Thursday, March 26, 2009

CREPÚSCULO

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La actual normativa para la regulación de películas es incompleta. Me refiero a la etiqueta que se adjunta en los films que restringen su visionado en función del contenido, ya sabéis: “Para todos los pardillos” (TP), “No recomendada a supersticiosos” (NR -13), “Para aficionados a la genética” (XX, XY), etc. Esta información es insuficiente y no evita catástrofes muy frecuentes.

Imaginemos, por ejemplo, que un adolescente macarra se decide por ver una del Chuache y entra en el cine para ver “Junior”. El muchacho se dirá: “Junior, seguro que va del hijo de un marine muerto en combate que se quiere vengar de un batallón insurgente de los montes Urales. A por los tiros”. Al salir de la película, lo más probable es que tenga que ser lobotomizado. O a un aficionado al cine de Tim Burton se le ocurre bajarse su primera película, “La gran aventura de Pee-Wee”, para completar la filmografía del genio pensando: “los comienzos de Burton, oscuridad, ilusión, su mundo en sus primeros pasos. No puedo perder nada, no será peor que El planeta de los simios”. Ahí tenemos trauma seguro.

Deberíamos incluir nuevas restricciones. En el primer caso, la leyenda que acompañaría la película debería ser algo así como: “no recomendada para adolescentes con exceso de testosterona, intolerancia a la pastelada y problemas para reubicar a sus ídolos”, o en el segundo, algo así como: “no recomendada para personas con coeficiente intelectual en la media o superior e instintos asesinos hacia los personajes cargantes”.

En la película que hoy comento, cualquier despistado podría pensar: “una de vampiros, me he visto True blood de cabo a rabo, he flipado con los libros de Anne Rice y me he leído Drácula 24 veces. Vamos p’allá”. Si hubiésemos incluido una advertencia del tipo: “recomendada únicamente para adolescentes femeninas, con ídolo de masas en el frontal de su carpeta, tendencia a hablar de chicos más del 80% del tiempo (40% del mismo por teléfono), hormonas disparadas y absoluto dominio del lenguaje sms”, no tendríamos que recoger los restos del pobre incauto tras sufrir una embolia en la sala de cine.

Y es que puede que el argumento verse sobre los vampiros, pero la verdadera pasta de la que esta hecha la película basada en el libro de Stephanie Meyers es una historia de amor entre dos adolescentes de diferente procedencia, en el típico ambiente de instituto, con los típicos problemas de familias disfuncionales. Todo esto contado en un ritmo cansino y lento, sin apenas ideas que hagan avanzar la trama, diálogos directamente sacados de la Superpop y con unos efectos especiales capaces de sonrojar a Ed Wood (merece la pena verla tan sólo por el momento en el que el vampiro se pone al sol para que ella vea el monstruo que es en realidad, uno de los mejores números cómicos que he visto en mucho tiempo).

Si lo que esperamos es alguna pelea de los tipos de los colmillos, todos con una fuerza sobrehumana, tendremos que esperar hasta el final de la película (tras tragarnos el partido de béisbol más surrealista y cansino de la historia) para asistir a 5 minutos de golpes, saltos y sangre, que se soluciona demasiado rápido y sin crear el más mínimo suspense.

En cuanto a las actuaciones, no sabría si echar la culpa a los jóvenes actores o al texto al que tratan de dar vida. Me da la impresión de que, aunque hubiésemos puesto a Kate Winslet y Edward Norton en los papeles principales, el producto resultante hubiese sido igual de sonrojante, pero también es cierto que las actuaciones planas de Kristen Stewart (aquella niña con la que sufríamos en “La habitación del pánico”) y Robert Pattinson (alguien debería decirle que abrir mucho los ojos, no parpadear y entreabrir la boca no es sinónimo de ser un vampiro) no ayudan en absoluto.

Así que ya sabéis, hay que instar a nuestros gobiernos a que se preocupen menos de las descargas P2P y aboguen más por la salud de sus ciudadanos a través de simples advertencias que podrían ahorrar grandes colas en nuestros ambulatorios.

