06/05/2008

LADRONES

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Como si fuera una de las víctimas de la historia de carteristas que nos muestra “Ladrones”, siento como si sus creadores me hubieran robado algo. O por lo menos como si no me hubiesen dado todo lo que se me prometía.

A priori, todo hacía presagiar un gran film. Dos de los mejores actores jóvenes del panorama español, Juan José Ballesta y María Valverde, de esa clase de intérpretes que no se hacen, sino que nacen con las cualidades del que sabe transmitir historias sin necesidad de métodos ni clases de dramatización y de los pocos que no han salido del mundo de la televisión (dicho esto sin el ánimo de que suene de forma peyorativa) y un tema, el de los timadores, carteristas o gamberros empáticos, que conectan con el público de forma natural.

De golpe y porrazo, a todos se nos vienen a la cabeza títulos como “El golpe” o “Nueve reinas”, de los que se sale del cine deseando aprender a birlarle la billetera a un rico con un elegante y calculado encontronazo o estafar al mafioso más cruel de la ciudad con un brillante cambio de naipes en el momento oportuno.

Sin embargo, los derroteros que toma la película de Jaime Marqués son bien diferentes. No es el arte del timador lo que preocupa al director, sino la relación de un chaval con mala suerte y buen pulso de carterista con una aburrida adolescente de familia acomodada y mucho tiempo libre, y sin embargo, aunque también hubiera sido loable el camino, tampoco éste se explota demasiado.

En realidad, cuando acaba la película, uno se queda la sensación de que no le han contado gran cosa, tan sólo ideas sueltas, deshilachadas, algunas buenas y otras peores pero sin una trama central a la que apegarse.

La búsqueda del protagonista de una madre perdida, tratada a trozos, sin dar la ocasión al espectador de identificarse con el supuesto dolor de Ballesta y resuelta de una forma rápida y vacua; la relación del chaval con su nuevo jefe y las dificultades de sobrellevar su primer trabajo tras su salida del centro de acogida, que también se solventa de forma apresurada; las escenas de práctica en el oficio de carterista, abordadas sin fuerza, sin que nos apetezca probar a desvalijar al maniquí sin que lleguen a sonar los cascabeles y, por último, la relación imposible de dos seres que viven en dos mundos diferentes, que se sienten atraídos aún a sabiendas que todo acabará mal, que no pueden evitar buscarse, una para sentir la adrenalina de lo prohibido y el otro, para acariciar con la punta de los dedos la vida que nunca tendrá.

Demasiados puntos a tratar sin conseguir ahondar en ninguno de ellos y cerrándolos sin ningún tipo de emoción, encaminando la película hacia un final forzado, que trata de convertir al personaje de Ballesta en un anti-heroe sin fortuna y que no hace más que esbozar una desdibujada caricatura mil veces vista.

Al menos, sirva esta película para ensalzar las virtudes de la pareja protagonista, a la espera de papeles que consigan exprimir sus enormes cualidades, si es que no se cansan de esperar por el camino.

 

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29/04/2008

CASHBACK

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Tras un montón de películas vistas sin tener que pensar en qué contaba sobre ellas, volvemos de nuevo al tajo. A darle a la neurona para aburriros con mis paranoias post-film que nunca despejan la duda de si deberíais gastaros la pasta en ir a ver la película. Espero sacar tiempo todas las semanas para dejar nuevas aportaciones en Nunca Jamás, aunque no sea con la frecuencia de los buenos tiempos.

Para el regreso, la película elegida es “Cashback”, un cortometraje convertido en largo que viene precedido por una de las peores campañas de marketing que he visto nunca. Carteles horribles y sinopsis que no se corresponden en absoluto con la realidad son las armas de las que ha dispuesto esta obra del novato Sean Ellis para llegar al público. Menos mal que, en este caso, el boca a boca y la buena acogida en algunos festivales ha decidido a bastante gente para pagar los 7 eurazos de la entrada, porque si no hubiera durado en cartelera lo mismo que una alabanza a Zapatitos en Telemadrid.

