Tuesday, November 10, 2009

ANTICRISTO

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Tanta curiosidad nos produjo el nuevo experimento del depresivo, atormentado, ingenioso, hiperactivo, condenadamente creativo y rarito Lars Von Trier, que no pudimos evitar acercarnos a esa película ya con el estigma de maldita. Abucheada en Cannes, insultada por críticos de todos lados (que se escandalizan rápido, todo hay que decirlo), con desmayos en las salas (de gente que no sabe a qué entra), el reconocimiento prácticamente unánime a sus dos protagonistas y comentarios tanto de gente que la había visto como (cómo no, para eso vivimos donde vivimos) de los que no la habían visto.

Demasiado gore hemos visto ya a estas alturas como para que este bagaje nos asuste, así que, con una cena ligerita (tampoco hay que forzar) nos acomodamos en la butaca para adentrarnos en la particular visión de la depresión del director danés, que casi no pudo acabar la película de lo trastornado que se hallaba su cerebro mientras intentaba llevarla a cabo.

La cinta se divide en tres o cuatro actos centrales más su prólogo y epílogo y si hubiera que dibujar su línea argumental en un folio, claramente sería una espiral que se adentra en un punto más negro que el culo de un grillo. Una caída hacia lo irracional, un descenso a los infiernos del alma humana. Esto es lo que se entrevé en la primera mitad de película, porque llega un momento en el que al amigo Lars se le va la perola por completo y empieza a vomitar imágenes desquiciadas perdiendo el norte y cayendo en una ensalada de barbaridades sin demasiado sentido.

Pero, ¿de qué va anticristo? Pues al principio, relata el drama de una pareja que pierde a su hijo pequeño, que intenta dar un triple mortal con tirabuzón desde un quinto piso. Así que, razonablemente, la mujer se trastorna un poco y el marido, que es psicoterapeuta, decide tratarla intentando que venza sus miedos. Para eso, la lleva a una cabaña en medio de un bosque y es allí donde observa que la señora tiene el tejado más agujereado que un casco de esgrimista. Será aquí donde Lars vacíe sus visiones e inunde la pantalla de zorros que hablan mientras se devoran a si mismos, pesas que agujerean piernas, tijeras que rebanan clítoris, penes q eyaculan sangre y un final surrealista que acaba de rematar lo poco que se había cogido durante la película.

¿Todo esto convierte a “Anticristo” en una mala película? Chico, pues yo que sé. No deja indiferente, eso está claro y hay algunas imágenes que impactan por su belleza, en una cámara ultralenta y acompañadas por un aria de Häendel (imágenes que por bellas no dejan de intentar escandalizar, como la del bebé cayendo al vacío o una penetración en primer plano en la ducha). Así que no pude evitar pasarme toda la película oscilando entre las ganas de internar al dire en un psiquiátrico que tuviera el electroshock incluido en el precio y admirar la capacidad imaginativa y visual de este genial desquiciado.

¿Se saca algo en claro después del ramillete de salidas de tiesto? Pues la impresión de que Lars Von Trier ha utilizado la cámara como si fuera un cómodo diván para curar sus neuras y que algo le ha tenido que haber hecho alguna mujer, porque el papel que le da a la premiada Charlotte Gainsbourg tiene tela.

Lo que está claro es que Lars Von Trier es un excelente narrador, pues hasta cuando no tiene nada que contar, es capaz de narrarlo muy bien.

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Wednesday, October 21, 2009

CUATRO VIDAS

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Felicidad, placer, tristeza, amor. El neoyorquino de ascendencia oriental Jieho Lee, toma estos cuatro conceptos y los moldea y retuerce para hacer una película de historias cruzadas y desordenadas, de personajes singulares y anónimos, al estilo de las historias de Iñárritu & Arriaga. Una especie de tratado sobre el destino y una exposición de la idea de que todos los seres pensantes (y hasta los políticos) estamos conectados. Cada movimiento que haces, puede repercutir en las personas (y hasta políticos) que tienes a tu alrededor de una forma inimaginable. Pero, ¿ hasta qué punto podemos influir en los demás? ¿Es el amor una fuerza más poderosa que el destino? ¿Es éste inamovible hagamos lo que hagamos?

Jieho Lee nos expone un juego en el que el destino y el amor se entrecruzan para crear un bonito puzzle de piezas que van asentándose sin prisa, posando la cámara en el baile que dichas piezas ejecutan en el aire, antes de encajarse en el tablero, pero dejando entrever que su posición en el mismo no es única, sino que pueden conformar, al final, distíntas imágenes.

“Cuatro vidas” (traducción libérrima de “The air I breathe”) narra cuatro episodios de cuatro instantes vitales que se entrecruzan. Forest Whitaker (Felicidad) es un gris y aburrido trabajador de bolsa que trata de cambiar su vida apostando un montón de pasta (que no tiene) al caballo de una carrera amañada. Brendan Fraser (Placer) es un matón al servicio de un gangster apodado Fingers (Andy García) que tiene el don de ver flashes del futuro, pero la maldición de no poder cambiarlo, lo que lo ha vuelto destemido y nihilista. Sarah Michelle Gellar (Tristeza) es una cantante que triunfa  tras su primer single y que oculta su nombre tras un seudónimo y sus sentimientos tras una botella de alcohol. Kevin Bacon es un médico enamorado de la mujer de su mejor amigo, que tendrá que salvarla en un tiempo record buscando un tipo de sangre inusualmente raro.