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Wednesday, March 25, 2009

STRINGS

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A veces llego a pensar que ya está todo visto en el cine. A pesar de las posibles evoluciones técnicas que nos puedan ofrecer nuevas formas de rodar – ah, mi amada Pixar – o de las temáticas novedosas o de supuestas nuevas y revolucionarias ideas, en realidad pienso que al final todo consiste en marear la perdiz, con mayor o menor acierto. Pero de cuando en vez, cuando menos me lo espero, descubro alguna pequeña joya que me coge desprevenido, que me hace abrir los ojos como ensaladeras y pensar que aún existen mentes pensantes – en serio, hay pocas, pero haberlas hailas – cuya imaginación y riqueza supera con creces la media.

Por recomendación de Carlos – capaz de asombrarme y aburrirme con su ecléctico gusto, a partes iguales – he descubierto una de esas pequeñas gemas, desconocidas para el gran público, inéditas en nuestro país, enterradas, escondidas, ocultas entre la mediocridad que las rodea. Uno de esos tesoros a los que llegas tras conseguir el antiguo mapa con la X en su centro de las manos de un viejo mercader loco – Carlos en este caso, aunque no sea exactamente su descripción – o tropezando con él por pura casualidad, al hallarse semienterrado en la arena.

La ruta del tesoro me llevó esta vez hasta “Strings”, un gran cuento de príncipes, princesas y guerras entre razas, con algunos elementos arquetípicos propios del género y muchos otros tan imaginativos y plagados de encanto que, con el tiempo, el boca a boca y una pizca de suerte, la deberían elevar a la categoría de “cinta de culto” – expresión muy utilizada en esto del cine y que aún no sé muy bien qué es lo que significa.

La característica fundamental de la que se parte para hacer de esta película algo muy especial es que sus protagonistas no son actores, ni dibujos animados, sino marionetas. Elaboradas marionetas de madera, de las que se elevan innumerables hilos que les insuflan vida. Lejos de pretender colocar este punto en un segundo plano, el director e ideólogo de la historia, Anders Rønnow Klarlund – danés de nombre casi impronunciable – utiliza la idea para elaborar un universo con leyes propias de forma tan acertada, que logró cautivarme desde el primer minuto.

El material del que están hechas las marionetas distingue a los personajes y por su calidad, color o elaboración, los posiciona en estamentos sociales o los dota de ciertas características. Las cuerdas, totalmente a la vista, son parte de ellos, de forma que si alguna se rompe o cercena, pierden la movilidad de sus miembros o incluso la vida. La existencia de dichas cuerdas le sirve al director para exponer bellas metáforas acerca de la concepción de la vida – imborrable y bellísima la escena del nacimiento de un nuevo ser –, su fragilidad, la interconexión entre los habitantes que pueblan un mismo mundo o incluso la dualidad entre la existencia de un ser superior y el libre albedrío – impagable también la escena que cierra la película.

Pero no penséis que esto es un tratado filosófico, sino que estas ideas se exponen de forma fluida a lo largo de una trama digna de una novela de Shakespeare. Reyes arrepentidos en busca de redención, príncipes destronados, amores imposibles y traiciones van dando forma a la fábula.

Para redondear la cinta, la calidad visual de la misma es abrumadora. Las caras de madera que tan sólo consiguen su expresión a través del trabajo de las voces, bajo la lluvia, nos transmiten sentimientos mucho más profundos que muchos actores. Los cuerpos que se mueven como bailarines por medio de sus cuerdas vitales, se sitúan en entornos de fantasía. Cada uno de los personajes, cada uno de los decorados o las simples imágenes de los cables, que se pierden en el infinito, por encima de las nubes, son un regalo para los ojos.

Toda una mitología perfectamente hilvanada para regalarnos una de las películas más sorprendentes que he visto en mucho tiempo. Buscad en las alforjas de vuestras mulas hasta encontrar esta dimensión paralela, no os arrepentiréis de visitarla.

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Wednesday, March 18, 2009

LEJOS DE LA TIERRA QUEMADA

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Guillermo Arriaga es el gran guionista que concibió dos películas que me hicieron salir del cine asombrado y casi mareado por la destreza con la que jugaba con las historias, los personajes, el tiempo y el azar: “21 gramos” y “Babel”. En ambas, formaba un interesante tandem con el director mexicano Alejandro Gonzalez Iñárritu y juntos también realizaron “Amores perros” película que, gracias a las otras dos, está situada muy alta en mi lista de filmes pendientes.