Así que, superando el terror hacia el póster promocional, donde se muestra a una mujer en tetas en mitad de un supermercado, he ido a ver la película y lo que me he encontrado es una mezcla de géneros bastante variopinta, un argumento con buenas bases pero demasiado estirado, a mi juicio, y un ramillete de actores jóvenes muy resultones.

El argumento: un chaval sufre insomnio por culpa de haber roto con su novia, así que, mientras intenta aprovechar ese tiempo extra de vida trabajando en un supermercado en el turno de noche, se da cuenta de que es capaz de detener el tiempo a voluntad. Así, aprovecha para admirar la belleza a su alrededor y alimentar su espíritu de pintor y para reflexionar en como evoluciona la vida a su alrededor, con el aliciente de estar rodeado de personajes bastante variopintos.

Ah, sí, durante unos diez minutos de la película (que dura algo más de hora y media), se cuenta como el protagonista, admirador absoluto de la belleza femenina (y quién no), puede, en esos periodos de tiempo congelado, desnudar a las chicas que se encuentra para dibujarlas en su cuaderno. Pero parece que esto es lo único que ha llamado la atención a una gran parte de los críticos que he leído, así como al lumbreras al que encargaron el cartel.

Lo cierto es que, a pesar de la anécdota, la película discurre en un pausado ritmo de película independiente, con algún deje hacia la tragicomedia romántica y muchos gags que se aproximan de forma asombrosa hacia un humor bastante español y muy poco británico, del estilo friki que podíamos contemplar en películas como “La fiesta”.

Los personajes se dividen claramente entre los dos protagonistas, encarnados por Sean Biggerstaff, conocido por compartir colegio con Harry, Hermione y compañía y Emilia Fox, habitual en papeles victorianos en la televisión británica, que forman la parte racional de la película y el puñado de frikis que ponen la nota delirante y acumulan los momentos más graciosos de la trama, como el salido amigo del prota, los absurdos compañeros de trabajo en el supermercado o el histriónico y prepotente jefe.

Como nota negativa, en algunos momentos, noté demasiado que el film nacía de un corto, ya que hay partes demasiado estiradas para poder llegar a rellenar la hora y media larga de película. Si se hubiese quedado en 15 minutos menos, tampoco hubiese pasado nada.

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18/03/2008

I'M A CYBORG, BUT THAT'S OK

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En este caso, para la siguiente película vista en el festival, reconociendo que aproveché unos momentos par descansar la vista y el cerebro, daré paso a mi corresponsal y enviado especial a pelis de alto contenido surrealista. Adelante Carlos:

Es la primera vez que salgo del cine sin poder decir con seguridad si me ha gustado la película o no, lo cual es un punto a favor de la película, por lo que finalmente podría decir que sí me ha gustado, pero eso significaría que pierde el punto a favor que le otorga el hecho de ser la única película que no sé si me ha gustado, por lo que entro en un bucle del que no puedo salir. También es la primera vez que una película hace que entre en un bucle, lo que sería otro punto a favor. Mejor que decida otro si me ha gustado.

El punto de partida de la película es, como poco, original. Una joven que se cree un cyborg, aunque nunca se le ha revelado su función, es ingresada en un manicomio. Allí, se niega a comer y conoce a un chico, tan loco como ella, que intentará ayudarla, tanto en la búsqueda de su cometido en la vida, como en su problema alimenticio.

El director, Park Chan-Wook, famoso por las escenas extremadamente duras y violentas de su trilogía sobre la venganza: “Sympathy for mr. Vengeance” – película sobrevalorada hasta extremos insospechados –, “Oldboy” y “Sympathy for lady Vengeance”, intenta dejar en un segundo plano, que no eliminar, este tipo de escenas. A cambio, ofrece algunos planos con alta carga poética – como cuando él le ofrece a ella unos calcetines que al frotarlos le permiten volar hacia mundos imaginarios – y otros con un peculiar sentido del humor – como las escenas en los que ella recarga su batería y se refleja en las uñas de sus pies, o cuando él consigue robar la habilidad “pin-ponil” de otro de los internados –.