El azar marcará los caminos de estos cuatro personajes, llevándolos hasta cruces que influirán en su destino. Una mariposa marcará el inicio (y fin) del viaje en el que será el personaje de Fraser, el único que puede entrever a través de las nieblas del futuro, el que ponga los recodos al resto de sendas que tiene a su alrededor. Será en el momento en el que se dé cuenta de que puede cambiar lo que está escrito, cuando pierda su visión hacia la persona que más le importa, ironía que le llevará a producir una explosión que mueva al resto de personajes en direcciones distintas.

“Cuatro vidas” es un cuento de corte oriental, cadencioso y bien contado en el que prima ese ritmo sosegado del que carecemos los estresados occidentales. También es una nueva ocasión para demostrar que cuando Brendan Fraser se aparta de sus papeles cómicos o aventureros, consigue interpretaciones muy buenas, como ya demostró en la estupenda “Dioses y monstruos” y que Sarah Michelle Gellar es algo más que una cazavampiros si cuenta con una buena dirección detrás. Forest Whitaker y Kevin Bacon ya no tienen nada que demostrar sobre su calidad como intérpretes a estas alturas y Andy García viene haciendo más o menos el mismo (y conseguido) papel desde que empezó (¿para qué cambiar lo que ya funciona?).

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Wednesday, October 14, 2009

MALDITOS BASTARDOS

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Quentin Tarantino tiene pinta de ser un tipo indicado para ir con él a tomarse unas cañas, o mejor, unos tequilas. Inteligente, rápido, divertido, cachondo, una metralleta verbal capaz de convertirse en el centro de atención a la mínima oportunidad. Lo veo haciendo chistes políticamente incorrectos mientras le tira los trastos a la camarera que trae la cuarta ronda de chupitos y recomendándote a renglón seguido una película de serie Z (y porque no existen más letras detrás) tailandesa sobre orientales manteniendo duelos al sol en el salvaje oeste para intentar defender al dragón protector de la aldea, o algo así.

Porque el cachondo de Tarantino, no es un cinéfilo, es un cinéfago y eso hace que me caiga muy bien. Es un tipo sin prejuicios al que le gusta pasárselo como un enano en el cine. Se la suda lo del cine de autor y lo que quiere son dos horas en las que pueda evadirse y salir contento, triste, asustado o con los pantalones húmedos de la risa (o de lo que sea), pero nunca criticando los encuadres, la iluminación o la falta de trasfondo, porque lo que le encanta es que la historia sea entretenida.

Pero no sólo eso, sino que Tarantino es una batea, pero no de las de mejillones, sino uno de aquellos platos que se usaban en el antiguo oeste en la fiebre del oro. Los buscadores llenaban aquella especie de ensaladera con agua y arena y le daban vueltas hasta que se quedaban con la pepita de oro, desechando lo que no valía. Él es igual, deposita en su batea mental las películas de chinos, westerns, bélicas y demás argumentos de la serie B y las agita hasta que extrae la parte más valiosa. Luego la pule a base de sus geniales diálogos y la pasa por su innato estilo de buen cineasta sin pensar en críticos ni convencionalismos. Si entras en su juego, te esperan por delante dos o tres horas de entretenimiento.

Después de darle la vuelta como un calcetín al género de artes marciales y a las típicas sesiones dobles americanas de serie B junto con su colega Robert Rodríguez, se ha pasado al bélico del estilo de “12 del patíbulo”. Para su concepción, Tarantino parte de un subgénero chusco (cómo no) apodado “Macaroni combat”, en el que los italianos, muy dados a italianizar los géneros estadounidenses (algunas veces de forma muy acertada, lo digo apuntando a Sergio Leone) se metieron en una vorágine de películas de género bélico. En concreto parte, de aquella manera, de una película de Enzo G. Castellari titulada “Quel maledetto treno blindato” y llevada a los Usamérica con el nuevo título “Inglourious Bastards” (a ver si vamos a ser los únicos que cambiamos sin ton ni son los títulos extranjeros). Y digo que parte de aquella manera, porque tras pasar aquella producción italiana por su batea mental, la pepita que quedó en el circuito neuronal de Quentin fue la emoción de pasarse la historia de la segunda guerra mundial por el forro y desmadrar con una pandilla de encantadores salvajes. Así, comienza el juego de la incorrección en el mismo título, ya que en su versión original la llama “Inglourious basterds”, cometiendo la primera salida de tiesto al escribir mal una de las palabras y siguiendo por plantarnos una película bélica disfrazada de western… o al revés, como demuestra esa gran entrada con los títulos de crédito bajo la música de la película “El álamo” de Morricone (que iba a componer la banda sonora y al quedarse sin tiempo lo único que pudo hacer fue elegir unas cuantas piezas de su creación o adaptar algunas otras) o la transformación que logra hacer el músico italiano del “Para Elisa” de Beethoven, de pieza clásica a perfecta ambientación de un duelo de tiradores.