Parecían una pareja de hecho que nos daría grandes alegrías cinematográficas pero acabaron como amantes despechados que, después de compartir lecho y haber logrado maravillas entre sus sábanas, se separan después de una de esas peleas llenas de gritos, platos rotos y acusaciones con el dedo índice bien tieso. Arriaga se declaró único autor de Babel, argumentando que la autoría de una realización no puede atribuirse al director e Iñárritu le acusó de egoísta (y tú más, y tú más) por estas declaraciones, acusación a la que se unieron algunos hijos fílmicos de esta última cópula, como Gael García Bernal o Gustavo Santaolalla.

El resultado del divorcio es el inicio de nuevas etapas por separado, ambos escribiendo y dirigiendo y mirando de reojo a ver que estará haciendo su ex-pareja. Iñárritu rueda “Biutiful” en Barcelona con Javier Bardem y Arriaga nos acerca estos días a las pantallas una nueva historia con tres personajes femeninos como centro de la misma, interpretados por Charlize Theron, Kim Bassinger, Jennifer Lawrence y la jovencísima debutante Tessa Ia. ¿Que he puesto cuatro nombres? Ahí va, pues es verdad.

Del argumento, poco puedo decir sin destripar partes interesantes de la trama, así que, como suelo hacer en estos casos, me andaré por las ramas y acabaré sin decir nada.

Un remolque ardiendo en mitad del desierto fronterizo entre México y Usamérica, una bellísima mujer que se asoma desnuda a la ventana de su apartamento mientras le ordena a su amante que se vaya, una mujer que muestra sus heridas, internas y externas, a su enamorado amante, una familia destrozada que asiste al funeral de un hombre; historias humanas, donde las mujeres marcan el camino. Mujeres complejas, con secretos que se ocultan tras sus miradas, que intentan superar sus traumas y mantener la cabeza a flote, reconducir sus vidas y cicatrizar las profundas heridas que las han marcado.

Lo que más me ha llamado la atención de “Lejos de la tierra quemada” es la actuación de sus dos actrices principales, Charlize Theron y Kim Bassinger. La primera ya ha demostrado que se crece ante los retos y que los papeles dramáticos le sientan como anillo al dedo. Aunque el papel tampoco le permite demasiado lucimiento, en los cristalinos ojos de su personaje se puede adivinar el dolor, la culpa y la indefensión en cada plano.

Aunque este gran trabajo es eclipsado por una increíble Kim Bassinger, que desprende tanta inseguridad que, o bien es una de las mejores actrices que ha dado la gran pantalla o – opto más bien por esta segunda posibilidad – ha puesto gran parte de su personalidad en el personaje. Sea por lo que fuere, el frágil personaje que compone la ex-reina de los posters en cabinas de camiones, se come con patatas a sus compañeros de reparto, provocando que deseemos que la trama vuelva de nuevo a su trocito de historia, sufriendo junto a ella, ya que vemos claro el destino de su personaje.

En definitiva, asistimos a una película que desprende un aroma a aquellas con las que empezamos el texto: montajes desordenados, saltos temporales, historias que se entrecruzan, personalidades marcadas por su futuro o por su pasado… así que, ¿hemos perdido algo en el divorcio? Me atrevería a decir que sí, que algo se ha olvidado en la mudanza, pero no me preguntéis el qué. Tal vez sea sólo esa “runrún” al salir de la sala… ¿es cosa mía, o esta vez ha durado menos?

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Tuesday, March 17, 2009

LUCÍA Y EL SEXO

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Mi prima Palita y yo hemos hecho un trato cinéfilo. Yo me tengo que sumergir en el intimista mundo de Julio Medem, del cual aún no había visto ninguna película y ella tendrá que bucear por la imaginería oriental y la poderosa imaginación de Hayao Miyazaki. No se lo digáis, pero creo que salgo ganando, pues para poder discutir la filmografía del maestro nipón con ella, tengo que ponerme las pilas y ver el resto de películas que me faltan de él. Teniendo en cuenta el tiempo del que dispongo, todo este proceso tocará a su fin alrededor del año 2015, tirando por lo bajo.

Pero lo importante es empezar y, aprovechando que tenía por casa “Lucía y el sexo” y que en su portada aparece Paz Vega ligera de ropa sobre una motocicleta en un ambiente vacacional inigualable, pues me pareció un buen punto de partida. No conocía de la película más que algunas escenas de alto voltaje a cargo de la protagonista andaluza y la guapísima Elena Anaya, así que podemos decir que llegué mucho más desprevenido de lo que me suelo acercar a una película. El resultado constituyó una grata sorpresa.

