02/12/2007

EL ÚLTIMO STARFIGHTER

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Hoy volvemos con una sección que parecía que había quedado olvidada en un rinconcillo del blog. Una sección con olor a naftalina, a chicles bang-bang, a gaseosa de La Pitusa y a Frigopies. Estamos hablando, como no, de “películas de mi infancia”.

Esta vez nos vamos a mediados de la década de los 80. “El retorno del Jedi” acababa de confirmar el éxito de las películas de ciencia ficción con la gran acogida que supuso el fin de la trilogía galáctica. También empezaba a florecer la industria de los videojuegos, con títulos míticos como el Space invaders, en el que una nave en la parte baja de la pantalla tenía que dar cuenta de las naves más tontas y con menos pixels del mundo, que iban bajando en una simétrica formación.

Como siempre pasa, cuando algo triunfa, salen imitaciones por todas partes y para un chaval de 8 años con una enorme imaginación y predilección por las aventuras fantásticas, esto era estupendo. Película que salía plagada de naves espaciales, batallas intergalácticas y malos con toneladas de maquillaje, pues película que acababa siendo alquilada en el videoclub del barrio.

Con especial cariño, vaya usted a saber por qué, recuerdo una que llevaba por título “El último Starfighter” y que es probable que casi nadie haya oído nombrar jamás. Esta película tenía todos los ingredientes deseables, adolescente que vive una aventura y se convierte en un héroe, malos malísimos con ganas de conquistar el universo y toques de humor diseminados a lo largo de la historia. La calidad de cómo estuviese todo esto juntado es otra historia, pero por aquel entonces era capaz de meterme en la trama con demasiada facilidad para que esto me importase.

El argumento era el siguiente. Un chaval llamado Alex, que vive en un perdido campamento de caravanas, con su madre y su hermano pequeño, se siente atrapado en un lugar que no le corresponde. Mientras espera la oportunidad para volar hacia una universidad de alguna ciudad importante y una vida llena de oportunidades, pasa su tiempo entre ayudar a sus vecinos y las partidas a una máquina de marcianitos llamada Starfighter.

El día en el que Alex, consigue batir el record de la máquina y acabar el juego, un extraño personaje aparece en un coche extrañamente parecido al de “Regreso al futuro” (que se estrenó el mismo año) y le dice que el videojuego era una prueba para reclutar pilotos capaces de salvar el universo. Así que allá que se marcha Alex, dejando en la tierra una unidad Beta de sí mismo, es decir, un robot con su apariencia, para que sus vecinos y parientes no sospechen nada de nada.

Reconozco que esta es una película de esas que no envejecen demasiado bien. De todas formas, vista veinte años después, será por aquello de la nostalgia, sigue teniendo un regusto muy agradable. El personaje secundario, una especie de tortuga sin caparazón que se hace amigo del protagonista, la unidad Beta, que como si fuera el extraterrestre de “Starman” (de la que hablaré algún día), tiene puntos muy curiosos cuando se enfrenta al desconocimiento de los hábitos humanos o ese final tan típico y pretendidamente romanticón provocaron que revisionase esta película con una sonrisa en los labios.

Da gusto volver a sumergirse en los recuerdos infantiles de vez en cuando. Una terapia barata y efectiva para todo el que haya tenido una infancia medianamente feliz. Seguiremos repitiendo.

Posted by Heitor at 20:10:46 | Permanent Link | Comments (7) |

14/10/2007

DENTRO DEL LABERINTO

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Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketNoche de sábado, tirados en casa y nueva sesión de cinefagia donde sólo los más valientes resisten despiertos hasta las tantas de la madrugada. Esta vez toca engrosar la categoría de “Películas de mi infancia” de la mano de uno de los maestros de los monigotes, creador de personajes inolvidables como la rana Gustavo (el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo), la cerdita Peggy, los Fraggle rock o aquella aventura repleta de fantasía llamada “Cristal oscuro”, el gran Jim Henson. Estamos hablando de “Dentro del laberinto”, una de esas películas para las que el tiempo se detiene, que dejan un recuerdo imborrable en todo aquel que tiene la suerte de verlas a una edad temprana. Una fábula exquisita que nos descubrió la belleza y los ojos de una jovencísima Jennifer Connelly y las dotes para la actuación de uno de los cantantes más iconográficos de la historia, el andrógino David Bowie.

