacia los personajes cargantes”.

En la película que hoy comento, cualquier despistado podría pensar: “una de vampiros, me he visto True blood de cabo a rabo, he flipado con los libros de Anne Rice y me he leído Drácula 24 veces. Vamos p’allá”. Si hubiésemos incluido una advertencia del tipo: “recomendada únicamente para adolescentes femeninas, con ídolo de masas en el frontal de su carpeta, tendencia a hablar de chicos más del 80% del tiempo (40% del mismo por teléfono), hormonas disparadas y absoluto dominio del lenguaje sms”, no tendríamos que recoger los restos del pobre incauto tras sufrir una embolia en la sala de cine.

Y es que puede que el argumento verse sobre los vampiros, pero la verdadera pasta de la que esta hecha la película basada en el libro de Stephanie Meyers es una historia de amor entre dos adolescentes de diferente procedencia, en el típico ambiente de instituto, con los típicos problemas de familias disfuncionales. Todo esto contado en un ritmo cansino y lento, sin apenas ideas que hagan avanzar la trama, diálogos directamente sacados de la Superpop y con unos efectos especiales capaces de sonrojar a Ed Wood (merece la pena verla tan sólo por el momento en el que el vampiro se pone al sol para que ella vea el monstruo que es en realidad, uno de los mejores números cómicos que he visto en mucho tiempo).

Si lo que esperamos es alguna pelea de los tipos de los colmillos, todos con una fuerza sobrehumana, tendremos que esperar hasta el final de la película (tras tragarnos el partido de béisbol más surrealista y cansino de la historia) para asistir a 5 minutos de golpes, saltos y sangre, que se soluciona demasiado rápido y sin crear el más mínimo suspense.

En cuanto a las actuaciones, no sabría si echar la culpa a los jóvenes actores o al texto al que tratan de dar vida. Me da la impresión de que, aunque hubiésemos puesto a Kate Winslet y Edward Norton en los papeles principales, el producto resultante hubiese sido igual de sonrojante, pero también es cierto que las actuaciones planas de Kristen Stewart (aquella niña con la que sufríamos en “La habitación del pánico”) y Robert Pattinson (alguien debería decirle que abrir mucho los ojos, no parpadear y entreabrir la boca no es sinónimo de ser un vampiro) no ayudan en absoluto.

Así que ya sabéis, hay que instar a nuestros gobiernos a que se preocupen menos de las descargas P2P y aboguen más por la salud de sus ciudadanos a través de simples advertencias que podrían ahorrar grandes colas en nuestros ambulatorios.

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Wednesday, March 25, 2009

STRINGS

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A veces llego a pensar que ya está todo visto en el cine. A pesar de las posibles evoluciones técnicas que nos puedan ofrecer nuevas formas de rodar – ah, mi amada Pixar – o de las temáticas novedosas o de supuestas nuevas y revolucionarias ideas, en realidad pienso que al final todo consiste en marear la perdiz, con mayor o menor acierto. Pero de cuando en vez, cuando menos me lo espero, descubro alguna pequeña joya que me coge desprevenido, que me hace abrir los ojos como ensaladeras y pensar que aún existen mentes pensantes – en serio, hay pocas, pero haberlas hailas – cuya imaginación y riqueza supera con creces la media.

Por recomendación de Carlos – capaz de asombrarme y aburrirme con su ecléctico gusto, a partes iguales – he descubierto una de esas pequeñas gemas, desconocidas para el gran público, inéditas en nuestro país, enterradas, escondidas, ocultas entre la mediocridad que las rodea. Uno de esos tesoros a los que llegas tras conseguir el antiguo mapa con la X en su centro de las manos de un viejo mercader loco – Carlos en este caso, aunque no sea exactamente su descripción – o tropezando con él por pura casualidad, al hallarse semienterrado en la arena.

La ruta del tesoro me llevó esta vez hasta “Strings”, un gran cuento de príncipes, princesas y guerras entre razas, con algunos elementos arquetípicos propios del género y muchos otros tan imaginativos y plagados de encanto que, con el tiempo, el boca a boca y una pizca de suerte, la deberían elevar a la categoría de “cinta de culto” – expresión muy utilizada en esto del cine y que aún no sé muy bien qué es lo que significa.