El argumento, tratándose de Medem, es complicado de resumir, pero haré lo que pueda. Lorenzo es un escritor con el síndrome de la página en blanco que conoce a Lucía, una chica decidida que le confiesa a las primeras de cambio que le sigue a todas partes y está enamorada de él. Lanzándose a la aventura, Lorenzo se va a vivir con Lucía, descubriendo un intenso mundo de pasiones desprovisto de vergüenza y, animado por su nueva relación, las palabras empiezan a fluir de nuevo en su ordenador.

Pero el mundo presente del escritor chocará de frente con el pasado, dando lugar a dos futuros que desestabilizarán su mente; el futuro real, en el que sus miedos, sus frustraciones y sus errores darán alas a su imaginación y el futuro literario, algunas veces más real que la propia realidad. Lorenzo caminará a ras del abismo, entre estos dos universos, intentando mantenerse a flote, mientras observa cómo su relación con Lucía se va deteriorando.

Quizá lo más llamativo de la película son las personalidades intensas que el director expone en la pantalla. Almas complejas, a veces forzadas, intensas, superlativas, que golpean al argumento y lo llevan, plagado de metáforas, a través de las obsesiones de Medem, los sentimientos extremos, la muerte, el sexo… acompañados de un estilo de narración rico en detalles. Un alma de cuentacuentos y poeta encerrada en un cuerpo de cineasta con una visión muy especial, incapaz de dejar a nadie indiferente. Nos pueden gustar o no sus películas y sus argumentos, pero hemos de reconocer que ofrecen una visión original, un mundo propio, incluso una ventana hacia sus neuronas, mucho más de lo que pueden decir la gran mayoría de los realizadores.

Si todo esto no os convence para ir a ver la película, pensad que es posible que veáis algunas de las escenas eróticas mejor rodadas de la historia del cine, sin censuras, sin medias tintas, sin prejuicios, tan sólo sexo destilado, del más puro, sin conservantes ni colorantes. Si encima pensamos que tres de las actrices más guapas de nuestro cine las protagonizan, Paz Vega, Elena Anaya y Najwa Nimri, aún no entiendo cómo tardé tanto tiempo en acercarme a esta película.

Filosofía, tetas, metafísica y sexo salvaje, una poderosa combinación que no es alcanzable por cualquiera.

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Tuesday, March 10, 2009

SPEED OF LIGHT

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La cuenta atrás toca a su fin, en este caso a la velocidad de la luz. El túnel se ilumina con la brillante luz de una lámpara fluorescente inundando la estancia con el sabor de la victoria. El chispazo de fotones no deja ver qué hay al otro lado; una nueva aventura, una nueva etapa, un nuevo continente por conquistar, millones de segundos por quemar.

Esta vez es verdad. El proyecto va tocando a su fin… a la velocidad de la luz.

(Fotografía de Éole)

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Thursday, March 5, 2009

EL LUCHADOR

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Darren Aronofsky tiene una sensibilidad especial. Lo demuestra a la hora de diseñar nuevas películas, de escoger proyectos y hasta lo hizo a la hora de encontrar y conseguir a su media naranja, la guapísima Rachel Weisz. No es mi labor investigar el porqué del tercer ejemplo, aunque no estaría de más saber cómo se consigue una proeza semejante y si supiera como se consiguen los dos primeros, seguramente estaría triunfando en Hollywood con una estrella en el paseo de la fama a mi nombre. Así que mis limitadas meninges tan sólo me permiten daros la paliza con mi opinión de cada nuevo estreno que lleve su nombre.

El resultado, hasta ahora, es inmejorable, de tal forma que es uno de los nombres que busco en la cartelera o en las noticias de próximos rodajes. Su primera película, “Pi”, denotaba un gusto por las tramas complicadas, las personalidades complejas rayanas a lo muy raro y los montajes adrenalínicos. Confirmó sus aptitudes con “Réquiem por un sueño”, un acercamiento al mundo de las drogas capaz de poner de los nervios al espectador y provocar una profunda fobia hacia los frigoríficos. “La fuente de la vida” fue su obra más discutida y proponía  una reflexión espiritual sobre la vida y la muerte, el tiempo y un montón de ideas filosóficas, de las cuales a mí, seguramente, se me escaparon más de la mitad.