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketEn 1986, cuatro años después de haber mostrado al mundo del cine lo que era capaz de hacer con unas marionetas en "Cristal oscuro", Jim Henson puso su imaginación al servicio de una historia que mezclaría su habilidad con los muñecos junto con personajes de carne y hueso. Una simple y entretenida historia fantástica en el que una adolescente tendría que ir en busca de su hermano pequeño secuestrado por Jareth, el rey de los goblins. Para este papel, Jim Henson quería contar con uno de los músicos del momento como Michael Jackson o Prince. Al final el elegido fue el carismático David Bowie.

Bowie, además, fue el encargado de componer e interpretar la banda sonora, que convierte por momentos a esta cinta fantástica hacia el género musical, con unos cuantos números integrados en el argumento, con el cantante rodeado de marionetas por todos lados, lo que convertía algunos sets de grabación en auténticos quesos de Gruyere.

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketLa actriz que lleva el peso de la película junto con “el duque blanco” es una guapísima Jennifer Connelly que contaba tan solo con 14 años y que habíamos descubierto en “Érase una vez en América”, para posteriormente verla madurar hasta convertirse en la gran actriz que es hoy, con títulos a sus espaldas como “Una mente maravillosa”, “Diamante de sangre” o “Réquiem por un sueño”. Una niña con cara de ángel que resultó ser perfecta para el papel por esa mezcla de inocencia y determinación que le caracteriza.

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketAl ser una película esencialmente de marionetas hecha a mediados de los 80, evidentemente los efectos especiales no son perfectos, e incluso hay momentos que hoy en día nos llaman la atención, como puede ser el baile de la banda del fuego, donde los marionetistas tenían que desaparecer en un fondo negro vestidos de terciopelo del mismo color para después ser incluida la imagen del bosque donde se desarrolla. Todo esto no hace más que imprimir al film un aspecto artesanal que a mí particularmente me resulta tremendamente agradable.

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketEl mundo del laberinto está repleto de personajes entrañables y escenarios imposibles en una mezcla de imaginación y técnica difícil de igualar. Desde el personaje de Hoggle al que le dan vida cinco personas perfectamente sincronizadas, pasando por el momento en el que Sarah persigue a su hermano en un famoso cuadro de Esher o en el que cae en el pozo de las manos. Todo tiene un cuidado diseño que nos adentra en uno de los ambientes más mágicos que hayan pasado por las pantallas de cine.

Photo Sharing and Video Hosting at PhotobucketUno de los artistas que contribuyen a conferir a “Dentro del laberinto” un aire mágico es Michael Moschen, especialmente a la figura del rey de los goblins. Moschen es un artista conceptual, malabarista y podríamos decir que ilusionista, que es el encargado de mover las esferas de Jareth de la forma que se ve en la película. Un tipo que es capaz de hacer posible lo imposible. Desde aquí mando una sugerencia a Tony, creador del gran blog “La magia del asombro”, para que nos haga una pequeña retrospectiva de este genio y nos enseñe alguna pincelada de sus espectáculos.

En definitiva, “Dentro del laberinto” es una película atemporal, con fantásticos personajes, de esas que consiguen devolvernos durante unas horas a Nunca Jamás y hacernos un poco más felices de lo que éramos antes de verlas.