La característica fundamental de la que se parte para hacer de esta película algo muy especial es que sus protagonistas no son actores, ni dibujos animados, sino marionetas. Elaboradas marionetas de madera, de las que se elevan innumerables hilos que les insuflan vida. Lejos de pretender colocar este punto en un segundo plano, el director e ideólogo de la historia, Anders Rønnow Klarlund – danés de nombre casi impronunciable – utiliza la idea para elaborar un universo con leyes propias de forma tan acertada, que logró cautivarme desde el primer minuto.

El material del que están hechas las marionetas distingue a los personajes y por su calidad, color o elaboración, los posiciona en estamentos sociales o los dota de ciertas características. Las cuerdas, totalmente a la vista, son parte de ellos, de forma que si alguna se rompe o cercena, pierden la movilidad de sus miembros o incluso la vida. La existencia de dichas cuerdas le sirve al director para exponer bellas metáforas acerca de la concepción de la vida – imborrable y bellísima la escena del nacimiento de un nuevo ser –, su fragilidad, la interconexión entre los habitantes que pueblan un mismo mundo o incluso la dualidad entre la existencia de un ser superior y el libre albedrío – impagable también la escena que cierra la película.

Pero no penséis que esto es un tratado filosófico, sino que estas ideas se exponen de forma fluida a lo largo de una trama digna de una novela de Shakespeare. Reyes arrepentidos en busca de redención, príncipes destronados, amores imposibles y traiciones van dando forma a la fábula.

Para redondear la cinta, la calidad visual de la misma es abrumadora. Las caras de madera que tan sólo consiguen su expresión a través del trabajo de las voces, bajo la lluvia, nos transmiten sentimientos mucho más profundos que muchos actores. Los cuerpos que se mueven como bailarines por medio de sus cuerdas vitales, se sitúan en entornos de fantasía. Cada uno de los personajes, cada uno de los decorados o las simples imágenes de los cables, que se pierden en el infinito, por encima de las nubes, son un regalo para los ojos.

Toda una mitología perfectamente hilvanada para regalarnos una de las películas más sorprendentes que he visto en mucho tiempo. Buscad en las alforjas de vuestras mulas hasta encontrar esta dimensión paralela, no os arrepentiréis de visitarla.

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Wednesday, March 4, 2009

LADY HALCÓN

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Ni me acuerdo ya de cuanto tiempo hacía que no incorporaba una nueva entrada a alguna de mis secciones fijas. Incluso hay alguna que creé en su momento con la intención de engordarla periódicamente y se quedó en una triste y solitaria aportación. Pero no desesperéis, el proyecto infinito parece estar tocando a su fin y a partir de ahí, pueden pasar dos cosas: o bien el blog experimentará un incremento exponencial en variedad, cantidad y calidad o Nunca Jamás seguirá teniendo el ritmo normal de posteo, o sea, el de un tipo vaguete al que le gusta darle a la tecla de vez en cuando. Si hacéis una porra, incluidme en el segundo grupo.

Así que aquí llega una nueva entrega de la sección más esperada por todos los niños, “las películas de mi infancia”. Un apartado que huele a peta-zetas, a frigolosina de cola de 25 (“flash” para casi todo el resto del planeta), a estanterías de videoclub de barrio cubiertas de polvo, a macarrones con salsa de tomate de mamá y a mercromina para rodillas despellejadas.

Como una gran parte de las películas de los 80 que colorearon mi niñez, está llena de aventuras, magia, caballeros con un sentido del honor inquebrantable, damas elegantes y repletas de bondad, protagonistas juveniles que se enfrentan a una misión que a priori les supera pero que se crecen ante las adversidades, malos malísimos y un gran final feliz. Lástima que ya no existan películas para chavales de 10 años con ganas de vivir aventuras, en las que se enfrenten a grandes duelos de espadas para rescatar damiselas en apuros, o combatan a un ejército alienígena, o se hagan amigos de un robot, o encuentren tesoros perdidos o se infiltren en un ordenador secreto del gobierno.