Los actores están bien – al protagonista, Rain, lo podremos ver en el esperado regreso a la dirección de los hermanos Wachowski, con “Speed racer” –, la fotografía es bonita y de tonos cálidos, sobra algún secundario algo cansino y unos cuantos (bastantes) minutos de metraje y los efectos especiales están muy conseguidos, para redondear esas escenas oníricas en los que ella se ve a sí misma como cyborg. No sabría decir nada del resto de aspectos técnicos (sonido, montaje y esas cosas), y el que se encargó del vestuario tampoco se comió mucho la cabeza: pijama blanco para enfermos y enfermeros.

En definitiva, la película es demasiado lenta para ser graciosa y demasiado absurda para ser conmovedora. Se queda en una especie de limbo (genérico y formal) en el que reina el aburrimiento, y del que sólo te sacan algunas escenas especialmente líricas, o especialmente impactantes, o una pequeña siesta en el caso de los débiles de espíritu.

 

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03/03/2008

NO ES PAÍS PARA VIEJOS

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No soy un fan acérrimo de los hermanos Coen. Algunas de las películas más aclamadas de su filmografía, como “Fargo” o “Muerte entre las flores” no me dijeron nada en su momento y, por el contrario, algunas de las menores como “El gran salto” y “O Brother!” sí que consiguieron cautivarme. Por lo tanto, me suelo tomar sus nuevos estrenos, por mucho que vengan precedidos por las alabancias de la crítica, con una buena dosis de escepticismo.

Pero esta vez, el western sosegado, la violencia con pausa, el slasher reconvertido o lo que diablos sea esa mezcla que han conseguido los dos hermanos, me ha atrapado desde el primer minuto. Desde el primer minuto, sí, pero no hasta el último.

Joel y Ethan Coen construyen una historia de perdedores, de seres humanos que creen estar de vuelta de todo pero que se ven superados continuamente por las circunstancias. De tipos duros, que se enfrentan a las adversidades de frente para ser machacados por la espalda. De personajes sin escrúpulos con férreos códigos de honor y un buen número de personalidades complejas, llenas de baches y aristas.

Llewelyn Moss es un tipo rudo, de los que caminan durante horas por el desierto sin notar el calor y viven en una caravana junto a una chica a la que quieren sin demostrarlo demasiado. Sus problemas empiezan cuando encuentra una matanza en medio del desierto en lo que parece un intercambio frustrado de droga y una maleta llena de dinero, que se llevará sin pensarlo demasiado.

El problema es que no es el único que sabe de la existencia del dinero. Un despiadado y psicótico asesino llamado Anton Chigurh le seguirá la pista en una lenta y persistente persecución por donde quiera que vaya, sembrando el camino de muerte y destrucción.

Detrás de ambos, intentando poner orden en los acontecimientos, un veterano sheriff apura los últimos días antes de su jubilación aportando una mirada cínica y descreída a los acontecimientos.

La película discurre lenta y obstinadamente por la violenta persecución, mostrando a unos personajes en estado de gracia. Javier Bardem está perfecto en su papel de malo malísimo, aunque no sé hasta que punto merece dicho rol el oscar más que el de su compañero de reparto, Josh Brolin (que nostalgia cuando uno lo imagina con la cinta de deporte en la cabeza en las aventuras de “Los Goonies”), igualmente magistral en su creación de un personaje rudo y obstinado.

En medio de ambos, Tommy Lee Jones borda un personaje al que ya nos tiene acostumbrados y por ello no llega a sorprendernos. Uno imagina que cuando se mete en la piel de estos tipos sarcásticos y de vuelta de todo no está interpretando, sino mostrándose natural ante las cámaras.

La trama no presenta demasiados diálogos, pero los pocos que hay complementan la historia de un modo único. Las conversaciones consiguen llevar al espectador desde la angustia hacia la carcajada en décimas de segundo, con ese peculiar sentido del humor de los dos cineastas.

Tanto dichos diálogos, como los tres personajes, me mantienen totalmente absorto en la historia hasta llegar al desenlace de la misma, momento en el que el guión toma un brusco giro hacia unos derroteros que provocaron que me dispersase de forma brutal, esperando un nuevo giro que diese forma a un final que nunca llega.

Ni entendí el último tramo del guión, ni me atrapó, ni sé que es lo que intentaban los Coen, pero ni siquiera esta tara de la película mitigó la sensación de haber presenciado un film de una fuerza increíble.