Posted by Heitor at 13:58:15 | Permanent Link | Comments (8) |

09/09/2007

LA JUNGLA DE CRISTAL

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“Cuatro millones de terroristas en el mundo y tengo que matar a uno que tiene pies de mujer”. Esta frase resume el espíritu de la saga de “La jungla de cristal” (traducción libre, como casi siempre, de su título original, “Die hard” que quedaba rara en las secuelas posteriores, pero todos asumimos), es decir, acción a raudales salpicadas por el peculiar humor del figura de John McLane, interpretado por el incombustible (y ligeramente fascistoide) Bruce Willis.

El caso es que ante el reciente estreno de “La jungla 4.0”, en casa nos decidimos a revisitar la primera de las aventuras del teniente McLane y de paso seguir ilustrando a Eli sobre los hitos del cine de acción, que anda un poco pez. Un post éste que también podría entrar dentro de la categoría de “Películas de mi infancia”, ya que aunque no recuerdo verla de estreno en el cine en 1988, sí que formó parte de los héroes adrenalínicos con auténtico carné de poli usaméricano de mi infancia, junto con otros como el Axel Foley de “Superdetective en Hollywood” o el Martin Riggs de “Arma letal”, ambas posteriores a La jungla.

La peli revolucionó en su momento las pelis de acción con un personaje atípico, con poca pinta de héroe y más de perdedor con demasiados problemas. Un pupas que, a su pesar, se ve envuelto en una trama en la que tendrá que vérselas con un grupo de terroristas sanguinarios que pretenden robar una caja fuerte hiper blindada en un edificio con tropecientosmil sistemas de seguridad. Un antihéroe con problemas en su matrimonio y una capacidad innata para sacar de quicio a todo aquel que le cabrea.

El argumento funciona como un reloj en gran medida gracias a la personalidad de los dos antagonistas, por una parte un Bruce Willis en estado de gracia, recién salido de la serie que lo había consagrado como gran caradura con estilo, “Luz de luna”, y por otra el enorme Alan Rickman, actor de teatro de corazón y gran villano del mundo del cine como podemos ver en “Robin Hood, príncipe de los ladrones” o la saga de Harry Potter con la encarnación del oscuro Severus Snape.

La película es un incesante encadenamiento de escenas de acción perfectamente filmadas que crearon un estilo que se mantuvo, quizás, hasta la llegada de Bourne y compañía, donde se empezaron a rodar con cámara en mano creando una nueva escuela (tan válida como la anterior). Aquí los malos son malísimos (y de la Europa del Este, como mandaba la tradición), los policías unos inútiles y los del FBI unos flipados sin cerebro que no hacen más que empeorar las cosas. Cada situación a la que se ve enfrentado John McLane es una vuelta de tuerca sobre la anterior, una fantasmada con gracia en la que la suerte influye en gran manera en el triunfo del héroe. Un punto de partida para una de las sagas de acción más entretenidas.

Como no se puede disfrutar con McLane saltando desde la azotea de un rascacielos tras haberse enrollado una manguera alrededor de la cintura, o lanzando una bomba atada a una silla por el hueco de un ascensor o cada vez que le suelta al malo de turno su típico “Yipee-ka-yei, hijo de puta” con un brillo burlón en sus ojos.

Así que ya estamos un poco más preparados para comprobar si McLane/Willis sigue en forma a sus 53 años aunque estoy seguro que su mueca de media sonrisa socarrona sigue funcionando a la perfección y de que saldremos de la sala, nuevamente, con los niveles de adrenalina por las nubes.

Posted by Heitor at 16:26:24 | Permanent Link | Comments (9) |

03/06/2007

LOS GOONIES

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Este fin de semana vimos otra de esas películas que traen a la mente recuerdos en sepia de aventuras en bicicleta, búsqueda de tesoros imaginarios y frigolosinas (o flash como se le suele llamar en todo lugar que no sea Vigo) tomadas sentado en un bordillo. Otro de esos films que englobo en la serie de “películas de mi infancia”.