Desde la premisa de total y absoluta libertad creativa, a Quentin no le importa nada más que elaborar la historia que le gustaría ver como espectador. Buenos violentos, salvajes e ignorantes, malos educados, refinados y cultos, bellas traidoras, asesinos enamorados, estética de cómic, violencia a raudales, diálogos rápidos y deslumbrantes, una banda sonora extravagante y precisa y gamberradas a diestro y siniestro.

Cómo en una novela gráfica, el director plantea una misión suicida, que se empeña en tratar de asesinar a Hitler y acabar así con la segunda guerra mundial de un plumazo, desarrollando la historia en forma de capítulos, utilizando los primeros para la (brillante) presentación de los personajes principales y sus motivaciones y los últimos para la misión en sí, en la que diferentes grupos, con diferentes intereses, tratan de cargarse a la plana mayor del Tercer Reich en el estreno de una película de Goebbels sobre un héroe de guerra.

Por si no bastase la pericia de Tarantino, éste se rodea de una serie de actores que dan lo mejor de sí, no sé si gracias a la libertad que suponen los locos papeles que les ofrece o la dirección de actores del director. Supongo que será mezcla de ambas. El caso es que, los dos pesos pesados de la película, Crhistoph Waltz y Brad Pitt, están inmensos. El primero, un detective alemán tan sagaz como cruel, tan educado como manipulador. Un interrogador brillante, apodado “el cazajudíos” y que parece quererse a sí mismo lo indecible. El segundo, un teniente americano de cultura escasa, con la afición de cargarse nazis y guardarse sus cabelleras como recuerdo, con un sentido del honor más bien dudoso y una habilidad discutible como tatuador. Rodeándoles, una ingente cantidad de secundarios políglotas que enriquecen la película como si fueran una versión mejorada de caldo Starlux, como Eli Roth (dire de “Hostel” y coleguita de Tarantino), Diane Kruger (“Troya”, “La búsqueda”) o Daniel Brühl (“Good bye Lenin!”, hablando español, inglés, francés y alemán puede trabajar donde le de la gana).

Tarantino no se corta un pelo y nos planta dos horas y media de diversión, imaginación y talento en el que el único punto que puede resultarnos chirriante es la no linealidad de la acción, compuesta, como ya he dicho, a base de capítulos, pero que, todo el que tenga el lóbulo temporal acostumbrado a leer cómics, asumirá sin ningún problema. Eso sí, cada capítulo supone una realización brillante. Da gusto ver cómo este tío maneja el ritmo adecuado de cada escena como si hubiera absorbido todos los superpoderes de Hitchcock (no confundir con Hancock).

Han pasado 17 años, siete películas y unas cuantas colaboraciones desde que Tarantino sorprendió al mundo con “Reservoir dogs”. Se lo toma con calma entre peli y peli y eso le sirve para elegir cada nuevo proyecto con el mimo y las ganas que se merecen. Si continúa marcándose cintas de esta calidad, le dejo que se tome el tiempo que quiera para la siguiente. No te cortes, Quentin, elige otro género y pásalo por la Tarantinator.

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Thursday, September 3, 2009

EN LA CUERDA FLOJA

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Biopic: Definición que proviene de las palabras inglesas biografic picture. Se trata de un genéro cinematográfico que narra o adapta biografías de diversas personalidades de todos los ámbitos.

Definición de la página wikicine


Me gustan los biopics. Es como convertirse en mosquito trompetero espía con máquina del tiempo incorporada y cotillear las vivencias de personajes interesantes, con vidas fuera de lo normal, comportamientos erráticos, personalidades singulares y amores desgarrados. Tengo una mezcla entre esa curiosidad cotilla de pueblo y señora adicta al tinte de peluquería aderezado con el último número de la revista de moda de papel cuché, que obtiene placer al enterarse de toda la pelusa que se esconde debajo de la alfombra de otro ser humano, siempre que sea una rutilante y desconocida estrella. Las historias de superación, amor propio, constancia y los cuadros psicológicos atípicos me atrapan, siempre que estén bien contados.

De entre todas las vidas famosas, las que más juego dan son las de los actores y los cantantes. Parece que esa vida debajo de los focos, el carisma detrás de una cámara o de un micrófono, van unidas a personalidades megalómanas, atormentadas, con caracteres fuertes y decisiones discutibles. Una gran parte de las veces dan muestra de la grandeza del espíritu humano, capaz de sobreponerse casi a cualquier cosa si se encuentra el botón adecuado y otras vemos las realidades paralelas que ciertas mentes son capaces de crear a su alrededor. En cualquiera de los dos casos, esas personalidades me fascinan.

El otro día nos metimos al cuerpo “En la cuerda floja”, el biopic (ahora que manejamos un leguaje digno de tertulia de programa de Garci) de Johnny Cash, el cantante folk americano de la época de Elvis, Chuck Berry y todo un ejército de grandes músicos que le dieron dos vueltas y media a la música radiofónica. Igual, después del mono generado, hasta hay un inicio de mini-ciclo, con nueva etiqueta, sobre biopics musicales… ya veremos.

La peli se basa en el libro autobiográfico del propio Cash para poner su vida en imágenes, desde el suceso traumático que marcó de forma profunda su personalidad y la relación con su padre, en su niñez, pasando por sus inicios en el mundo de la música, su adicción al alcohol y las pastillas y su tormentoso amor con la, también cantante, June Carter.