No sé que pasará con la próxima, pero en su última obra, los Coen me han dejado más que satisfecho.

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09/02/2008

4 MESES, 3 SEMANAS Y 2 DÍAS

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Hacía ya bastante tiempo que no me tiraba un periodo tan largo sin escribir en Nunca Jamás, pero esta semana no he tenido ni tiempo, ni ideas. Se hace raro alejarse durante tantos días, sabiendo que tantos y tantos lectores se muerden las uñas ansiosos, actualizando la página cada hora… que me estoy flipando, ¿no? Venga, vayamos al grano.

Después del luminoso y refrescante tratamiento sobre un embarazo no deseado en “Juno”, cruzamos el charco y cambiamos de época para comprobar como se lo toma una universitaria en la Rumanía de Ceausescu, con un país asolado por la escasez de libertades, de comida, de medicamentos o de energía. Un país donde este tipo de embarazos está a la orden del día y en donde los abortos se efectúan en pésimas condiciones, bajo la amenaza de una sentencia de cárcel.

Gabriela es una retraída estudiante, con poca o nula capacidad para decidirse a afrontar el marrón en el que se ha metido y ahora se halla en un callejón sin salida, con un embarazo que dura más de lo que debería. Junto a ella se encuentra su compañera de habitación, Otilia, una chica resuelta, decidida y echada p’alante que la ayudará a buscar una solución.

La película transcurre en tan solo un día en el que no podrían pasar más penurias condensadas en una película seca, directa como un derechazo a la mandíbula, sin ningún elemento que pueda distraer al espectador – ni sumergirlo más – en el agrio drama al que se asiste. No hay banda sonora que valga, la fotografía es triste y desvaída, no hay más decorado que esa rumanía ruinosa y desconchada y el guión está dominado por diálogos naturales, sin discursos ni respuestas ingeniosas.

Los planos largos, sosteniendo la inmensa interpretación de Anamaria Marinca, dominan el metraje. El director y escritor Cristian Mungiu consigue dotar a la narración de tensión, nos revolvemos en la butaca asistiendo, por ejemplo, a esa comida de cumpleaños de la madre del novio de Otilia, donde se encuentra atrapada en un ambiente extraño, con la cabeza en la ruinosa habitación del hotel donde se encuentra su amiga, sin poder escapar y a un paso de darse cuenta que su situación no es tan distinta, que no es dueña de su destino de la forma en que creía.

Sin embargo, esos mismos planos largos que llegan a provocarnos desasosiego en algunos tramos de la película, son los mismos que embarrancan otras partes. Por momentos, la trama, una idea quizá demasiado estirada hasta el largometraje, se ve frenada con primeros planos larguísimos que no aportan nada, como la última escena, tan extensa como prescindible.

Tampoco hace ascos Mungiu al efectismo en algunos momentos, como la secuencia en la que la cámara se queda clavada en la semilla del dolor de la protagonista, en una concesión al ultrarrealismo que, a mi parecer, mejor habría quedado con una elipsis.

Por ello, “4 meses, 3 semanas y 2 días” es una buena película, con grandes momentos gracias a la impresionante actuación de las actrices y un guión dramático y descarnado como pocos, pero demasiado “Dogma” para mi gusto, con una idea demasiado directa y sin ningún instante de evasión.

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01/02/2008

LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA

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Lo primero que podría uno pensar cuando va a ver la alabada película de Julian Schnabel es en una comparación directa con “Mar adentro” de Amenabar. No en vano, ambas comparten parte de la temática, la de un protagonista, en la plenitud de la vida, que tras un hecho desafortunado se ven abocados a vivir postrados en una cama. Pero ahí acaban todas sus similitudes.

Mientras que la película en la que Bardem encarna prodigiosamente a Ramón Sanpedro, era un alegato a favor de la eutanasia, de la capacidad de un hombre en total posesión de sus facultades de decidir si quiere una vida cercenada, “La escafandra y la mariposa” es un canto a la vida de un tipo que está mucho peor, aislado totalmente del mundo dentro de un cuerpo que no responde, incapaz de algo tan sencillo como pedir que cambien el canal del televisor cuando emiten la carta de ajuste.