Quizá hay dos películas que marcaron mi amor por la bicicleta cuando yo era pequeño. Una era “Los bicivoladores”, de la que tendré que hablar algún día en esta serie. La otra es la que hoy comento. Las dos tratan sobre aventuras de un grupo de amigos, aunque de forma totalmente diferente. Con ellas en mente, yo y uno de mis mejores amigos de cuando tenía alrededor de 12 años, Vicente, empezamos a recorrernos cada camino, cada recoveco y cada escondrijo de nuestro barrio, haciendo mapas y poniendo nombres en clave a nuestros lugares favoritos. Un camino estrecho se convertía en un peligroso desfiladero, la tienda de golosinas en un almacén de avituallamiento especializado y un par de escalones una pista de entrenamiento para saltos. Todo podía llegar a ser emocionante y nuestra imaginación estaba nutrida por argumentos como el de esta película.

Después de verla sólo pudimos llegar a una conclusión; o bien ya no existe ese género de aventuras dirigido a chavales que no han llegado a la edad del pavo y disfrutan de las aventuras o ya no existe ese tipo de chaval y pasan directamente de la más tierna infancia a la adolescencia sin tiempo a desarrollar la imaginación. Después de ver las aventuras de este grupo de chavales, el tercer episodio de “Piratas del Caribe” se vuelve aún peor.

“Los goonies” son una pandilla de chavales que se embarcan en una aventura en busca de un tesoro escondido, perseguidos por unos ladrones fugados, intentando conseguir la pasta necesaria para que unos burócratas sin escrúpulos no les expropien sus casas para construir un campo de golf. Así tendrán que hacer frente a las numerosas "tuampas" que el pirata Willie “el tuerto” ha dejado en el camino con el fin de preservar sus innumerables riquezas del mundo.

La película está plagada de personajes adorables que quedarán para siempre en la memoria de todo el que haya visto esta película de pequeño. El protagonista Mikey, un chaval idealista y un líder nato en la pandilla, interpretado por Sean Austin (“El señor de los anillos”). El locuaz “Bocazas”, la lengua más rápida de la tropa y un especialista en gamberradas varias, interpretado por Corey Feldman (“Cuenta conmigo”). El simpático “Gordi”, un desastre incapaz de sujetar nada sin que se le caiga y un mentirosillo sin malicia, interpretado por Jeff Cohen. “Data”, el miembro oriental del grupo, con sus serios problemas para dominar el idioma y un talento innato para los inventos, interpretado por Jonathan Ke Quan (“Indiana Jones y el templo maldito”). Brand, el hermano mayor de Mikey, intentando devolver a su hermano a casa por un lado y llevarse a la chica por otro, interpretado por Josh Brolin (“Mimic”). Andy, la chica en cuestión, que va a gritito y susto por trampa, interpretada por Kerri Green. Stef, la amiga feucha y lista de Andy, con respuesta para todo y un montón de coraje, interpretada por Martha Plimpton (“Beautiful girls”). Y por supuesto, el adorable Sloth, un tipo deforme, con una fuerza brutal, una mente de un niño de 8 años y un corazón que no le cabe en el pecho.

El genio que se sacó esta historia de la manga no es otro que el rey midas del cine, uno de los barbudos más influyentes, el niño eterno Steven Spielberg (“E.T. el extraterrestre”, “Tiburón”). El guión corre a cargo de otro clásico en las películas juveniles, Cris Columbus (“Harry potter y la piedra filosofal”). A la dirección, otro tipo que convertía casi todo lo que tocaba en un taquillazo, Richard Donner (“Arma letal”, “Superman”). Ahí estaban todos los ingredientes necesarios para una gran película, gente con ganas de hacer bien las cosas.

Aun vista hoy en día (la película es de 1985) todo sigue funcionando perfectamente, como un mecanismo perfectamente engrasado. La acción es continua y trepidante, envolviendo al espectador y llevándolo sin problemas a un mundo donde todo es posible. Los toques de humor están perfectamente distribuidos, alternándose de un modo casi matemático con el suspense. Es posible identificarse con cada uno de los personajes, incluso con los malos de la historia. Nada nuevo, que no se haya visto antes y aún así un verdadero pelotazo. Si los ingredientes están ahí, ¿por qué nadie es capaz de mezclarlos de nuevo para conseguir otra película de aventuras emocionante?