James Mangold (el director de “Inocencia interrumpida”, “Identity” o “El tren de las 3:10″) escribe el guión y dirige una película que está casi enteramente basada en el tremendo trabajo de Joaquin Phoenix (un tipo también bastante introspectivo que ahora parece haber dejado el cine por la música, convirtiéndose en una especie de ermitaño lisérgico y que me da a mí que está tramando algo curioso), que compone un personaje perdido y vulnerable, refugiado en su música y los estupefacientes para intentar olvidar sus problemas. Una actuación que se ve reforzada por la de Reese Witherspoon, que recibió el oscar a la mejor actriz secundaria por este papel.

Que guste o no guste la música del señor Cash es lo de menos, incluso si no te sonaba para nada hasta llegar a la película. Las actuaciones son casi anecdóticas y la música se encuentra de fondo, de forma que no molesta al desarrollo de la historia. Lo importante es la figura del protagonista, un tipo enigmático y sensible que tuvo la suerte de que el mundo se fijara en unas letras tan oscuras como la camisa que lucía en los escenarios y una historia de amor de las difíciles, de esas que si consiguen llegar a buen puerto, detienen los relojes y difuminan el mundo a tu alrededor.

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Monday, May 25, 2009

AMORES PERROS

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Guillermo Arriaga tiene dos cualidades importantes a la hora de dotar a sus guiones de emoción e hipnotismo. Por una parte, parece estar en posesión de la llave que abre pequeñas y escondidas puertas que llevan hacia esos oscuros secretos del alma humana que queremos mantener a buen recaudo, sin que nadie hurgue en ellos, ni siquiera nuestra parte consciente. Por otro, consigue desmembrar esta búsqueda en historias que discurren por caminos aparentemente divergentes, pero que acaban uniéndose en un “big bang” emocional central y se pavimentan sobre una idea conductora que hilvana el relato y lo globaliza, independientemente de la cultura y la sociedad en la que sitúe a los personajes.

La primera colaboración entre este escritor y el director Alejandro González Iñárritu, antes de que Hollywood se fijase en ellos y los rostros del “star system” empezaran a dar vida a sus personajes, fue “Amores perros”, una historia de canes (con una sola n, no confundir con el festival) que se parecen a sus amos, o amos que se parecen a sus mascotas o, simplemente, una analogía de lo visceral, arcáico y primitivo que puede ser el comportamiento humano cuando se enfrenta a los golpes del destino.

Celos, pasión, frustración, arrepentimiento, codicia… la película es un muestrario de sentimientos desencadenados por la diosa fortuna encerrada en la pluma de Arriaga. Sentimientos que, eclosionando en un ambiente tan turbio e intenso como el que se respira en México D. F., repleta de contrastes, despiertan la parte más animal del ser humano e igualan las miradas de bestias y hombres.

Octavio está profundamente enamorado de la mujer de su hermano, un tipo pendenciero que la trata como si fuera de una clase inferior. O a lo mejor sólo está encoñado, pero eso no es óbice para que intente conseguir dinero a toda costa para huir con ella hacia una vida mejor. Aunque ella no vea aún su punto de vista. Para ello utilizará a su perro en las sangrientas y crueles peleas callejeras, hasta que el mundo de las apuestas se vuelve contra ellos.

Valeria es una mujer a la que la vida le sonríe. Está con el hombre al que ama, cuyo infeliz matrimonio está a punto de concluir, su carrera de modelo va viento en popa ,su imagen decora fachadas de edificios y hasta estrena nuevo hogar, en donde su pareja, su perro y ella van a vivir felices y comer perdices. Hasta que la vida, se pone perra (o más bien humana, visto lo visto) y transforma su sonrisa en una mueca sarcástica, convirtiendo la existencia ideal de la modelo en una mezcla de odios, vilezas y envidias.

El Chivo es un tipo que ha perdido la fe en la raza humana. Abandonó a su familia para aliarse con rebeldes que pretendían cambiar el mundo, pero lo único que vio que cambiaba a su alrededor fue su propio micromundo, al ver como era repudiado por su familia y dado de lado por una sociedad tan enfangada que es imposible limpiar. Todo esto lo ha llevado a valorar mucho más la vida de los perros a los que cuida que la de los encorbatados a los que ajusticia sin piedad y por encargo.

Tres pedazos de vida que dan un radical giro al compás de una campanada bestial, que suena en mitad del cruce de caminos, dando lugar a historias que, la mayoría de las veces, nos sitúan más cerca de la acuosa y fiel mirada de un perro que de las decisiones de nuestros congéneres, empañadas por una oscuridad interior que desearíamos no llegar a poseer.