“Lady Halcón” no es más que eso, un cuento de caballeros y princesas realizado con cariño, la voz de un abuelo leyendo una gran aventura sentado al lado de la cama del nieto, que escucha con los ojos bien abiertos, una puerta a la imaginación hacia un mundo fantástico en el que no existen las “pleiesteixons”, ni los sms, ni los “mesenyers”.

Phillipe Gaston, más conocido como “ratón”, es un ratero de buen corazón condenado a muerte en las mazmorras de Aquila, reino en el que gobierna con puño de hierro y corazón putrefacto el malvado obispo. Gracias a su agilidad y su capacidad para pasar a través de los más estrechos pasadizos, “ratón” escapa de una prisión que se suponía inexpugnable y se encuentra con Navarre, antiguo capitán de la guardia de Aquila, que le salva la vida y le ordena una misión: acompañarle, a él y a su fiel halcón, hasta el interior de la ciudad para saldar cuentas con el obispo.

Pronto, “ratón” descubrirá la relación que une a Navarre, con el obispo y con el extraño halcón. Una maldición, un amor inmortal, un hombre corroído por los celos, un extraño monje al que la culpa lo ha zambullido en el alcohol, una enigmática y bellísima mujer que aparece sólo por las noches y la profecía de un día sin noche y una noche sin día.

La tríada de protagonistas es todo un lujo. En el papel de “ratón”, un actor que gracias a esta película y a “Juegos de guerra” – film que caerá en la sección tarde o temprano y de la que hay rumores que están pensando hacer un remake – se convirtió en uno de mis héroes cinematográficos. Dando vida a Etienne Navarre, la enorme presencia y la voz grave de Rutger Hauer, el replicante poeta de “Blade runner” y prestando su rostro al personaje femenino, una de las actrices más bellas de Hollywood, la, por aquel entonces jovencísima, Michelle Pfeiffer.

Rebuscando en IMDB, he visto que el guionista, Edward Khmara, ha sido el responsable de otras dos películas que me encantan, “Enemigo mío”, que también subirá algún día a esta sección de clásicos de mi niñez y “Dragon: la vida de Bruce Lee”, un biopic muy bien realizado sobre el actor maestro de las artes marciales. Por otra parte, el director es el responsable de haberme pasado innumerables tardes frente a la pantalla asistiendo a toda una avalancha de imágenes que poblaron mi cabeza de grandiosas historias y personajes que me acompañarán el resto de la vida. Richar Donner es el responsable de films como “Superman”, “La profecía”, “Los Goonies” o “Arma letal”, un director con más baches que aciertos, pero al que hay que conceder el título de maestro sólo por haber parido este ramillete de películas.

Quizá, vista hoy en día, la película goza de una ingenuidad que ya no se estila demasiado en las salas de cine y hay que acercarse a ella con esa misma actitud ingenua e infantil, la misma que tendríamos tapados hasta las orejas en una noche nevada mientras escuchamos la voz del abuelo. Una historia sencilla, con personajes sin demasiadas aristas pero con gran capacidad de empatía. Además, el estilo de la banda sonora, una mezcla de sintetizadores – empezaban a salir por aquella época – mezclados con orquesta sinfónica, le da un aire kitsch que despierta una enorme nostalgia a todos los que vivimos aquel 1985 desde los ojos de un niño.

Sé que puedo no ser demasiado objetivo, pero me entenderán los que hayan cabalgado a lomos de un corcel negro, agarrando la enorme espada de la familia en la mano derecha mientras un majestuoso halcón de ojos verdes y penetrantes se alza en el hombro izquierdo.

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Monday, November 24, 2008

THE FALL, EL SUEÑO DE ALEXANDRIA

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Tenía grandes esperanzas depositadas en esta película, que ha tardado casi dos años a nuestras pantallas, después de que se erigiese triunfadora del festival de Sitges en el 2007. Su director de origen indio, el imaginativo Tarsem Singh, ya me había sorprendido con el mundo onírico que diseñó en “La celda”, lo que dejaba claro que la forma de la película iba a ser un gusto para los sentidos. La única duda era si encontraría una historia que se adaptase a su imaginería personal, que pudiese dar rienda suelta a su ornamentada visión estética sin que ésta se volviese el fin, sino que supusiese un certero medio de comunicación que enriqueciese en vez de ocultar carencias.