Un clásico donde los haya para el que no pesan ni pasan los años. Os dejo con el tema de la peli, interpretado por Cindy Lauper.

alt : http://www.youtube.com/v/oGh7ml4RfFY
Posted by Heitor at 21:27:52 | Permanent Link | Comments (11) |

13/05/2007

COCOON

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Hacía ya mucho que no ponía otra peli de aquella sección titulada “Las películas con las que crecí”, es decir, aquellas cintas, casi todas de los 80, que me tenían con los ojos abiertos como platos delante de la caja tonta, con los cabezales del vídeo chirriando y que han dejado huella en la memoria quizá más allá del Alzheimer. Unas películas que me traen un aroma antiguo y muy agradable a tardes con Espinete, a piques jugando a los trompos (o la peonza, para los que no son de Vigo), a aquel primer ordenador Amstrad CPC 6128 o a enormes aventuras en bicicleta en aquellos tiempos en los que nadie llevaba casco.

La serie la inauguré con “D.A.R.Y.L” hace como mes y medio (algún día me pondré a asignar etiquetas a los posts para encontrar mejor las cosas), una película bastante desconocida por lo que pude ver en los comentarios, y con un chaval protagonista, Barret Oliver, que siempre me pareció un actorazo, pero que decidió dejar muy pronto su carrera en el cine para dedicarse a otras cosas (para los fans de Burton, que somos unos cuantos, podemos encontrar a esta chaval en su corto Frankenweenie).

Pues bien, en esta nueva entrega de la sección volvemos a encontrarnos con Barret Oliver, aunque esta vez en un papel secundario. Se trata de “Cocoon”, una amable película de 1985 (el mismo año en el que salió “D.A.R.Y.L.”) que Eli y yo nos metimos entre pecho y espalda la tarde del viernes, tratando de compensar los nervios que le hice pasar con “Los abandonados”.

“Cocoon” es una película que mezcla amistad, camaradería y amor con una dosis de cine de ciencia ficción. Me recuerda un poco a “Cuenta conmigo”, aquella película sobre la amistad en la adolescencia en la que participaba River Phoenix, pero en versión de jubilados. Tres ancianos que viven en una residencia de Florida tienen un pequeño secreto. Todos los días se cuelan en una mansión cercana para disfrutar de su magnífica piscina hasta que un día se encuentran con que unos extraños les chafan la aventura cuando alquilan la casa. Lejos de abandonar las excursiones, deciden seguir disfrutando de su descubrimiento en ausencia de los nuevos inquilinos para descubrir que poco a poco van notando una palpable mejoría en sus respectivos achaques y enfermedades.

Es una historia sencilla, donde lo que prima es mostrar a la pandilla de jubilados disfrutando de la vida, exprimiéndola como si fueran unos quinceañeros, intentando compaginar su vitalidad con el infrenable avance hacia el ocaso. La diferencia de caracteres de los protagonistas nos sirve para observar las diferentes maneras de enfrentarse al paso del tiempo, sintiéndonos atraídos por estas magnéticas personalidades de la misma forma que el nieto de uno de ellos (Barret Oliver), que se siente más cómodo con su abuelo y sus colegas que con los chavales de su edad.

Gran parte del mérito de que la película funcione tan bien son los actores. Don Ameche, Jack Gilford o Jessica Tandy (inolvidable en su escarizado papel en “Paseando a Miss Daisy”) son algunos de los abueletes, Brian Dennehy como uno de los extraños o el algo cargante Steve Guttemberg (el prota de las primeras películas de la saga “Loca academia de policía”) como un capitán de barco. Todos (menos quizá Guttemberg) construyen personajes de los que te encariñas rápidamente, que consiguen emocionar cuando los vemos recuperar de repente su juventud o a medida que vamos descubriendo secretos. Consiguen que deseemos ser parte de su pandilla, de llegar a viejos como ellos, rodeado de tus amigos y con ganas de seguir viviendo, de seguir yendo de pesca, o apuntados a clases de aerobic o viviendo alguna aventura, por pequeña e inocente que sea.