Jean-Dominique Bauby se despierta en una cama de hospital tras haber sufrido un infarto cerebral masivo. A medida que recupera la conciencia se da cuenta de que es incapaz de comunicarse, a pesar de que su capacidad de pensar, de recordar o de imaginar se mantiene intacta. A partir de aquí, Bauby tendrá que hacer frente a su nueva situación y decidir si debe intentar comunicarse con las personas que tratan de ayudarle a pesar de que la única acción visible de la que es capaz es el parpadeo de un solo ojo.

La película relata así la historia real del protagonista, que contra cualquier pronóstico, consiguió dictar un libro poético y descarnado, exento de los prejuicios del escritor, con el único propósito de relatar las vivencias de alguien encerrado en su propio cuerpo, como si viviera dentro de una escafandra hermética, pero capaz de dejar volar la mente sin ningún límite. Su relación con aquellos que le querían y le hicieron su cautiverio más llevadero y, sobre todo, su voz interior. Un pensamiento que pasó a ser su única existencia.

Reconozco que la película me sorprendió. Conociendo el tema, me parecía imposible que el director pudiera despojarla de las dos características que más fácilmente la podían golpear: el dramatismo extremo y la lentitud (también extrema). Pero Schnabel consigue crear una película luminosa, sincera, esperanzadora y por veces cáustica y con ciertas dosis de humor. Prescinde completamente de la lágrima fácil y consigue reflejar el tesón y la vitalidad de un hombre cuyo cuerpo está muerto.

Tardamos un buen rato en ver de frente la imagen del protagonismo, siguiendo su evolución desde que sale del coma desde su interior, como si estuviéramos atrapados con él en esos tejidos y órganos que no obedecen nuestras órdenes. Para cuando al fin se nos muestra su figura, ya estamos totalmente de su lado, ya hemos compartido parte de su sufrimiento y su cambio de aspecto nos golpea con más intensidad.

Las únicas partes en las que mi compromiso con la película iba a menos eran en los numerosos flashbacks sobre la anterior vida del protagonista, que poco o nada aportan a su nueva situación. La visión sobre su anterior trabajo, de la relación con sus hijos, con su ex mujer, o con su padre, no me transmite más desolación por su pérdida. En esos momentos estoy deseando que se muestre de nuevo su lucha constante en su nueva situación, su sentido del humor, su narradora voz interior.

Después de una película así, cuesta decirle a alguien, “mi vida es una mierda” (algo que mi carácter optimista me impide pensar). Quizá, en muchos casos, sea verdad el dicho y no somos conscientes de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

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28/01/2008

12 HOMBRES SIN PIEDAD

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Ya hacía mucho tiempo que no degustábamos una ración de cine clásico, así que en la sobremesa del Domingo, convencí a la abogada para prescindir del Technicolor y paladear una joya del cine de juicios a cargo de Sydney Lumet y su cine político. Se trata de la teatral “12 hombres sin piedad”.

Para ser un ejemplar del cine de reos, salas y presuntos culpables, empieza de manera inusual, justo en el último paso del juicio, cuando el jurado se retira para deliberar si el acusado, en este caso con un posible homicidio en primer grado a sus espaldas, debe ser declarado culpable y merecedor de la pena de muerte.

Es a este jurado a quien sigue la cámara, que se instalará junto a ellos en una pequeña sala de reunión en una tarde sofocante, para asistir de forma pasiva a sus deliberaciones. Lo que en principio parece un mero trámite en un caso claro, con multitud de pruebas en contra del sospechoso y varios testigos, se ve prolongado por la duda de uno de los miembros, reticente a mandar al chico a la cárcel si no ve las cosas absolutamente claras y sin un asomo de duda razonable.

A medida que la película avanza, el único participante en la discusión que desde el principio plantea la primera duda – un enorme Henry Fonda –, tratará de razonar con los demás los pormenores del juicio. Diversas personalidades irán saliendo a la palestra retratando una pequeña muestra de la sociedad. Prejuicios, hombres irascibles junto a tipos tímidos, varios estratos sociales y diferentes edades deben ponerse de acuerdo sobre la vida de un hombre.