El resultado se me queda un poco a medias. Estéticamente está muy por encima de la media y aún así no llegó a sorprenderme salvajemente. Está bien, quizá parte de la culpa ha sido mía por establecer un listón demasiado alto. De todas formas, nada que reprochar a una fotografía magnífica, un impresionante vestuario sacado de la mente de un niño y personajes que podría haber firmado el mismísimo Michael Ende. Todo esto, en la parte de la historia referente al cuento… aunque, me estoy adelantando, quizá debería decir un poco de que va el asunto.

En los años 20, época en la que el cine aún gateaba aprendiendo a cada paso de la mano de maestros como Chaplin o Buster Keaton, un especialista es internado en un hospital después de una acción suicida, totalmente deprimido después de ver cómo el amor de su vida le abandona por el galante y chulesco protagonista de la película en la que participaba. Allí conocerá a Alexandria, una niña preguntona, curiosa y muy espabilada a la que le contará un cuento épico, reflejo de su oscuro estado de ánimo. El cuento evolucionará a través de los sentimientos del especialista, que aprenderá bastante a través de la inocente visión de la pequeña.

Como decía, la puesta en imágenes del cuento es un despliegue de color y buen gusto, pero, ¿está la historia a la altura de su envoltorio? Pues a mi modo de ver se encuentra algunos enteros por debajo. La trama avanza de forma lenta, deleitándose en imágenes de postal, alargando el metraje hasta el límite permisible. De hecho, me vi mucho más involucrado en el drama del especialista y las inquietudes de Alexandria que la fábula salida de la imaginación del protagonista, aunque ambas historias vayan entrecruzadas. De la misma forma que me pasó en “El laberinto del fauno”, me atrapa más el mundo real que el imaginario, incluso cuando en este caso la historia sea mucho menos trascendental que en la película de Guillermo del Toro.

Una gran baza para que los momentos en el hospital me atrapasen es la magnética personalidad de Alexandria, la niña protagonista, a la que dan ganas de apretar las mejillas como las abuelas y achucharla todo el rato. Una prodigiosa variedad de mohines y expresiones que acaban enamorando. Una demostración de que la sencillez es la clave para un gran trabajo actoral,  trabajo que se ve perfectamente acompañado por la sensibilidad de Lee Pace, protagonista de la película y de la última serie que he descubierto, la colorida y azucarada “Pushing Daisies” (traducida como “Criando malvas” en nuestro país), que por cierto, me encanta.

Por todo esto, “The fall” posee un gran número de cualidades que hacen de ella una muy buena elección en la cartelera tan floja que estamos teniendo este mes, pero me sorprende que se haya llevado el galardón a la mejor película de un festival tan variado como el de Sitges. Aún así, tengo la impresión de que ganará puntos si alguna vez le concedo un segundo visionado, cuando mis expectativas se adapten a su nivel real y pueda contemplar la historia de manera un poco más objetiva. El tiempo lo dirá.

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Thursday, July 17, 2008

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL PRÍNCIPE CASPIAN

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Tras abrir una nueva saga de la literatura infantil hace tres años con “El león, la bruja y el armario”, Andrew Adamson, director de las hilarantes “Shrek” y “Shrek 2”, continúa el viaje a través de Narnia con otro de los libros de la saga: “El príncipe Caspian”.

¿Qué puedo escribir sobre un producto que no ofrece más novedad que el de ver a aquella reportera de “Periodistas” con mucho carácter en un escueto papel de reina consorte? Todo es previsible, rutinario y suena a mil veces visto. La factura es impecable, los actores jóvenes planean entre la corrección y la sosez, los efectos especiales son impolutos pero sin grandes alardes y la historia se centra en los típicos valores de superación, amistad, honor y buenos sentimientos que campan en este tipo de producciones.