En definitiva, esta es una de esas películas que puedo ver una y otra vez sin llegar a cansarme, por su simplicidad, capacidad para dejar un regusto de lo más agradable y facilidad para emocionar. Un dulce caramelo para los sentidos.

Posted by Heitor at 01:27:00 | Permanent Link | Comments (9) |

25/03/2007

D.A.R.Y.L.

 

Con este título podría comenzar una categoría que vendríamos llamando “Las películas con las que crecí”. Un buen puñado de films de la década de los 80 que dejaron imágenes grabadas en mi cerebro quizá por el resto de mi existencia. Estoy seguro que, si de vejete empiezo a perder las llaves, a no acordarme de donde he puesto las gafas, o a tener problemas para recordar el nombre de mis nietos, seguiré teniendo frescas algunas secuencias de estas películas que vi cuando la memoria aún no estaba repleta de información.

D.A.R.Y.L. está rodada en 1985, por lo tanto me pillaba a mí con 8 años y el pelo cortado bastante hippie, de un rubio casi blanco, lo que hacía que montase en cólera cuando los mayores me confundían con una niña. Por aquella época, cuando el VHS era ya el formato dominante habiendo vencido al sistema BETA, éramos socios de un videoclub, situado muy cerca de nuestra casa, llamado “Buho”, al que mis padres me llevaban de vez en cuando. Entrar en aquel mundo lleno de carátulas que invitaban a la aventura, a los viajes espaciales, a los tesoros enterrados, era algo único. Como si Indy se encontrase en una vieja biblioteca con miles de libros sobre enigmas por desenterrar.

Así fue como un día descubrí esta película de corte familiar, con argumento sencillo rozando lo esquemático pero que consigue atrapar al espectador, sobre todo si eres un chaval soñador de ocho años.

Todo comienza con una persecución, donde un automóvil huye de un helicóptero por un camino forestal. En un momento, el coche se detiene y de él se baja un niño, de unos 12 años, que se esconde en el bosque. Poco después el coche continúa y decidido se tira por un barranco.

Unos abueletes recogen al chaval y lo llevan al pueblo, donde lo examinan descubriendo que posee una habilidades fuera de lo común y una amnesia parcial que le impide saber quienes son sus padres o donde ha vivido. Mientras esperan a que alguien llegue buscándolo, el niño es confiado a una familia para que lo cuide, donde irá descubriendo la amistad, el amor de una familia y todo un espectro de sentimientos que nunca había experimentado… y hasta aquí puedo leer, ya que después todo desemboca en una aventura en la que todos se irán llevando sorpresas.

El chaval protagonista se llama “Barret Oliver”, y fue un increíble actor infantil que protagonizó algunos títulos memorables como “La historia interminable” o “Cocoon” y luego se retiró del mundo del cine para estudiar fotografía, algo bastante insólito en Hollywood.

Todo es muy inocente, desde los efectos especiales, hasta la misma trama cargada de buenos sentimientos, pero es una película que se deja ver con facilidad y te deja con una sensación muy agradable.

Es curioso, pero aunque hacía muchísimo que no la veía, parecía no haber pasado el tiempo. Recordaba cada escena de forma clara. Incluso había diálogos que me sabía casi de memoria. Está claro que lo que aprendemos de niños es difícil que se nos olvide. Si conservásemos esa capacidad el resto de nuestras vidas vaya chollo que iba a ser estudiar los exámenes.

 

Posted by Heitor at 13:16:39 | Permanent Link | Comments (5) |