Sin renunciar a su investigación de la psicología humana y volviendo a algunas de sus preocupaciones, como el paso del tiempo o las obsesiones, esta vez se mueve hacia un tema, a priori tan poco relacionado con todo esto, como es el del Wrestling profesional, o lo que aquí conocemos como lucha libre americana, deporte que los de mi generación nos tragábamos los sábados por la mañana en aquel primer Telecinco de las “Mamachicho” junto con “Los caballeros del Zodiaco” y “Humor amarillo” en un pack televisivo repleto de rijostios de toda clase. Por aquella época disfrutábamos de lo lindo con las vistosas coreografías a cargo de Hulk Hogan, El último guerrero o Los Sacamantecas, pero Aronofsky bucea en ese mundo de calzones multicolores y músculos talla XXL para demostrarnos que hay una vida repleta de trabajo y lesiones físicas y emocionales más allá del cuadrilátero.

Para ello, el principiante Robert D. Siegel escribe un guión sobre un luchador de “wrestling” profesional inventado. Randy “The Ran” Robinson fue una de las mayores figuras de este deporte en su juventud, acaparando portadas, decorando las paredes de muchos adolescentes e incluso siendo el protagonista de juegos de consola. 25 años después, sobrevive con trabajos temporales y golpeando su castigado cuerpo en combates menores, donde aún se le considera una leyenda.

Después de una vida dedicada a este deporte, su vida personal es un desastre. Su hija no le habla, está enamorado de una stripper que tiene como norma no salir con clientes, vive entre cuatro latas con forma de apartamento, apenas alcanza a pagar la renta y entre anabolizantes y calmantes se toma unas tropecientas pirulas al día.

Aronofsky sitúa la cámara justo detrás de Randy, siguiendo sus pasos con su mismo ritmo cansado y adentrándose en sus miedos, sus anhelos y su permanente nostalgia de un pasado que lo elevó a la categoría de leyenda para luego olvidarse de él. Randy sigue viendo a la misma gente, sigue jugando a una Nintendo del pleistoceno a un juego en el que él mismo es uno de los protagonistas – juego hecho a propósito para la película y que generará la misma nostalgia en todo espectador que se haya viciado a, pongamos por caso, el Fernando Martín –, sigue escuchando la misma música de los 80 de grupos como Cinderella, AC/DC o Guns’n Roses e incluso lo demuestra en sus conversaciones: “Los ochenta fueron la caña tío, hasta que aquel mierda de Cobain llego y lo jodió todo”.

Randy siente mucho más los golpes que le da la realidad, en donde se siente un inútil, ninguneado y en donde a nadie parece importarle nada de lo que le pase, que las brechas abiertas en la lona, donde es querido y respetado. Su cuerpo es un mapa donde cada rotura, cada cicatriz y cada marca es un letrero en luces de neón de una pelea antológica y nadie mejor para meterse en la piel de alguien que ha exprimido la vida a tope que el resucitado Mickey Rourke. El actor está inmenso en el papel, cada gesto nos mete en la piel de un tipo vapuleado por la vida y, aún así, repleto de energía en cuanto se mueve en su elemento. Rourke actúa con el corazón y da la impresión de que gran parte de él se ha quedado impresa en el personaje. Es imposible imaginar a otro actor en el pellejo del luchador.

Acompañando a Randy y complementándolo, está el personaje de Cassidy/Pam, que también observa que el paso del tiempo la pone fuera de juego. Se siente obsoleta y ajada y soporta las burlas y la ausencia de miradas en una profesión que depende de su aspecto físico, pero al contrario que Randy, está decidida a cambiar el paso y seguir hacia delante, sin mirar atrás. En este caso es Marisa Tomei - ¿cómo puede estar esta mujer mucho más sexy que hace 15 años? – la que se cuela bajo las transparencias de Cassidy en otra interpretación sublime.

Con estos mimbres, Darren Aronofsky construye una película casi perfecta – y digo el casi sin saber cual puede ser el fallo, pero preguntadme de aquí a cinco años, cuando la haya saboreado más veces – en la que sus 111 minutos pasan como una exhalación, dando la impresión de que no sobra ni una sola escena. Desde el inicio, con las voces de locutores fantasmas del pasado recorriendo una vida de reportajes, fotografías y carteles publicitarios hasta ese salto a la inmortalidad, esa firma de declaración de principios y ese amor incondicional hacia su público, el único al que nunca ha defraudado y el único que le ha demostrado todo el amor que su castigado corazón ha echado en falta al otro lado de las doce gomas.