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LA VERGÜENZA

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El cine español, en estos momentos, se batalla en tres frentes abiertos a través de las carteleras que se esparcen por nuestra piel de toro (que poético que he empezado, oiga). Por un lado, los estrenos de los directores conocidos para la gran mayoría del público, Almodóvar, Garci, Amenabar y compañía. Por otro, los productos para adolescentes plagados de caras televisivas y cuerpos de infarto, que están funcionando francamente bien y, aunque no iría a verlos en mi sano juicio, me parece fenomenal que se hagan si logran atraer a tanto público. La tercera de las propuestas (y la más presente), es todo lo relacionado con el cine de denuncia. Somos un pueblo protestón por naturaleza y nuestro cine es un reflejo de ello. Racismo, guerras civiles, inmigración, terrorismo e injusticias de toda índole tienen su propia pancarta en las salas.

La semana pasada elegimos una de las opciones de la tercera categoría y fuimos a ver “La vergüenza”, película sobre el tema de la adopción, dirigida y escrita por el desconocido David Planell e interpretada por Alberto San Juan. Su argumento trata el tema de las adopciones de chavales lo suficientemente mayores como para tener memoria sobre el calvario que supone pasar por familias desconocidas y reubicarse en un país diferente, tras un garbeo por un centro de adopción. Un bonito caldo de cultivo de traumas, inadaptación y problemas psicológicos varios.

En ningún momento llegué a creerme la historia que me contaba Planell, en parte porque la película no llega a definirse entre la comedia y el drama y dicha mezcla resulta artificiosa, como si se pretendiera abordar el tema sin molestar demasiado al espectador. En gran medida, ayudan a esta sensación las interpretaciones, tanto las que me parecieron buenas como las que no. Me explico.

Alberto San Juan me parece un buen actor. Quizá aún no he visto en él una versatilidad “brandoniana”, pero sí ofrece una personalidad propia, un estilo único y reconocible, una marca que imprime en todos sus personajes aportándoles un nombre propio, lo que a mi modo de ver ya es una buena cualidad (algo así como el superpoder antagónico al de Fernando Tejero, que consigue que quiera atizarle con lo primero que tenga a mano cada vez que aparece en pantalla). Eso sí, donde más cómodo le veo es en el mundo de la comedia y son los momentos cómicos lo más apreciable de esta película, casi en su totalidad desencadenados por él. El problema es que, esto me saca constantemente de la historia y provoca que esté deseando el siguiente punto de San Juan, más que saber en qué acaba todo.

En el otro lado de la línea, tenemos las actuaciones que no llegaron a arrastrarme a la empatía con la historia, que son prácticamente todas las demás. Ni la mujer de Alberto San Juan (Natalia Mateo), ni la asistenta que enmaraña la, ya de por sí, difícil situación (Norma Martínez), ni la preguntona asistente social que desestabiliza por completo a los padres a partir de sus preguntas (Marta Aledo) logran convencerme.

Si a todo esto sumamos un final descafeinado, que ni alegra, ni entristece, ni se moja, ni conmueve, ni responde, ni sorprende, nos queda un producto ligero, sin calorías que enciendan el remordimiento ni sabor que nos endulce el paladar cinéfilo. Un producto “desaborío”, que dirían los andaluces. Una de tantas cintas que pueblan una cartelera abarrotada hasta los topes, con muchas más propuestas que pueden generar algún tipo de emoción en los espectadores. A favor o en contra.

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Monday, April 6, 2009

THE READER

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Una vez más, se me presenta complicado dar la opinión de una película sin mencionar determinados aspectos de la historia que puedan perjudicar al potencial espectador. Comentar sin destripar, esa es la meta de este post. Veamos si no me salgo del renglón marcado.

Stephen Daldry, tras haber dado un Oscar a Nicole Kidman con “Las horas” hace siete años y habernos emocionado con la historia del niño que quería bailar en “Billy Elliot” hace nueve, escoge un famoso libro ambientado en el holocausto, escrito por Bernhard Schlink y publicado en 1995. Una historia que trata de adentrarse en la mente de seres difíciles de comprender, que no adoctrina ni pretende moralizar, sino que nos muestra a personas repletas de contradicciones y nos generan sentimientos contrapuestos.

La historia comienza en la última etapa de la segunda guerra mundial, en Alemania. Un frío y lluvioso día, Michael, un chaval de 15 años, tiene que detener su camino de vuelta a casa del colegio bajo unos soportales. Se encuentra fatal, ha vomitado y apenas puede dar un paso más. Una mujer que le dobla la edad, se detiene a ayudarlo. Ahí empezará su primera historia de amor, tan peculiar como breve.

Michael se enamora de Hanna, una mujer callada, resuelta, taciturna, con una gran dificultad para expresar sus emociones en cualquier situación salvo una: cuando Michael lee para ella. Entre polvo y polvo, las historias de los clásicos cobran vida a través de la voz del adolescente y Hanna pierde completamente la coraza que la recubre y protege del mundo, para sentir todas esas emociones que le cuesta expresar por sí misma.

De repente, un día, Hanna desaparece, dejando a Michael, por una parte desconcertado y apesadumbrado y por otra, permitiéndole seguir con su vida, relacionándose con gente de su edad. Sin embargo, sus caminos se volverán a cruzar años después en una situación totalmente inesperada. Este nuevo encuentro cambiará la vida de Michael para siempre, llenándolo de confusión y culpa y provocando que un profundo secreto quede enterrado en su interior, pudriéndose y condicionando sus futuras relaciones.

