LENGUAS HERIDAS

En estos días ha saltado a la palestra una iniciativa tomada por una serie personalidades reconocidas de la cultura que han firmado un manifiesto a favor de la defensa del castellano, que ha sido seguida por una curiosa campaña de las juventudes del PP con algunos carteles llamativos.
Aunque parece que algunos de los que vieron como una buena iniciativa el sugerir algunas medidas para defender (no tengo muy claro de quién, pero bueno) la lengua castellana, se han bajado del carro aduciendo a que todo empieza a tener tintes demasiado políticos, extremistas y malintencionados, como el poeta Antonio Gamoneda que expone su malestar en este artículo.
Y es que lo que empezó siendo un texto en defensa de un idioma (sigo buscando, pero no encuentro a los que lo atacan), ha acabado por ser un eslogan en detrimento del resto de lenguas que enriquecen nuestro país, gracias a los que se han puesto en la cabeza visible del manifiesto. Son los que ven peligros tanto en los que tenemos la suerte de haber mamado más de una lengua en nuestra infancia, como en los que no adoptan su modelo de familia, como en los que no comparten su defensa de que los nacidos en una determinada familia cobren de las arcas del estado de por vida, como en los que prefieren tener el derecho a finalizar su trayecto en este mundo si las condiciones de vida traen más dolor que beneficios. Es duro vivir rodeado de tanto miedo, girando la cabeza, temerosos, a cada paso, por si alguien viene a pisotearles su burbuja impermeable.
El caso es que los que han ideado estos carteles que ponen en imágenes su visión de la sagrada lucha castellanoparlante, aducen que los niños gallegos, catalanes o vascos, corren el peligro de no poder comunicarse con el resto de compañeros de la geografía si en el colegio les enseñan matemáticas, filosofía o educación para la ciudadanía (uy no, esto tampoco) en una lengua co-oficial. Esto lo piensan aunque vivamos en un mundo tan globalizado y tan unido por la red de redes en el que los niños de 7 años chapurrean inglés y absorben información como gigantescas esponjas. Probablemente, los mismos que defienden el castellano como única lengua obligatoria en la enseñanza sean los que mandan a sus hijos a colegios bilingües para que se relacionen sin problemas en las altas esferas europeas sin temer que el uso continuado del francés o del inglés merme su capacidad para comunicarse en castellano.
Si estos cruzados lingüísticos se pasearan por los colegios de las comunidades autónomas que tienen la suerte de contar con una cultura tan rica que incluye un idioma más, se darían cuenta de que los niños no han perdido la capacidad de expresarse en la lengua de Cervantes y es que no es el todopoderoso castellano el que tiene que ser defendido, pues nadie le ataca, sino las lenguas minoritarias las que tendrían que ser cuidadas y mimadas para no perder un rasgo tan propio y tan rico de nuestro país, como es el presumir de un gran número de culturas ricas y ancestrales a lo largo y ancho de nuestra tierra. Como leí alguna vez en algún sitio, es igual de injusto tratar de forma diferente cosas iguales, como tratar de igual forma cosas distintas.
También se aferran a las dificultades que tienen los funcionarios para buscar trabajo en estas comunidades babelianas, teniendo que aprender unas lenguas tan innecesarias y anecdóticas para estar frente a una ventanilla tratando con parroquianos que prefieren expresarse con el idioma con el que han crecido (desconsiderados) o para rellenar formularios ininteligibles. Y es que es bastante curioso que los mismos que se empeñan en defender la cultura vean la riqueza lingüística como una afrenta a la misma y no como una posibilidad de aprender de nuestros propios vecinos.
En medio de estas opiniones con cierto fundamento (no compartido por mí, pero con cierto fundamento al fin y al cabo) también nos topamos con los hooligans idiomáticos, aquellos que no sólo defienden el castellano sino que estarían encantados de la erradicación de los que denominan dialectos del idioma único del país o aberraciones de un castellano mal pronunciado. En este grupo se deben situar los relaciones públicas de la cadena Springfield, que tras felicitar a un gallego el día de su cumpleaños con una postal en portugués, cuando fueron puestos en conocimiento de su error, respondieron que tal despiste respondía a que “ellos no sabían gallego, pues estaban en España”. Eso sí, debían tener algún primo portugués, ya que éste sí lo conocían y dominaban. No contentos con eso, en una segunda carta, respondiendo al apunte en el que el que suponemos ya ex consumidor de la cadena les recordaba que el gallego, el catalán y el euskera son reconocidos en nuestro país, le contestaban que ya sabían perfectamente que “eran dialectos del castellano”. Y es que a veces la gente es mala y malmete para hacer daño, ¿eh?
Que pronto se ha olvidado la unión sin discrepancias y repleta de entendimiento que nos trajo la victoria en la Eurocopa.