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Wednesday, March 4, 2009

LADY HALCÓN

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Ni me acuerdo ya de cuanto tiempo hacía que no incorporaba una nueva entrada a alguna de mis secciones fijas. Incluso hay alguna que creé en su momento con la intención de engordarla periódicamente y se quedó en una triste y solitaria aportación. Pero no desesperéis, el proyecto infinito parece estar tocando a su fin y a partir de ahí, pueden pasar dos cosas: o bien el blog experimentará un incremento exponencial en variedad, cantidad y calidad o Nunca Jamás seguirá teniendo el ritmo normal de posteo, o sea, el de un tipo vaguete al que le gusta darle a la tecla de vez en cuando. Si hacéis una porra, incluidme en el segundo grupo.

Así que aquí llega una nueva entrega de la sección más esperada por todos los niños, “las películas de mi infancia”. Un apartado que huele a peta-zetas, a frigolosina de cola de 25 (“flash” para casi todo el resto del planeta), a estanterías de videoclub de barrio cubiertas de polvo, a macarrones con salsa de tomate de mamá y a mercromina para rodillas despellejadas.

Como una gran parte de las películas de los 80 que colorearon mi niñez, está llena de aventuras, magia, caballeros con un sentido del honor inquebrantable, damas elegantes y repletas de bondad, protagonistas juveniles que se enfrentan a una misión que a priori les supera pero que se crecen ante las adversidades, malos malísimos y un gran final feliz. Lástima que ya no existan películas para chavales de 10 años con ganas de vivir aventuras, en las que se enfrenten a grandes duelos de espadas para rescatar damiselas en apuros, o combatan a un ejército alienígena, o se hagan amigos de un robot, o encuentren tesoros perdidos o se infiltren en un ordenador secreto del gobierno.

“Lady Halcón” no es más que eso, un cuento de caballeros y princesas realizado con cariño, la voz de un abuelo leyendo una gran aventura sentado al lado de la cama del nieto, que escucha con los ojos bien abiertos, una puerta a la imaginación hacia un mundo fantástico en el que no existen las “pleiesteixons”, ni los sms, ni los “mesenyers”.

Phillipe Gaston, más conocido como “ratón”, es un ratero de buen corazón condenado a muerte en las mazmorras de Aquila, reino en el que gobierna con puño de hierro y corazón putrefacto el malvado obispo. Gracias a su agilidad y su capacidad para pasar a través de los más estrechos pasadizos, “ratón” escapa de una prisión que se suponía inexpugnable y se encuentra con Navarre, antiguo capitán de la guardia de Aquila, que le salva la vida y le ordena una misión: acompañarle, a él y a su fiel halcón, hasta el interior de la ciudad para saldar cuentas con el obispo.

Pronto, “ratón” descubrirá la relación que une a Navarre, con el obispo y con el extraño halcón. Una maldición, un amor inmortal, un hombre corroído por los celos, un extraño monje al que la culpa lo ha zambullido en el alcohol, una enigmática y bellísima mujer que aparece sólo por las noches y la profecía de un día sin noche y una noche sin día.

La tríada de protagonistas es todo un lujo. En el papel de “ratón”, un actor que gracias a esta película y a “Juegos de guerra” – film que caerá en la sección tarde o temprano y de la que hay rumores que están pensando hacer un remake – se convirtió en uno de mis héroes cinematográficos. Dando vida a Etienne Navarre, la enorme presencia y la voz grave de Rutger Hauer, el replicante poeta de “Blade runner” y prestando su rostro al personaje femenino, una de las actrices más bellas de Hollywood, la, por aquel entonces jovencísima, Michelle Pfeiffer.

Rebuscando en IMDB, he visto que el guionista, Edward Khmara, ha sido el responsable de otras dos películas que me encantan, “Enemigo mío”, que también subirá algún día a esta sección de clásicos de mi niñez y “Dragon: la vida de Bruce Lee”, un biopic muy bien realizado sobre el actor maestro de las artes marciales. Por otra parte, el director es el responsable de haberme pasado innumerables tardes frente a la pantalla asistiendo a toda una avalancha de imágenes que poblaron mi cabeza de grandiosas historias y personajes que me acompañarán el resto de la vida. Richar Donner es el responsable de films como “Superman”, “La profecía”, “Los Goonies” o “Arma letal”, un director con más baches que aciertos, pero al que hay que conceder el título de maestro sólo por haber parido este ramillete de películas.