La película me atrapó y me contagió su emoción gracias a sus dos pilares, la complejidad del personaje de Hanna y la maestría de la actriz que interpreta su papel, una Kate Winslet que se ha llevado este año uno de los Oscar más merecidos de los últimos tiempos. Es impresionante la capacidad de registros de esta actriz británica – vuelvo a pensar que los actores de las islas están un pasito por delante del resto de los mortales a la hora de transmitir desde el otro lado de la pantalla de cine – capaz de provocarme afecto y rechazo de forma simultánea. Una actuación plagada de detalles, minimalista, veraz y profundamente emocionante.

Para darse cuenta de la capacidad de la actriz para inundarnos de emociones, un breve ejemplo. Después de una pelea, tras regresar junto a Hanna con los ojos llorosos, Michael le pregunta si le importa y si le quiere. Mirando la expresión del rostro de Kate Winslet, podemos adivinar indefensión, miedo, sinceridad, ternura y  de repente experimentamos un extraño viaje astral. De repente, ya no somos nosotros, sino que esos ojos nos han metido bajo la piel de Michael, han hecho desaparecer butacas, público y sala para situarnos delante de ella, enamorándonos de ella y de su enigmática personalidad, sintiendo el mismo pavor ante a la espera de la respuesta.

“The reader” es Hanna y Winslet, Winslet y Hanna. El personaje que guía la narración, interpretado por David Kross en su juventud y Ralph Fiennes en su madurez, se mueve alrededor del aura de la mujer y, desde el primer momento, somos sus ojos y sus sentimientos y nos vemos zarandeados y perturbados emocionalmente al irnos adentrando en la personalidad de Hanna. Sin llegar a entenderla nunca, nos vemos obligados a ayudarla y sentimos lástima por ella a pesar de sus actos.

La contradicción de la psique humana es la que guía la película y nuestra capacidad para empatizar con seres tan alejados de nosotros, de tal forma que podemos llegar a quedar prendados de ellos. En la segunda parte, en la que nuestros sentimientos luchan por asumir un punto de vista, no podemos dejar de recordar los buenos momentos del inicio del romance. Daldry ha conseguido generarnos muchas más preguntas que respuestas, ha conseguido llevarnos al limbo de nuestras emociones, dejándonos tan perdidos como al protagonista.

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Wednesday, March 18, 2009

LEJOS DE LA TIERRA QUEMADA

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Guillermo Arriaga es el gran guionista que concibió dos películas que me hicieron salir del cine asombrado y casi mareado por la destreza con la que jugaba con las historias, los personajes, el tiempo y el azar: “21 gramos” y “Babel”. En ambas, formaba un interesante tandem con el director mexicano Alejandro Gonzalez Iñárritu y juntos también realizaron “Amores perros” película que, gracias a las otras dos, está situada muy alta en mi lista de filmes pendientes.

Parecían una pareja de hecho que nos daría grandes alegrías cinematográficas pero acabaron como amantes despechados que, después de compartir lecho y haber logrado maravillas entre sus sábanas, se separan después de una de esas peleas llenas de gritos, platos rotos y acusaciones con el dedo índice bien tieso. Arriaga se declaró único autor de Babel, argumentando que la autoría de una realización no puede atribuirse al director e Iñárritu le acusó de egoísta (y tú más, y tú más) por estas declaraciones, acusación a la que se unieron algunos hijos fílmicos de esta última cópula, como Gael García Bernal o Gustavo Santaolalla.

El resultado del divorcio es el inicio de nuevas etapas por separado, ambos escribiendo y dirigiendo y mirando de reojo a ver que estará haciendo su ex-pareja. Iñárritu rueda “Biutiful” en Barcelona con Javier Bardem y Arriaga nos acerca estos días a las pantallas una nueva historia con tres personajes femeninos como centro de la misma, interpretados por Charlize Theron, Kim Bassinger, Jennifer Lawrence y la jovencísima debutante Tessa Ia. ¿Que he puesto cuatro nombres? Ahí va, pues es verdad.

Del argumento, poco puedo decir sin destripar partes interesantes de la trama, así que, como suelo hacer en estos casos, me andaré por las ramas y acabaré sin decir nada.

Un remolque ardiendo en mitad del desierto fronterizo entre México y Usamérica, una bellísima mujer que se asoma desnuda a la ventana de su apartamento mientras le ordena a su amante que se vaya, una mujer que muestra sus heridas, internas y externas, a su enamorado amante, una familia destrozada que asiste al funeral de un hombre; historias humanas, donde las mujeres marcan el camino. Mujeres complejas, con secretos que se ocultan tras sus miradas, que intentan superar sus traumas y mantener la cabeza a flote, reconducir sus vidas y cicatrizar las profundas heridas que las han marcado.

Lo que más me ha llamado la atención de “Lejos de la tierra quemada” es la actuación de sus dos actrices principales, Charlize Theron y Kim Bassinger. La primera ya ha demostrado que se crece ante los retos y que los papeles dramáticos le sientan como anillo al dedo. Aunque el papel tampoco le permite demasiado lucimiento, en los cristalinos ojos de su personaje se puede adivinar el dolor, la culpa y la indefensión en cada plano.