En medio de los 12 hombres, dos destacan por su claridad de ideas y de exposición de las mismas, cada uno en un bando, mientras a su alrededor el resto va cambiando de opinión dándose cuenta de que no es tan fácil mandar a alguien al otro barrio cuando uno debe estar totalmente seguro de su culpabilidad. La duda razonable empieza a hacer mella en las mentes y las conciencias del grupo.

La película es prácticamente una obra de teatro, con un solo escenario, un número reducido de personas y diálogos que se entrecruzan, se solapan, se cortan y pelean en torno a la vida de un muchacho. Aunque quizá con el tiempo haya perdido algo de su fuerza inicial, sigue siendo un alegato calmado y certero contra la pena de muerte, intentando demostrar que incluso en el juicio más cristalino puede haber puntos oscuros que manden a un inocente a la silla eléctrica.

Para ello, Sydney Lumet hace algo tan complicado como poner la cámara y desentenderse de ella, sin soflamas incendiarias ni discursos elevados, tan sólo un grupo de hombres corrientes soltando frases corrientes. No hay un héroe que los convence, ni tampoco un villano deseoso de provocar una muerte, sino más bien dudas, vivencias y sentimientos poco definidos que se entrecruzan.

Una película sencilla en estructura pero con un gran trabajo de guión, de esos que hicieron famosos a directores como Robert Altman o, (espero no recibir amenazas de muerte tras esta comparación absurda) las primeras películas del ahora algo desnortado Kevin Smith, repleta de diálogos sobre los que se desliza la narración.

Perfecta para paladear sin prisas una tarde de Domingo.

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26/01/2008

HACIA RUTAS SALVAJES

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Imagino a Sean Penn como un tipo visceral, que se guía por las emociones más que por la cabeza. Un hombre que actúa por impulsos, capaz de embarcarse en cualquier aventura si le llena de verdad. Lo imagino así por su manera de actuar, de meterse en los papeles, ofreciendo a menudo interpretaciones sentidas, profundas y extremas, por su capacidad de transformarse, por su mirada a medio camino entre la tristeza de quién ha visto muchas cosas y la determinación de quien no se detiene ante nada ni ante nadie.

También me ofrece esa imagen en su faceta de director, embarcándose tan sólo en aquellos proyectos de los que se enamora, llevando a la pantalla historias con las que se identifica y escogiendo a actores que representan de manera clara su alter ego en la pantalla. Sucedía con el obsesionado detective interpretado por Jack Nicholson en “El juramento” y ocurre lo mismo aquí, con el joven Emile Hirsch, en la evocadora y ecológica “Hacia rutas salvajes”.

Christopher McCandless es un joven inteligente y rebotado con la sociedad en la que le ha tocado vivir. No comprende a sus padres, una pareja obsesionada con el dinero y el trabajo que apenas se soportan el uno al otro y tampoco comprende un sistema que anula la individualidad y premia el materialismo. Su arraigado idealismo le llevará a cambiar su entrada en la universidad por el inicio de una búsqueda interior, rompiendo con cualquier atadura de conformismo social. Para ello, dona la práctica totalidad de su fondo de estudios a una ONG y, decidido, inicia un viaje en el que intentará sobrevivir por sí mismo en plena naturaleza.

Como decía al principio, la película demuestra que Sean Penn está enamorado de la historia y, paradójicamente, este hecho lastra la narración en determinados momentos de forma clara. Penn intenta hacer llegar al espectador la mayor información posible, sin dejarse nada en el tintero, sumando a las preciosistas imágenes de una naturaleza viva y salvaje y las andanzas del protagonista, una voz en off con los pensamientos de Christopher y su hermana que, a mi modo de ver, ralentiza la narración, volviéndola en ciertos momentos demasiado guiada. Su lealtad hacia la novela original le impide dejar la visión global en manos de simples imágenes y la propia intuición del espectador, queriendo llevarlo por el camino mental que él mismo ha trazado en la lectura.

En otros momentos, sin embargo, la película discurre de modo fluido y es entonces cuando el director muestra todo su potencial, en esos pasajes en los que simplemente deja a la cámara observar al protagonista en su búsqueda, sin intentar influir ni adoctrinar. En esos momentos en los que no hacen falta palabras, deslumbra una cuidada banda sonora con la voz gastada y potente de Eddie Veder, lider del grupo Pearl Jam y compositor de unos temas en perfecta armonía con el espíritu de la película.