La historia trata de ser algo más oscura que su predecesora, poniendo menos énfasis en los personajes simpáticos y entrañables y desplazando el punto del observador, desde los ojos de la hermana pequeña, como sucedía en “El león…” hacia una visión en tercera persona de los acontecimientos.

Los cuatro hermanos protagonistas de la primera parte, están de nuevo en Londres, han vuelto a ser niños y no pueden evitar soñar con volver al universo fantástico de Narnia, donde eran poderosos, respetados, admirados y no  como en Londres, donde no son más que simples niños en un mundo de adultos infestado por la guerra. La llamada de un cuerno de caza hace que esto sea posible y volverán al reino mágico para tratar de ayudar a los Narnianos en su lucha contra los hombres, que quieren acabar con ellos para siempre y destruir todo lo que de magia quede en el reino.

Para ello tendrán que luchar codo a codo con centauros, enanos, minotauros, águilas gigantes y ratones espadachines para salvar al reino de la crueldad del rey Miraz y, ya de paso, desarrollar un camino hacia la madurez.

El problema es que dos horas y media de película se hacen bastante interminables. Salvando la primera parte, en la que los chavales llegan a Narnia para descubrir que el tiempo ha pasado inexorable y que nada es ya como ellos recordaban, la película se sume a continuación en una batalla eterna que recuerda en uno de cada cuatro fotogramas a “El señor de los anillos”.

Así, la película se va desinflando poco a poco durante el metraje hasta llegar a un final herido ya de muerte. La aparición del todopoderoso león Aslan en los últimos momentos, para solucionarlo todo, no tiene ninguna explicación. Un ser caprichoso, con razones insondables y no del todo justo, pone la balanza del lado de los buenos dejando al espectador mirando con cara embobada y sin acabar de entender la moraleja con sabor conservador.

No he leído el libro en este caso y no sé si han sido fieles a la idea del autor, pero si es así, se me han quitado muchas de las ganas que tenía de acabar la heptalogía literaria. Aslam me ha caído gordo, mira tú por donde.

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Wednesday, May 21, 2008

LA ANTENA

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De vez en cuando está bien salirse de la norma. Es genial ver a superhéroes con trajes brillantes repartiendo estopa, ratones parlantes cocinando exquisiteces a los humanos, comedias románticas donde sabemos de antemano que el amor triunfará a pesar de todos los giros del guión o fantasmas de niños en casas abandonadas que asustan a reinas del grito con más masa corporal en los pechos que en el cerebro. El cine palomitero, de consumo fácil o de géneros que pisan sobre terreno conocido me encanta y no necesito ponerme las gafas de pasta y el flequillo de quien escucha a los Franz Ferdinand para salir convencido de una sala de cine. Pero, como decía al principio, de vez en cuando está bien salirse de la norma.

Más difícil es que quien saque los pies del tiesto sea el exhibidor de turno, o el productor con ganas de comprarse un nuevo traje de Adolfo Domínguez. Estoy seguro de que existen muchos directores con ganas de innovar, con ideas originales en la cabeza y con ganas de demostrar que son capaces de elevar el lenguaje cinematográfico un escalón por encima de la media, pero no todos tendrán tanta suerte como el argentino Esteban Sapir.

Sapir, con su alma de creador por bandera (porque no creo que pretenda hacerse rico con esta película, más bien se exponía a todo lo contrario) escribe y dirige una fábula sobre la incomunicación, una crítica hacia la televisión y los medios de comunicación y una reivindicación de la palabra, paradójicamente con una película casi muda, rodada en blanco y negro y con sentidos homenajes a joyas como “Viaje a la luna”, “Metrópolis” o “El hombre elefante”.

Como el alumno friki y empollón de la clase, Esteban Sapir se luce en una realización avejentada, retro y muy imaginativa. Como si aunara el genio caótico de Terry Gilliam, con la crítica afilada de George Orwell y los medios técnicos de la época de Charles Chaplin, realiza un ejercicio cinematográfico en el que a veces la forma se merienda sin compasión al fondo, pero que consigue no decaer en ningún momento.