Aunque este gran trabajo es eclipsado por una increíble Kim Bassinger, que desprende tanta inseguridad que, o bien es una de las mejores actrices que ha dado la gran pantalla o – opto más bien por esta segunda posibilidad – ha puesto gran parte de su personalidad en el personaje. Sea por lo que fuere, el frágil personaje que compone la ex-reina de los posters en cabinas de camiones, se come con patatas a sus compañeros de reparto, provocando que deseemos que la trama vuelva de nuevo a su trocito de historia, sufriendo junto a ella, ya que vemos claro el destino de su personaje.

En definitiva, asistimos a una película que desprende un aroma a aquellas con las que empezamos el texto: montajes desordenados, saltos temporales, historias que se entrecruzan, personalidades marcadas por su futuro o por su pasado… así que, ¿hemos perdido algo en el divorcio? Me atrevería a decir que sí, que algo se ha olvidado en la mudanza, pero no me preguntéis el qué. Tal vez sea sólo esa “runrún” al salir de la sala… ¿es cosa mía, o esta vez ha durado menos?

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Tuesday, March 17, 2009

LUCÍA Y EL SEXO

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Mi prima Palita y yo hemos hecho un trato cinéfilo. Yo me tengo que sumergir en el intimista mundo de Julio Medem, del cual aún no había visto ninguna película y ella tendrá que bucear por la imaginería oriental y la poderosa imaginación de Hayao Miyazaki. No se lo digáis, pero creo que salgo ganando, pues para poder discutir la filmografía del maestro nipón con ella, tengo que ponerme las pilas y ver el resto de películas que me faltan de él. Teniendo en cuenta el tiempo del que dispongo, todo este proceso tocará a su fin alrededor del año 2015, tirando por lo bajo.

Pero lo importante es empezar y, aprovechando que tenía por casa “Lucía y el sexo” y que en su portada aparece Paz Vega ligera de ropa sobre una motocicleta en un ambiente vacacional inigualable, pues me pareció un buen punto de partida. No conocía de la película más que algunas escenas de alto voltaje a cargo de la protagonista andaluza y la guapísima Elena Anaya, así que podemos decir que llegué mucho más desprevenido de lo que me suelo acercar a una película. El resultado constituyó una grata sorpresa.

El argumento, tratándose de Medem, es complicado de resumir, pero haré lo que pueda. Lorenzo es un escritor con el síndrome de la página en blanco que conoce a Lucía, una chica decidida que le confiesa a las primeras de cambio que le sigue a todas partes y está enamorada de él. Lanzándose a la aventura, Lorenzo se va a vivir con Lucía, descubriendo un intenso mundo de pasiones desprovisto de vergüenza y, animado por su nueva relación, las palabras empiezan a fluir de nuevo en su ordenador.

Pero el mundo presente del escritor chocará de frente con el pasado, dando lugar a dos futuros que desestabilizarán su mente; el futuro real, en el que sus miedos, sus frustraciones y sus errores darán alas a su imaginación y el futuro literario, algunas veces más real que la propia realidad. Lorenzo caminará a ras del abismo, entre estos dos universos, intentando mantenerse a flote, mientras observa cómo su relación con Lucía se va deteriorando.

Quizá lo más llamativo de la película son las personalidades intensas que el director expone en la pantalla. Almas complejas, a veces forzadas, intensas, superlativas, que golpean al argumento y lo llevan, plagado de metáforas, a través de las obsesiones de Medem, los sentimientos extremos, la muerte, el sexo… acompañados de un estilo de narración rico en detalles. Un alma de cuentacuentos y poeta encerrada en un cuerpo de cineasta con una visión muy especial, incapaz de dejar a nadie indiferente. Nos pueden gustar o no sus películas y sus argumentos, pero hemos de reconocer que ofrecen una visión original, un mundo propio, incluso una ventana hacia sus neuronas, mucho más de lo que pueden decir la gran mayoría de los realizadores.

Si todo esto no os convence para ir a ver la película, pensad que es posible que veáis algunas de las escenas eróticas mejor rodadas de la historia del cine, sin censuras, sin medias tintas, sin prejuicios, tan sólo sexo destilado, del más puro, sin conservantes ni colorantes. Si encima pensamos que tres de las actrices más guapas de nuestro cine las protagonizan, Paz Vega, Elena Anaya y Najwa Nimri, aún no entiendo cómo tardé tanto tiempo en acercarme a esta película.

Filosofía, tetas, metafísica y sexo salvaje, una poderosa combinación que no es alcanzable por cualquiera.

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Thursday, March 5, 2009

EL LUCHADOR

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Darren Aronofsky tiene una sensibilidad especial. Lo demuestra a la hora de diseñar nuevas películas, de escoger proyectos y hasta lo hizo a la hora de encontrar y conseguir a su media naranja, la guapísima Rachel Weisz. No es mi labor investigar el porqué del tercer ejemplo, aunque no estaría de más saber cómo se consigue una proeza semejante y si supiera como se consiguen los dos primeros, seguramente estaría triunfando en Hollywood con una estrella en el paseo de la fama a mi nombre. Así que mis limitadas meninges tan sólo me permiten daros la paliza con mi opinión de cada nuevo estreno que lleve su nombre.