Además de la música y la cuidada fotografía del film, destaca de manera rotunda el actor principal, Emile Hirsch, que lleva el peso de la película de forma magnífica, retratando a un personaje carismático y cautivador, un tipo sin maldad que nos hace ver la vida de una forma mucho más limpia y privada de prejuicios.

También me llamó la atención el sensual papel de Kristen Stewart, la niña que vimos pasarlas canutas con Jodie Foster en “La habitación del pánico”, que ha crecido hasta convertirse en una adolescente con una mirada de serena perversidad salvaje.

Concluyendo, en sus dos horas y veinte de metraje, “Hacia rutas salvajes” consigue el propósito de hacer pensar al público sobre cuales son las cosas que merecen la pena en una vida de la que nos estamos perdiendo sensaciones tan atávicas como necesarias. Aunque puede que también lo hubiésemos pensado en menos tiempo.

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17/01/2008

THIS IS ENGLAND

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Nueva ración de cine político y agitador de conciencias. Tras la italiana “Mi hermano es hijo único”, donde seguíamos a un adolescente a través de sus cambios de ideología, pegamos un salto a las islas británicas del gobierno de la dama de hierro a principios de los 80, en donde un chaval de 12 años asiste de primera mano al nacimiento del movimiento skin head y su nacionalismo de extrema derecha.

Shaun es un chaval solitario, con tendencia a meterse en follones y marcado por la muerte de su padre, combatiente en la guerra de Las Malvinas. En ese momento de la vida en el que se necesita algo en lo que creer y ser aceptado por un grupo, se encuentra con un grupo de skin heads de talante moderado que lo tratan como a un adulto y lo aceptan como a un igual, a pesar de la evidente diferencia de edad.

El grupo se disgregará con la llegada de Combo, un skin violento e inestable que adopta las ideas de un partido ultraderechista, obligando a Shaun a elegir entre parte de sus amigos, que prefieren dar la espalda a este cambio de rumbo y una ideología que, según Combo, honra la memoria de su padre, muerto por salvaguardar la pureza de Inglaterra.

Así como “Mi hermano es hijo único” se caracterizaba por el intento del director de permanecer neutral a la narración, sin posicionarse de forma clara en ninguna zona del espectro ideológico, el director y guionista de “This is England”, Shane Meadows, sí que toma un claro partido. Aún así, no carga hacia el movimiento skin head en su conjunto, sino que diferencia claramente a los que adoptan una actitud violenta y extremista, de los que simplemente se guiaban por una estética diferenciadora y que, más tarde, en Usamérica, se desmarcarían de los “skin heads nacional socialistas” dando lugar al movimiento Sharp (Skin heads against racial prejudice).

El director hace uso de una serie de personajes con distintas características para mostrarnos la camaradería, las rivalidades, las alegrías y tensiones de un grupo de amigos, en este caso enmarcados en un movimiento social.

En primer lugar, el protagonista, el más inocente y con la mirada más pura sobre lo que sucede a su alrededor, sin ideas preconcebidas. Un personaje que tiene la necesidad de procesar la información a medida que se va presentando porque no tiene puntos de comparación y que es el que marca el desarrollo de la historia.

Por otro lado, la gente que le rodea. Woody, el más carismático y lider del grupo hasta que Combo aparece en escena y el primero que acepta y apadrina a Shaun dentro del grupo. Milky, el miembro de color de la pandilla, que rápidamente se hace con el cariño de Shaun y servirá como uno de los puntos de ruptura entre los extremistas y los moderados. Gadget, un chaval obeso que de vez en cuando sufre la mofa de los compañeros y que será el primero en pretender sentirse aceptado por el nuevo grupo extremista de Combo. Smell, primer amor de Shaun y una mirada neutral y casi igual de inocente de lo que sucede a su alrededor o el propio Combo, elemento desestabilizador y excusa para mostrar las dos caras de la moneda.