Todo comienza como un cuento para niños. En una ciudad remota, los habitantes han sido privados de sus voces, aunque aún consiguen comunicarse por medio de las palabras. Un tipo sin escrúpulos quiere dominar la ciudad arrebatando esta última forma de comunicación a su población y para ello secuestra a la única persona que posee voz, una misteriosa mujer sin rostro, para que sea la pieza clave de una máquina diabólica. La única esperanza de rebelión, se centra en encontrar una antigua antena olvidada y llevar hasta allí al hijo de la mujer sin rostro, un niño sin ojos que ha heredado la capacidad de construir fonemas.

Con esta surrealista historia no podíamos esperar una puesta en escena menos dantesca. Una ciudad artificial y estancada en un eterno invierno, un perseguidor deformado y escondido tras una máscara, hombres anuncio con forma de globo que se pierden en la ventisca, un ser atrapado en una bola de cristal que intenta dominar a los hombres… una amalgama de ideas e imágenes cinéfilas con sabor a vino gran reserva que conforman una fábula atípica en nuestras pantallas.

Quien vaya a verla, puede salir más o menos cautivado por esta rareza del cine actual, pero al menos, habrá visto algo distinto. Como me han dicho siempre desde pequeño: pruébalo y si te gusta, está bueno.

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Sunday, March 23, 2008

LAS CRÓNICAS DE SPIDERWICK

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Ha habido un fallo en Matrix. Vamos, que esto tiene que ser un “déjà vu” enorme, porque si no, no me puedo explicar como me encuentro otra vez hablando de una saga de libros infantiles vendidos como rosquillas en usamérica, de una aventura fantástica en mundos imaginarios, de protagonistas infantiles, de magia, de hadas, de ogros malvados, de secretos familiares… Alguien en alguna oficina de Jólibu ha entrado en un bucle infinito del que no es capaz de salir.

Esta vez, la pentalogía literaria resumida en la película corre a cargo de los novelistas Tomi Diterzzili y Holly Black y el tono de la historia es más liviano que el de sus primos hermanos “Las crónicas de Narnia “, “Harry Potter” o “La brújula dorada”, para aquellos niños por debajo de los 9 años que no se atreven con la densidad argumental de éstas. Aunque trasladado a la pantalla, esto no se nota demasiado, dando como resultado una historia fantástica que nos suena a mil veces vista.

En este caso se relatan las aventuras de dos gemelos con personalidades muy diferentes – ambos interpretados por Freddie Highmore, el chaval de “Descubriendo Nunca Jamás” o “Charlie y la fábrica de chocolate” – a partir del momento en el que descubren, en su nueva casa, el cuaderno de campo de su tío bisabuelo Arthur Spiderwick, en el que recoge todas las criaturas fantásticas que viven en nuestro mundo, invisibles a nuestros ojos.

Ambos hermanos, Jared y Simon, deberán proteger el cuaderno de campo del malvado ogro Mulgarath, que lo necesita para poder acabar con todas las criaturas – algo a mi parecer un tanto absurdo y que no explican en ningún momento – ayudados por su hermana Mallory y, todo esto, mientras intentan adaptarse a la separación de sus padres.

Mark Waters, que también dirigió “Chicas malas” o aquella comedia romántica blandita titulada “Ojalá fuera cierto”, no nos ofrece ninguna sorpresa. Resumiendo cinco libros en una sola película, elimina cualquier punto que pudiera ser novedoso y la historia se limita a una sucesión de tópicos rodeados de cuidados efectos especiales y buenos actores que hacen lo que pueden en medio de un guión tirando a soso.

Además de Highmore, nos encontramos a Nick Nolte en un papel diminuto – de alguna forma hay que ganarse el sustento – como el malo malísimo de la historia, a David Strathairn – el presentador en la usamérica McCarthyana que finalizaba sus informativos deseándonos buenas noches y buena suerte – con otro secundario casi anecdótico o las voces de los cómicos Martin Short – el pardillo que recibía la cápsula exploradora en “El chip prodigioso” – o Seth Rogen, famoso últimamente por co-escribir la comedia “Supersalidos” o por protagonizar “Lío embarazoso”.