Quizá, vista hoy en día, la película goza de una ingenuidad que ya no se estila demasiado en las salas de cine y hay que acercarse a ella con esa misma actitud ingenua e infantil, la misma que tendríamos tapados hasta las orejas en una noche nevada mientras escuchamos la voz del abuelo. Una historia sencilla, con personajes sin demasiadas aristas pero con gran capacidad de empatía. Además, el estilo de la banda sonora, una mezcla de sintetizadores – empezaban a salir por aquella época – mezclados con orquesta sinfónica, le da un aire kitsch que despierta una enorme nostalgia a todos los que vivimos aquel 1985 desde los ojos de un niño.

Sé que puedo no ser demasiado objetivo, pero me entenderán los que hayan cabalgado a lomos de un corcel negro, agarrando la enorme espada de la familia en la mano derecha mientras un majestuoso halcón de ojos verdes y penetrantes se alza en el hombro izquierdo.

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Tuesday, March 3, 2009

VALS CON BASHIR

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¿Frikismo o experimentación? Pues depende del punto de vista, pero si me dicen hace 15 años, cuando veía cómo el “Chuache” repartía guantazos o las aperturas de patas de Van Damme, que iba a pagar por ver en el cine un documental israelí de animación en versión original sobre la guerra del Líbano, probablemente me hubiera partido de risa en la cara del adivino. Si encima me hubiese asegurado que me iba a gustar, probablemente hoy no estaría aquí escribiendo esto por haber muerto a consecuencia de la falta de oxígeno en el cerebro, de las carcajadas.

Aunque, bien pensado, si de peque disfrutaba con una obra tan rompedora, extraña y poética como “Fantasía”, de Walt Disney, el salto hacia la peli que hoy trato tampoco es para tanto. ¿Llevaba ya el frikismo en mi mapa genético? ¿El “gafapasta”, nace o se hace?

Dejémonos de psicología para tarados y vayamos al lío.

La película es un vehículo para que Ari Folman, su director y guionista, exorcice los demonios que le rondan desde que, a principios de los ochenta, le tocara hacer la mili durante la guerra del Líbano en el ejército israelí. Por aquel entonces, se produjo una sangrienta matanza en Sabra y Chatila, en la que centenares de refugiados palestinos murieron a manos de las armas israelíes. Se supone que Folman coincidió en el espacio y el tiempo con este deplorable episodio, pero su mente ha bloqueado cualquier imagen relativa al hecho. Tan sólo pequeñas fotos mentales de una playa, unos cuantos compañeros en el agua y poco más.

Hace mucho tiempo que no ha pensado en esta laguna en su memoria, pero la conversación con un amigo, en la que le relata un extraño sueño, en el que es perseguido por 26 perros, inicia un viaje por sus recuerdos. Las entrevistas con otros compañeros presentes en el ejército aquella época, servirán como guías hacia el descubrimiento.

El planteamiento del director intenta un acercamiento a la catástrofe desde la exposición, más que desde la denuncia. No se posiciona ideológicamente, ni siquiera moralmente. No son necesarios discursos para demostrar que la guerra es una característica estúpida inherente al ser humano, ni el hecho de que asesinar a sangre fría personas indefensas es una aberración. Ari Folman se limita a dejar hablar a sus interlocutores, permitir que fluyan sus miedos y plasmar sus palabras en dibujos, a veces puramente oníricos, a veces crueles, pero nunca buscando la parte morbosa de sus historias.

Los dibujos, a caballo entre el formato flash, la animación tradicional y una pizca de 3D, le sirven a Folman para poder acceder a las ensoñadoras imágenes que los entrevistados tienen en su cabeza, mundo al que, por medio de la imagen real, hubiese sido incapaz de introducirse. Asimismo, los tonos cálidos y las metáforas visuales sirven para distanciarse de un hecho tan crudo como lo es cualquiera relacionado con una guerra, centrándose más en la psicología de los personajes y sus laberintos mentales que en sucesos concretos, a los que podríamos acceder a través de cualquier hemeroteca, o tirando de Mr. Google.