La película avanza en un crescendo suave pero constante, añadiendo tensión y acción a un relato que intenta restar dramatismo en su primera parte con situaciones que llevan a la carcajada, pero que a medida que avanza se hace más duro y descarnado, rematando en un climax final potente y dramático, que deja al espectador tocado, sin la sensación clara de un final feliz pero imprimiendo una sensación de esperanza hacia el futuro del chaval protagonista.

Una película con un ritmo y una evolución perfectos, de esas que son capaces de aflorar una gama de sentimientos contrapuestos enorme y que deja un poso amargo que tarda en desaparecer.

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04/01/2008

LEJOS DE ELLA

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¿Cuánto estaríamos dispuestos a sacrificar por amor? Y no hablo de ese amor juvenil, pasional y desgarrado que uno experimenta en los primeros pasos de la vida adulta, sino el amor pausado, seguro y completo que pocas veces se halla al pasar más de media vida con una persona. Ese momento en el que la compañía del otro se hace necesaria, en el que los silencios son cómodos y confortables y en el que la idea de que uno de los dos desaparezca escuece vivamente en lo más hondo de las entrañas. Esa época en la que las locuras arriesgadas han pasado a mejor vida y en la que el mejor plan para una tarde es escuchar la voz de la pareja leyendo un libro mil veces leído, debajo de una manta, mientras se piensa en el presente y se olvida el futuro.

Probablemente todos marquemos la misma casilla del test. Si alguien consigue encontrar esta clase de relación, estaría dispuesto a sacrificar casi todo por el bien de la otra mitad. Pero, ¿y si ese sacrificio supone arriesgarse a ser olvidado? ¿Y si lo mejor para aquel o aquella a quién amamos pasa por alejarla de uno mismo? ¿Y si la felicidad de tu compañera supone la amarga infelicidad de uno mismo?

Sarah Polley, magnífica actriz y habitual en filmografías como la de Isabel Coixet o Atom Egoyan, realiza una lectura de los sentimientos de una pareja que lleva una vida compartiendo sus existencias, cuando se ven obligados a tomar una drástica decisión. El Alzheimer empieza a hacer estragos en los recuerdos de Fiona y, aunque ella toma una rápida conciencia de la situación e intenta convivir con su maltrecha memoria, llega un momento en el que la situación se vuelve complicada y peligrosa. Es en ese instante cuando ella toma la determinación de ingresar en una residencia especializada, intentando salvar a su pareja de una carga de por vida.

Grant, su marido, no está en absoluto de acuerdo y, aunque preferiría ser él quien cuidase de su esposa, no puede negarse a sus deseos. El problema surge cuando las normas de la residencia obligan al paciente a permanecer los 30 primeros días sin recibir visitas para una correcta adaptación a la nueva vida. ¿Cuántos recuerdos es capaz de borrar la enfermedad en ese lapso de tiempo?

El relato se centra entonces en cómo Grant afronta esta nueva etapa de su vida. En los sentimientos de soledad y de tristeza de un hombre con un carácter sosegado que lucha por aferrar a su media naranja a los recuerdos que comparten. En los sacrificios que está dispuesto a llevar a cabo por la felicidad de su esposa. En el sentimiento de culpa que acecha ante los errores que pudo cometer en una relación de más de media vida.

En algunos momentos la trama decae y la narración se ralentiza volviéndose ligeramente tediosa, quizás por el hecho de que la historia se basa en un relato breve que Polley, también encargada del guión, no consigue ampliar de forma uniforme, o quizás debido a las carencias que suele suponer una ópera prima. No obstante, dichos momentos de bajón se ven compensados con otros de fuerza increíble, que golpean al espectador en mitad del pecho sin la necesidad de argucias lacrimógenas o escenas con exceso de azucar.

Esos momentos de gran intensidad emocional, son gracias a los dos actores principales, inmensos en la construcción de dos personajes tremendamente humanos, con personalidades fuertes y definidas que conducen el relato de forma natural y pausada. Julie Christie y Gordon Pinsent son lo mejor de un debut que demuestra que Sarah Polley tiene suficiente carisma y sensibilidad como para esperar de ella una interesante evolución detrás de las cámaras.


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Posted by Heitor at 10:20:48 | Permanent Link | Comments (3) |
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