En definitiva, “Las crónicas de Spiderwick” es otra aventura más para chavales con facilidad para conformarse y para padres con vocación sufridora, sin grandes bondades pero también sin grandes pegas. Una más en un aluvión de historias para chavales que prefieren las imágenes a las letras. Esperemos que por lo menos sirva para aficionar a la lectura a unos cuantos y que comprueben que la imaginación puede llevarte mucho más lejos de lo que lo hace un entretenimiento visual de menos de dos horas.

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Monday, January 7, 2008

ENCANTADA, LA HISTORIA DE GISELLE

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Como comentaba en el post anterior, sea por lo navideño y colorido de las fechas, sea por un acceso agudo de ñoñería, el caso es que el fin de semana se presentó con un exceso de glucosa importante. El espíritu de Disney nos había contagiado como si estuviésemos en el campamento al que mandan a Miércoles Adams y era imposible escapar a su influjo. Así que, después de la sesión de dibus clásica, nos fuimos al cine a ver un cuento de hadas como mandan los cánones. O casi.

“Encantada, la historia de Giselle” es una parodia de las películas clásicas de las princesas Disney. En ella se encuentra la historia de Giselle, una princesita de dibujo animado, cursi y loca por besar al príncipe de sus sueños, de las que cuando cantan se le posan ardillas y gorriones en los hombros (debería aprender de Fiona) y con una habilidad fuera de lo común para tejer vestidos horteras.

Por supuesto, su príncipe azul vive muy cerca de ella, en el mágico reino de Andalasia, pero justo cuando se conocen y están a punto de firmar el “muy felices para siempre”, surge la malvada madrastra del príncipe para truncar todos los planes. Engañando a la inocente Giselle, la manda a un lugar donde no existen los finales felices, o lo que es lo mismo, Nueva York.

Así, la princesita de dibujo animado se transforma en una inocente extranjera de carne y hueso en un mundo que no entiende, rodeada de gente que piensa que está como una regadera, buscando un modo de volver a su mundo de rotuladores Carioca. Menos mal que para ayudarla encontrará a un descreído abogado y su resuelta hija, que poco a poco se irán encariñando con la chiquilla, aunque ella se empeñe en destrozarle la decoración de la casa para prepararse nuevos vestidos.

La película gana muchos puntos en aquellas partes en las que la parodia gamberra se adueña del guión, mostrando lo diferentes que pueden ser las cosas cuando nos trasladamos del mundo de la animación a la Usamérica actual. En esos momentos, destacan de forma aplastante los dos actores que encarnan a los personajes de cuento, la bellísima Amy Adams, que pudimos admirar en un papel de carácter igual de optimista pero con trasfondo mucho más dramático en “Junebug”, el cual le supuso una nominación al Oscar, y James “Cíclope” Marsden, que parece que se está especializando en papeles extravagantes y cargados de humor tras la musical “Hairspray”. Ambos nos traen los mejores momentos de la película, al verse enfrentados al mundo real con sus personalidades de cuento sin que llegue a resultar ridículo.

Pero no todo iba a ser autoparodia. Disney sigue siendo Disney y la película cae en demasiados momentos en la cursilería propia de la casa. El número musical, que en los primeros compases sirve como potente gag, acaba transformándose a medida que avanza la película en el clásico número musical. Es difícil luchar contra la genética empresarial. En numerosos momentos me llegué a preguntar que hubiese sido del guión si llega a caer en las manos de la todopoderosa Pixar. Seguramente, estaríamos hablando de una película completamente distinta.

En cuanto al papel de Susan Sarandon como encarnación de la madrastra malvada, tan solo cuenta con algunos minutos en pantalla, insuficientes para el lucimiento de la actriz, que seguramente se hubiese salido con un personaje con algo más de presencia. Patrick Dempsey, el rompecorazones de “Anatomía de Gray”, se limita a cumplir en un papel bastante soso en comparación con el de sus compañeros de reparto.

Una película navideña 100% que se disfruta, pero que deja con el sabor de boca de que podría haber dado bastante más de sí.

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Posted by Heitor at 20:54:20 | Permalink | Comments (6)