Tan sólo en los últimos segundos de la cinta, la animación deja paso a unos instantes de realidad, en el momento en el que la urna que mantiene las imágenes de la tragedia aisladas de las neuronas que pueblan el consciente de Folman, estalla vertiendo todo el horror, la impotencia y la tristeza de un nuevo sinsentido en la historia de una raza de la que, en ciertos momentos, dan ganas de darse de baja de forma irrevocable.

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Monday, March 2, 2009

ROBIN Y MARIAN

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Introducirse en una leyenda conocida por una gran mayoría del planeta, colocar los pies de su protagonista de nuevo en el suelo, despojarle del mito, vestirlo con ropas mundanas y cubrirle con una capa de mortalidad, no es una tarea sencilla. En 1976 el director Richar Lester – “Que noche la de aquel día”, “Los tres mosqueteros”, “Superman III” – se embarcó en la empresa de mostrar todo esto en pantalla con el personaje de Robin Hood y consiguió una de las películas más nostálgicas, románticas y emotivas que he visto, gracias, en gran medida, a dos actores inconmensurables. Dos leyendas del mundo del cine, que encajaban en el papel como el zapato de cristal en el pie de Cenicienta: Sean Connery y Audrey Hepburn.

Las cruzadas tocan a su fin y Robin de Locksley y su eterno amigo y compañero Little John siguen ciegamente a su rey, un Ricardo “Corazón de león” egoísta, temerario y cruel. Es aquí donde empiezan las diferencias entre el cuento de duelos de espada y plumas en los gorros que vimos en el Robin Hood de Errol Flynn o en el de Kevin Costner y este nuevo relato del justiciero. El rey Ricardo, al que pone cara Richard Harris, que suponíamos noble y justo es retratado por Lester como un bárbaro, celoso de la integridad y la pureza de corazón de Robin.

Cuando Ricardo muere, en una absurda escaramuza en un solitario castillo francés semidesértico, Robin y John regresan a sus añorados bosques ingleses, para encontrarse de nuevo cara a cara con Marian, que en la ausencia de su amado ha decidido prescindir de cualquier amor terrenal y entregar su pasión a Dios, metiéndose a monja. Aún así, sigue siendo la misma mujer rebelde y luchadora, que se enfrenta a un sheriff de Nottingham aburrido – Robert Shaw –, hastiado de tener que entrenar a torpes y que vive añorando tiempos pasados, que encuentra en el regreso de Robin un verdadero reto a su nivel.

Robin y John se reencuentran también con dos de sus antiguos compañeros de aventuras, el fraile Tuck y el bardo Scarlett – Ronie Barker y Denholm Elliot, sí amigos, éste último es el Marcus Brody de las aventuras de Indy –, que le dicen que con el paso del tiempo se ha convertido en un héroe. La gente canta hazañas que nunca se han producido y su figura, dada por muerta, se ha transformado en un símbolo de la lucha contra la tiranía. Robin tiene que cargar con el peso de saberse un líder al que el pueblo seguirá ciegamente, a la menor señal, en la lucha contra la tiranía del rey Juan “sin tierra”. Un rey sobrepasado por los acontecimientos, cobarde y más preocupado por sus reyertas en Francia que por la propia Inglaterra (y que, como curiosidad, tiene como amante a una jovencísima Victoria Abril, que aparece unos cinco segundos en pantalla).

Richard Lester muestra a un Robin Hood envejecido y con más valor, honor y coraje que fuerza física. Los ropajes son harapos totalmente exentos de cualquier glamour y las batallas a espada no son elegantes y coreografiadas, sino sucias, polvorientas y crueles. Los aldeanos no pueden vencer a un ejército bien organizado, por muy patoso que sea y Robin se encuentra atrapado por su propia leyenda, condenado a ser un mártir.

Lo único que se mantiene intacto es el amor entre Robin y Marian. Un amor intenso, pasional y eterno que conducirá la película hacia uno de los finales más bellos y dramáticos que ha construido el mundo del celuloide. Un último monólogo que Audrey Hepburn, con una belleza serena y magnética, con casi 50 tacos, le dedica a un Sean Connery moribundo y que supone uno de los discursos más poéticos que se han escuchado en una sala de cine, justo antes de que una flecha señale el camino de la eternidad:

Te amo más que a los niños, más que a los campos que planté con mis manos, más que a la plegaria de la mañana, más que a la paz, más que a la alegría. Te amo  más que al amor, más que a la vida entera. Te amo más que a Dios”.

 

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Posted by Heitor at 12:16:01 | Permalink | Comments (2)