El resultado, hasta ahora, es inmejorable, de tal forma que es uno de los nombres que busco en la cartelera o en las noticias de próximos rodajes. Su primera película, “Pi”, denotaba un gusto por las tramas complicadas, las personalidades complejas rayanas a lo muy raro y los montajes adrenalínicos. Confirmó sus aptitudes con “Réquiem por un sueño”, un acercamiento al mundo de las drogas capaz de poner de los nervios al espectador y provocar una profunda fobia hacia los frigoríficos. “La fuente de la vida” fue su obra más discutida y proponía  una reflexión espiritual sobre la vida y la muerte, el tiempo y un montón de ideas filosóficas, de las cuales a mí, seguramente, se me escaparon más de la mitad.

Sin renunciar a su investigación de la psicología humana y volviendo a algunas de sus preocupaciones, como el paso del tiempo o las obsesiones, esta vez se mueve hacia un tema, a priori tan poco relacionado con todo esto, como es el del Wrestling profesional, o lo que aquí conocemos como lucha libre americana, deporte que los de mi generación nos tragábamos los sábados por la mañana en aquel primer Telecinco de las “Mamachicho” junto con “Los caballeros del Zodiaco” y “Humor amarillo” en un pack televisivo repleto de rijostios de toda clase. Por aquella época disfrutábamos de lo lindo con las vistosas coreografías a cargo de Hulk Hogan, El último guerrero o Los Sacamantecas, pero Aronofsky bucea en ese mundo de calzones multicolores y músculos talla XXL para demostrarnos que hay una vida repleta de trabajo y lesiones físicas y emocionales más allá del cuadrilátero.

Para ello, el principiante Robert D. Siegel escribe un guión sobre un luchador de “wrestling” profesional inventado. Randy “The Ran” Robinson fue una de las mayores figuras de este deporte en su juventud, acaparando portadas, decorando las paredes de muchos adolescentes e incluso siendo el protagonista de juegos de consola. 25 años después, sobrevive con trabajos temporales y golpeando su castigado cuerpo en combates menores, donde aún se le considera una leyenda.

Después de una vida dedicada a este deporte, su vida personal es un desastre. Su hija no le habla, está enamorado de una stripper que tiene como norma no salir con clientes, vive entre cuatro latas con forma de apartamento, apenas alcanza a pagar la renta y entre anabolizantes y calmantes se toma unas tropecientas pirulas al día.

Aronofsky sitúa la cámara justo detrás de Randy, siguiendo sus pasos con su mismo ritmo cansado y adentrándose en sus miedos, sus anhelos y su permanente nostalgia de un pasado que lo elevó a la categoría de leyenda para luego olvidarse de él. Randy sigue viendo a la misma gente, sigue jugando a una Nintendo del pleistoceno a un juego en el que él mismo es uno de los protagonistas – juego hecho a propósito para la película y que generará la misma nostalgia en todo espectador que se haya viciado a, pongamos por caso, el Fernando Martín –, sigue escuchando la misma música de los 80 de grupos como Cinderella, AC/DC o Guns’n Roses e incluso lo demuestra en sus conversaciones: “Los ochenta fueron la caña tío, hasta que aquel mierda de Cobain llego y lo jodió todo”.

Randy siente mucho más los golpes que le da la realidad, en donde se siente un inútil, ninguneado y en donde a nadie parece importarle nada de lo que le pase, que las brechas abiertas en la lona, donde es querido y respetado. Su cuerpo es un mapa donde cada rotura, cada cicatriz y cada marca es un letrero en luces de neón de una pelea antológica y nadie mejor para meterse en la piel de alguien que ha exprimido la vida a tope que el resucitado Mickey Rourke. El actor está inmenso en el papel, cada gesto nos mete en la piel de un tipo vapuleado por la vida y, aún así, repleto de energía en cuanto se mueve en su elemento. Rourke actúa con el corazón y da la impresión de que gran parte de él se ha quedado impresa en el personaje. Es imposible imaginar a otro actor en el pellejo del luchador.

Acompañando a Randy y complementándolo, está el personaje de Cassidy/Pam, que también observa que el paso del tiempo la pone fuera de juego. Se siente obsoleta y ajada y soporta las burlas y la ausencia de miradas en una profesión que depende de su aspecto físico, pero al contrario que Randy, está decidida a cambiar el paso y seguir hacia delante, sin mirar atrás. En este caso es Marisa Tomei - ¿cómo puede estar esta mujer mucho más sexy que hace 15 años? – la que se cuela bajo las transparencias de Cassidy en otra interpretación sublime.

Con estos mimbres, Darren Aronofsky construye una película casi perfecta – y digo el casi sin saber cual puede ser el fallo, pero preguntadme de aquí a cinco años, cuando la haya saboreado más veces – en la que sus 111 minutos pasan como una exhalación, dando la impresión de que no sobra ni una sola escena. Desde el inicio, con las voces de locutores fantasmas del pasado recorriendo una vida de reportajes, fotografías y carteles publicitarios hasta ese salto a la inmortalidad, esa firma de declaración de principios y ese amor incondicional hacia su público, el único al que nunca ha defraudado y el único que le ha demostrado todo el amor que su castigado corazón ha echado en falta al otro lado de las doce gomas.

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Posted by Heitor at 14:53:58 | Permalink | Comments (4)