EL FIN DE LA SAGA POTTER (SIN DESTRIPAR NADA)
Por fin, hace un par de semanas de ardua y lenta lectura en inglés, he rematado el último de los libros de la saga del niño mago: “Harry Potter and the deathly hallows” (algo así como Harry Potter y las reliquias de la muerte), una aventura que comencé cuando ya se llevaban editados tres tomos de la colección y que descubrí gracias a Magú. Después de haber estado deseando un buen desenlace para una de las sagas literarias que más me han enganchado (por detrás, quizá, de “El señor de los anillos”) puedo decir con aplomo que J. K. Rowling me ha convencido.
Las aventuras de Harry Potter y sus compañeros han tenido una evolución clara. El primer libro, “Harry Potter y la piedra filosofal”, empezó como literatura más infantil que juvenil, dando suma importancia a la descripción del mundo mágico, a sus hechizos o a sus estrafalarios habitantes. Incluso el lenguaje daba una idea del sector de la población al que la historia estaba orientada. Las andaduras de Harry Potter comienzan en su undécimo cumpleaños y ésta era, aproximadamente, la edad de los lectores potenciales del libro. Los datos desbordaron las expectativas y la obra fue todo un fenómeno en un rango mucho más amplio de edades, así que J. K. Rowling empezó a planear una evolución inteligente de los personajes principales al tiempo que su fortuna comenzaba a crecer de forma descomunal.
A medida que Harry iba pasando cursos en la escuela de magia y hechicería, los argumentos se fueron volviendo más complicados, oscuros y de temática más adulta. Era una evolución natural, pues no solo el protagonista de los libros se iba haciendo mayor, sino todo el público que había empezado a leer sus andanzas desde el principio. Incluso el antagonista, el malvado Voldemort, pasó de inocente amenaza a enemigo cruel y despiadado. Los fantásticos e ingeniosos hechizos de los primeros libros dieron paso a lo que podríamos denominar hechizos de combate. Hasta en las adaptaciones cinematográficas de los libros se vio una clara evolución. Solo hay que comparar la primera, dirigida por Chris Columbus, director de películas como “Solo en casa” o “Sra. Doubtfire” y guionista de “Los goonies” o “Gremlins”, con la oscura “Harry Potter y el prisionero de Azkaban”, tercera de la serie y dirigida por el gran Alfonso Cuarón, responsable de “Hijos de los hombres” o “Y tu mamá también”.
Así que poco a poco todo se iba complicando, las relaciones entre los personajes empezaban a liarse como si se tratara de una diabólica telenovela y las preguntas empezaban a sobrepasar por mucho a las respuestas. Solo había dos posibilidades para el último y definitivo libro de la colección: o encantaba a la mayoría o la decepción sería masiva.
La capacidad de J. K. Rowling para liar los cabos sueltos y conseguir sorprender sin olvidarse de imprimir ritmo y emoción a la trama, me ha parecido impresionante. Salvo una parte central en la que la acción se ralentiza, resulta difícil parar de leer el último libro. El esperado duelo final llega tras un montón de sorpresas y con el suspense al máximo y, a mi modo de ver, el final está totalmente logrado. Por poner un pero, diría que Rowling se podía haber ahorrado el típico epílogo final que nada aporta, aunque puedo entender por qué lo ha puesto (aquí es donde me callo cual perra).
Este último libro puede dar la mejor película de la adaptación, repleta de acción, drama y adrenalina, si realizan un buen guión (que dé la importancia que se merece a los finales apoteósicos de los últimos libros, que es algo que eché en falta a la última: “Harry Potter y la orden del Fénix”) y la coge un director capaz de exprimirle la magia y la oscuridad a partes iguales. A Guillermo del Toro ya le ofrecieron dirigir la tercera. Para mí sería todo un acierto lograr que se haga cargo del desenlace. Veremos a ver que pasa… la batalla continúa.




